El fantasma de la ópera – Gaston Leroux
¿ES EL FANTASMA?
Aquella noche en la que los señores Debienne y Poligny, directores
dimisionarios de la ópera, daban su última sesión de gala con ocasión de su
marcha, el camerino de la Sorelli, una de las primeras figuras de la danza, se
vio súbitamente invadido por media docena de damiselas del cuerpo de baile
que subían de escena después de haber «danzado» el Poliuto. Se precipitaron
al camerino con gran confusión, las unas haciendo oír risas excesivas y poco
naturales, y las otras gritos de terror.
La Sorelli, que deseaba estar sola un instante para el discurso que debía
pronunciar después, en el foyer, ante los señores Debienne y Poligny, había
visto con malhumor lanzarse tras ella a todo este grupo alocado. Se volvió
hacia sus compañeras y se inquietó al comprobar una emoción tan tumultuosa.
Fue la pequeña Jammes —la nariz preferida de Grévin, con sus ojos de
nomeolvides, sus mejillas de rosa, su cuello de lirio— quien explicó en tres
palabras, con una voz temblorosa que la angustia ahogaba:
—¡Es el fantasma!
Y cerró la puerta con llave. El camerino de la Sorelli era de una elegancia
oficial y banal. Una psique, un diván, un tocador y unos armarios formaban el
necesario mobiliario. Algunos grabados en las paredes, recuerdos de la madre,
que había conocido los bellos días de la antigua ópera de la calle Le Peletier.
Retratos de Vestris, Gardel, Dupont, Bigottini. Aquel camerino parecía un
palacio a las chiquillas del cuerpo de baile, que ocupaban las habitaciones
comunes donde pasaban el tiempo cantando, peleándose, pegando a los
peluqueros y a las vestidoras, y bebiendo vasitos de casis o de cerveza, o
incluso de ron, hasta el toque de campana del avisador.
La Sorelli era muy supersticiosa. Al oír hablar del fantasma a la pequeña Jammes, se estremeció y dijo:
—¡Qué tonta eres!
Como era la primera en creer en los fantasmas en general y en el de la
ópera en particular, quiso ser informada inmediatamente.
—¿Lo has visto? —preguntó.
—Como la veo a usted —replicó gimiendo la pequeña Jammes, quien, sin
poder aguantarse sobre sus piernas, se dejó caer en una silla.
De inmediato, la pequeña Giry ojos de ciruela, cabellos de tinta, tez color
bistre, su pobre piel recubriendo apenas sus huesecitos, añadió:
—Sí, es él, y es muy feo.
—¡Oh, sí! —exclamó el coro de bailarinas.
Y se pusieron a hablar todas a la vez. El fantasma se les había aparecido
bajó el aspecto de un señor de frac negro que se había alzado de repente ante
ellas, en el pasillo, sin que pudiera saberse de dónde venía. Su aparición había
sido tan súbita que podía creerse que salía del muro.
—¡Bah! —dijo una de ellas que más o menos había conservado la sangre
fría—, vosotras veis fantasmas por todas partes.
La verdad es que, desde hacía algunos meses, no había otro tema en la
ópera que el del fantasma de frac negro que se paseaba como una sombra de
arriba a abajo del edificio, que no dirigía la palabra a nadie, a quien nadie
osaba hablar y que, además, se desvanecía nada más ser visto, sin que pudiera
saberse por dónde ni cómo. No hacía ruido al andar, como corresponde a un
verdadero fantasma. Habían comenzado por reírse y burlarse de aquel
aparecido vestido como un hombre de mundo o como un enterrador, pero la
leyenda del fantasma en seguida había tomado proporciones colosales en el
cuerpo de baile. Todas pretendían haber tropezado más o menos veces con este
ser sobrenatural y haber sido víctima de sus maleficios. Y las que reían más
fuerte no eran ni mucho menos las que estaban más tranquilas. Cuando no se
dejaba ver, señalaba su presencia o su pasó acontecimientos chistosos o
funestos de los que la superstición casi general le hacía responsable. ¿Había
que lamentar un accidente? ¿Una compañera había gastado una broma a una
de las señoritas del cuerpo de baile? ¿Una cajita de polvos faciales se había
perdido? ¡Todo era culpa del fantasma, del fantasma de la ópera!
