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Capítulo 22

El fantasma de la ópera – Gaston Leroux

INTERESANTES E INSTRUCTIVAS TRIBULACIONES DE UN
PERSA EN LOS SÓTANOS DE LA ÓPERA

Relato del Persa
El propio Persa contó cómo había intentado en vano hasta esa noche
penetrar en la mansión del Lago por el lago; cómo había descubierto la entrada
del tercer sótano, y cómo, finalmente, el vizconde de Chagny y él se
encontraron apresados por la imaginación infernal del fantasma, en la cámara
de los suplicios. He aquí el relato que nos ha dejado (en condiciones que
precisaremos más tarde) y al que no he cambiado ni una sola palabra. Lo
transcribo tal como está, porque no creo que deba silenciar las aventuras
personales del daroga alrededor de la mansión del Lago antes de volver en
compañía de Raoul. Si, por algunos instantes este principio, por interesante
que sea, parece alejarnos un poco de la cámara de los suplicios es sólo para
mejor devolvernos a ella, después, tras habernos explicado cosas de máxima
importancia y ciertas actitudes y modos de hacer del Persa que hasta ahora han
podido parecer un poco extraordinarios.
Era la primera vez que entraba en la mansión del Lago —escribe el Persa
—. En vano había rogado al maestro en trampillas así llamábamos en mi país,
en Persia, a Erik— que me abriera las misteriosas puertas. Siempre se había
negado. Yo, que me jactaba de conocer muchos de sus secretos y trucos, había
intentado en vano forzar la consigna. Desde que volví a encontrar a Erik en la
ópera, a la que parecía haber elegido como domicilio, le había espiado con
frecuencia tanto en los corredores de los sótanos como en los superiores, así
como en la misma orilla del Lago. Cuando se creía solo, subía en su barca y
atracaba directamente la pared de enfrente. Pero la curiosidad que le rodeaba
era demasiado espesa para que pudiera ver en qué lugar exacto de la pared
hacía funcionar el mecanismo de la puerta. La curiosidad y también una idea
temible que se me había ocurrido al meditar sobre algunas frases que el
monstruo me había dirigido, me impulsaron un día, en el que a mi vez me
creía solo, a subir a la barca y a dirigirla hacia aquella parte de la pared por la
que había visto desaparecer a Erik. Fue entonces cuando tuve que vérmelas
con la Sirena que guarda el acceso a aquellos parajes y cuyo encanto estuvo a
punto de serme fatal, en las condiciones precisas que paso a exponer. Aún no
había abandonado la orilla cuando el silencio en el que navegaba se vio
turbado por una especie de suspiro cantante que me envolvió. Era a la vez una
respiración y una música; ascendía suavemente de las aguas del lago y me
envolvía sin poder adivinar por qué artificio se conseguía. Me acompañaba, se
desplazaba conmigo y era tan suave que no me daba miedo. Por el contrario,
deseoso de acercarme a la fuente de aquella suave y cautivadora armonía, me
inclinaba por encima de la barca hacia las aguas, ya que no tenía la menor
duda de que la música provenía de ellas. Me encontraba ya en el centro del
lago y no había nadie más que yo en la barca. La voz —ya que ahora era
claramente una voz— estaba a mi lado, por encima de las aguas. Me incliné…
Me incliné cada vez más… El lago estaba en perfecta calma y el rayo de luna
que, traspasando el tragaluz de la calle Scribe, venía a iluminarlo, no reflejaba
absolutamente nada en aquella superficie lisa y negra como la tinta. Me
restregué las orejas con intención de librarme de un posible zumbido, pero
tuve que rendirme ante