En realidad, ¿quién lo había visto? La ópera está llena de fracs negros que
no son de fantasmas… Pero éste tenía una particularidad que no todos los fracs tienen. Vestía a un esqueleto.
Al menos, así lo decían aquellas señoritas.
Y, naturalmente, tenía una calavera.
¿Era serió todo aquello? Lo cierto es que la imagen del esqueleto había
nacido de la descripción que había hecho del fantasma Joseph Buquet, jefe de
los tramoyistas, que decía haberlo visto. Había chocado, no podemos decir que
«había dado de narices», ya que el fantasma no las tenía, con el misterioso
personaje en la escalerilla que, cerca de la rampa, llevaba directamente a los
«sótanos». Había tenido tiempo de contemplarlo sólo un segundo, ya que el
fantasma había huido, pero conservaba un recuerdo imborrable de esa visión.
Y he aquí lo que Joseph Buquet dijo del fantasma a quien quiso oírle:
«Es de una delgadez extrema y sus vestiduras negras flotan sobre una
armazón esquelética. Sus ojos son tan profundos que no se distinguen bien las
pupilas inmóviles. En resumen, no se ven más que dos grandes huecos negros
como en los cráneos de los muertos. Su piel, que está tensa sobre los huesos
como una piel de tambor, no es blanca sino desagradablemente amarilla. Tiene
tan poca nariz que es invisible de perfil, y la ausencia de nariz es algo terrible
de ver. Tres o cuatro largas mechas oscuras le caen sobre la frente que, por
detrás de las orejas, hacen de cabellera».
En vano Joseph Buquet había perseguido a esta aparición. Se esfumó como
por arte de magia y él no pudo encontrar su rastro.
El jefe de los tramoyistas era un hombre serió, ordenado, de imaginación
lenta, y en aquel momento se encontraba sobrio. Sus palabras fueron
escuchadas con estupor e interés, y en seguida hubo gente explicando que
también ellos se habían encontrado a un frac con una calavera.
Las personas sensatas que no hicieron caso de esta historia afirmaron, al
principio, que Joseph Buquet había sido víctima de la broma de alguno de sus
subordinados. Pero después, se produjeron, uno detrás de otro, incidentes tan
extraños y tan inexplicables que hasta los más incrédulos comenzaron a preocuparse.
Sabido es que un teniente de bomberos es, desde luego, valiente. No teme a nada, y menos aún al fuego.
Pues bien, el teniente de bomberos en cuestión, que había ido a dar una
vuelta de vigilancia por los sótanos y se había aventurado, parece ser, un poco
más lejos que de costumbre, había aparecido de repente en el escenario,
pálido, asustado, tembloroso, con los ojos fuera de las órbitas, y casi se había
desvanecido en los brazos de la noble madre de la pequeña Jammes. ¿Y por
qué? Porque había visto avanzar hacia él, ¡a la altura de su mirada, pero sin
cuerpo, a una cabeza de fuego! Y lo repito, un teniente de bomberos no teme al fuego.
El teniente de bomberos se llamaba Papin.
Los miembros del cuerpo de baile quedaron consternados. Primero, esa
cabeza de fuego no respondía en lo más mínimo a la descripción del fantasma
que había dado Joseph Buquet. Se interrogó a conciencia al bombero se
interrogó de nuevo al jefe de los tramoyistas, después de lo cual las señoritas
quedaron persuadidas de que el fantasma tenía varias cabezas que cambiaba
según le convenía. Naturalmente, en seguida imaginaron que corrían el mayor
de los peligros. Desde el momento en que un teniente de bomberos no vacilaba
en desmayarse, corifeos y «ratas» podían invocar infinidad de excusas para
disimular el terror les hacía huir a toda velocidad con sus patitas al pasar ante
algún agujero oscuro de un corredor mal iluminado.
Hasta el extremo de que, para proteger en la medida de lo posible al
monumento entregado a tan horribles maleficios, la Sorelli misma, rodeada de
todas las bailarinas y seguida incluso por la chiquillería de las clases inferiores
en maillot, había colocado, al día siguiente de la historia del teniente de
bomberos, sobre la mesa que se encuentra en el vestíbulo del portero, del lado
del patio de la administración, una herradura de caballo que cualquiera que
entrara en la Opera, siempre que no fuera a título de espectador, debía tocar
antes de poner el pie en el primer peldaño de la escalera. Y debía hacerlo bajo
pena de convertirse en presa del poder oculto que se había adueñado del
edificio, desde los sótanos hasta el desván.
La herradura de caballo, como toda esta historia por lo demás, no la he
inventado yo, y hoy en día puede verse aún sobre la mesa del vestíbulo, al lado
de la portería, al entrar en la Opera por el patio de la administración.
Todo esto nos da con suficiente rapidez una visión del estado de ánimo de
tales señoritas, la tarde en la que entramos con ellas en el camerino de la Sorelli.
—¡Es el fantasma! —había gritado pues la pequeña Jammes.
La inquietud de las bailarinas no hizo más que aumentar. Ahora un silencio
angustioso reinaba en el camerino. No se oía más que el ruido de las
respiraciones jadeantes. Por fin, Jammes, arrojándose al rincón más apartado
de la pared, con los síntomas de un verdadero temor, musitó esta sola palabra.
—¡Escuchad!
A todas les pareció, en efecto, oír un roce detrás de la puerta. Ningún ruido
de pasos. Era como si una seda ligera se deslizara por el panel. Después, nada.
La Sorelli intentó mostrarse menos pusilánime que sus compañeras. Se acercó
a la puerta y preguntó con voz tenue:
—¿Quién está ahí?
Pero nadie le respondió.
Entonces, sintiendo fijos en ella todos los ojos, que espiaban hasta sus más
mínimos gestos, se obligó a parecer valiente y dijo con voz muy fuerte:
—¿Hay alguien detrás de la puerta?
—¡Oh, sí! ¡Claro que sí! —repitió esa pequeña ciruela seca de Meg Giry,
que retuvo heroicamente a la Sorelli por su falda de gasa—. ¡Sobre todo, no
abra! ¡Por Dios, no abra!
Pero la Sorelli, armada con un estilete que no dejaba jamás, se atrevió a
girar la llave en la cerradura y abrir la puerta, en tanto las bailarinas
retrocedían hasta el tocador y Meg Giry suspiraba:
—¡Mamá, mamá!
Valientemente, la Sorelli miraba en el corredor. Estaba desierto; una
mariposa de fuego, en su cárcel de cristal, arrojaba un resplandor rojo y turbio
entre las tinieblas, sin llegar a disiparlas. Y la bailarina volvió a cerrar con
rapidez la puerta, lanzando un profundo suspiro.
—¡No, no hay nadie! —dijo.
—Sin embargo, ¡nosotras lo hemos visto! —afirmó de nuevo Jammes
volviendo a ocupar con pasitos asustadizos su sitio al, lado de la Sorelli—.
Debe estar por algún lado, por ahí, merodeando. Yo no vuelvo a vestirme.
Deberíamos bajar todas juntas al foyer, en seguida, para el «saludo», y así, volveríamos a subir juntas.
En este punto, la niña se tocó piadosamente el dedito de coral que estaba
destinado a conjurar la mala suerte. Y la Sorelli dibujó, furtivamente, con la
rosada punta de la uña de su pulgar derecho, una cruz de San Andrés sobre el
anillo de madera que llevaba en anular de su mano izquierda.
«La Sorelli —escribió un célebre cronista— es una bailarina alta, de rostro
serio y voluptuoso, de cintura tan flexible como una rama de sauce. Se dice de
ella que es “una hermosa criatura”. Sus cabellos rubios y puros como el oro
coronan una frente mate bajo la cual se engastan unos ojos de esmeralda. Su
cabeza se balancea blandamente como una joya en un cuello largo, elegante y
orgulloso. Cuando baila tiene un indescriptible movimiento de caderas que da
a todo su cuerpo un estremecimiento de inefable languidez. Cuando levanta
los brazos para iniciar una pirueta, marcando así todo el dibujo del vestido, la
inclinación, del cuerpo hace resaltar la cadera de esta deliciosa mujer, que
parece un cuadro como para saltarse la tapa de los sesos».
Hablando de cerebro, parece comprobado que la Sorelli no lo tuvo. Nadie se lo reprochaba.
Dijo entonces a las pequeñas bailarinas:
—Hijas mías, tenéis que reponeros… ¿El fantasma? ¡Lo más probable es
que nadie lo haya visto nunca!
—¡Sí, sí! Nosotras lo hemos visto… Lo hemos visto antes —volvieron a
decir las chiquillas—. Llevaba una calavera e iba vestido de frac, igual que la
tarde en que se apareció a Joseph Buquet.
—¡Y Gabriel también lo vio! —continuó Jammes—, ayer mismo. Ayer por la tarde… en pleno día…
—¿Gabriel, el maestro de canto?
—Claro que sí. ¿No lo sabía usted?
—¿E iba vestido de frac en pleno día?
—¿Quién? ¿Gabriel?
—No, mujer. El fantasma.
—Claro que iba vestido de frac —afirmó Jammes—. El mismo Gabriel me
lo dijo… Precisamente por eso lo reconoció. Ocurrió así: Gabriel estaba en el
despacho del administrador. De repente se abrió la puerta. Era el Persa. Ya
sabéis hasta qué punto el Persa es «gafe».
—¡Desde luego! —respondieron a coro las pequeñas bailarinas que, tan
pronto como evocaron la imagen del Persa, hicieron los cuernos al Destino
con el índice y auricular extendidos, mientras que el medio y el anular
permanecían plegados sobre la palma y retenidos por el pulgar.
¡Y también sabéis que Gabriel es supersticioso! —continuó Jammes—. Sin
embargo, es siempre educado y, cuando ve al Persa, se contenta con meter
tranquilamente la mano en el bolsillo y tocarse las llaves… Pues bien, en el
momento en que la puerta se abrió ante el Persa, Gabriel dio un salto desde el
sillón donde se encontraba hasta la cerradura del armario, para tocar hierro. Al
hacer este movimiento, se desgarró con un clavo todo un faldón de su abrigo.
Al apresurarse para salir, fue a dar con la frente contra una percha y se hizo un
chichón enorme; luego, retrocediendo bruscamente, se despellejó el brazo
contra el biombo, al lado del piano; quiso apoyarse en el piano, pero con tan
mala suerte que la tapa cayó sobre sus manos y le aplastó los dedos; salió
como un loco del despacho y, finalmente, calculó tan mal al bajar la escalera,
que se cayó y cayo rodando todos los peldaños del primer piso. Precisamente
en aquel momento pasaba yo por allí con mamá. Nos precipitamos a
levantarlo: estaba completamente magullado y tenía tanta sangre en la cara
que nos asustamos. Pero en seguida nos sonrió y exclamó: «¡Gracias, Dios
mío, por haberme librado de ésta por tan poco!». Entonces le preguntamos qué
le ocurría y nos explicó que el motivo de su temor era haber visto al fantasma
a espaldas del Persa. ¡El fantasma con la calavera!, según lo describió Joseph Buquet.
Un murmullo apagado saludó el final de la historia, que Jammes contó
muy sofocada por la precipitación de decirla de un tirón, tan aprisa como si la
hubiera perseguido el fantasma. Después hubo otro silencio que interrumpió a
media voz la pequeña Giry, mientras que, profundamente emocionada, la Sorelli se limaba las uñas.
—Joseph Buquet haría mejor callándose —afirmó la ciruela.
—¿Por qué tiene que callarse? —le preguntaron.
—Es lo que opina mamá —replicó Meg en voz muy baja y mirando a su
alrededor como si tuviera miedo de ser escuchada por otros oídos que los que se hallaban allí presentes.
—¿Y por qué dice eso tu madre?
—¡Chis! ¡Mamá dice que al fantasma no le gusta que se le moleste!
—¿Y por qué dice esto tu madre?
—Porque… porque… por nada.
Esta voluntaria reticencia tuvo la virtud de exasperar la curiosidad de
aquellas señoritas, que se apretujaron alrededor de la pequeña Giry y le
suplicaron que se explicase. Se encontraban allí, codo con codo, inclinadas en
un mismo movimiento de súplica y temor.
Se comunicaban el miedo, sintiendo con ello un placer agudo que las helaba.
—¡He jurado no decir nada! —dijo de nuevo Meg, en un suspiro.
Pero las otras la apremiaron insistentemente y tanto prometieron guardar el
secreto que Meg, que ardía en deseos de contar lo que sabía, comenzó, con los ojos fijos en la puerta.
—Bueno… es por lo del palco.
—¿Qué palco?
—¡El palco del fantasma!
—¿El fantasma tiene un palco?
Ante la idea de que el fantasma tuviera un palco, las bailarinas no pudieron
contener la alegría funesta de su asombro. Lanzaron pequeños suspiros y dijeron:
—¡Oh, Dios mío! Cuenta, cuenta.
—¡Más bajo! —ordenó Meg—. Es el palco del primer piso, el número 5,
ya lo conocéis, el primero al lado del proscenio de la izquierda.
—¡No es posible!
—Tal como lo digo. Mamá es la acomodadora… ¿Pero me juráis de verdad que no contaréis nada?
—Sí, claro…
—Pues bien, se trata del palco del fantasma Nadie ha entrado en él desde
hace más de un mes, excepto el fantasma, claro está. Y se ha ordenado a la
administración que no lo alquile nunca a nadie…
—¿Es cierto que va el fantasma?
—Pues claro…
—¡Entonces, alguien va a este palco!
—No… El fantasma va y allí no hay nadie.
Las pequeñas bailarinas se miraron. Si el fantasma iba al palco, debía
vérsele, porque llevaba un frac negro y una calavera. Es lo que le hicieron comprender a Meg, pero ésta les replicó:
—Precisamente. ¡No se ve al fantasma! Y no tiene ni frac negro ni
cabeza… Todo lo que se ha contado acerca de su calavera y de su cabeza de
fuego no son más que tonterías… No hay nada que sea cierto… Sólo se le oye
cuando está en el palco. Mamá no lo ha visto nunca, pero lo ha oído. ¡Mamá lo
sabe muy bien, ya que es ella quien le da el programa!
La Sorelli creyó su deber intervenir:
—Pequeña Giry, te burlas de nosotras.
Entonces la pequeña Giry se echó a llorar.
—Habría hecho mejor callándome… ¡Si mamá se entera!… Puedo
aseguraros que Joseph Buquet hace mal en meterse en asuntos que no le
incumben… eso le acarreará alguna desgracia… mamá lo decía precisamente ayer por la tarde.
En ese momento se oyeron pasos fuertes y apresurados en el corredor y una voz sofocada que gritaba:
—¡Cécile, Cécile! ¿Estás ahí?
—Es la voz de mamá —dijo Jammes—. ¿Qué pasa?
Y abrió la puerta. Una honorable dama, vestida como un granadero de la
Pomerania, se precipitó en el camerino y, gimiendo, se dejó caer en un sillón.
Sus ojos giraban, enloquecidos, iluminando lúgubremente su rostro de ladrillo cocido.
—¡Qué desgracia! —exclamó—. ¡Qué desgracia!
—¿Qué? ¿Qué ocurre?
—Joseph Buquet…
—¿Qué pasa con Joseph Buquet?
—¡Joseph Buquet ha muerto!
El camerino se llenó de exclamaciones, de palabras de extrañeza, de
confusas preguntas llenas de miedo…
—Sí…, acaban de encontrarlo ahorcado en el tercer sótano… ¡Pero lo más
terrible —continuó, jadeando, la pobre y honorable dama—, lo más terrible es
que los tramoyistas que han encontrado su cuerpo, pretenden que se escuchaba
alrededor del cadáver una especie de ruido que recordaba al de un canto fúnebre!
—¡Es el fantasma! —dejó escapar la pequeña Giry, pero se repuso
inmediatamente llevándose los puños a la boca—: ¡No, no… no he dicho nada!
A su alrededor, todas las compañeras, aterrorizadas, repetían en voz baja:
—¡Seguro que es el fantasma!
La Sorelli estaba pálida.
—No podré hacer mi saludo —dijo.
La madre de Jammes dio su opinión mientras vaciaba un vasito de licor
que descansaba en una mesa: el fantasma estaba metido en este asunto…
Lo cierto es que nunca se supo muy bien cómo murió Joseph Buquet. La
sumaria investigación no dio ningún resultado, aparte del suicidio natural. En
Memorias de un director, el señor Moncharmin, que era uno de los dos
directores que sucedieron a los señores Debienne y Poligny, explica así el incidente del ahorcado:
«Un enojoso incidente vino a turbar la pequeña fiesta que los señores
Debienne y Poligny daban para celebrar su despedida. Me encontraba en el
despacho de la dirección cuando vi entrar de repente a Mercier, el
administrador. Estaba excitadísimo mientras me contaba que acababan de
descubrir, ahorcado en el tercer sótano del escenario, entre un portante y un
decorado de El rey de Lahore, al cuerpo de un tramoyista. Yo exclamé:
“¡Vamos a descolgarlo!”. ¡En el tiempo que tardé en bajar corriendo la
escalera y hacer descender la escala del portante, la cuerda del ahorcado había
desaparecido!».
He aquí un acontecimiento que el señor Moncharmin encuentra natural. Se
encuentra a un hombre colgado de una cuerda, se le va a descolgar y la cuerda
se esfuma. ¡Oh! El señor Moncharmin encontró una explicación muy simple.
Escuchémosla: «Era la hora de la danza y los corifeos y las “ratas” habían
tomado con presteza precauciones contra el mal de ojo». Punto, eso es todo.
Os imagináis a los miembros del ballet bajando la escala del portante y
repartiéndose la cuerda del ahorcado en menos tiempo que se tarda en decirlo.
Eso no es serio. Por el contrario, cuando pienso en el lugar exacto donde fue
encontrado el cuerpo, en el tercer sótano del escenario, imagino que en alguna
parte alguien tenía interés en que la cuerda desapareciera una vez hecho el
trabajo, y veremos más tarde que hacía bien en suponerlo así.
La siniestra nueva se había difundido en seguida de arriba a abajo de la
ópera, en la que Joseph Buquet era muy querido. Los palcos se vaciaron y las
pequeñas bailarinas, agrupadas alrededor de la Sorelli como corderos
asustados alrededor del pastor, tomaron el camino del foyer a través de los
corredores y de las escaleras mal alumbradas, trotando a toda la velocidad que
les permitían sus piernecitas rosas.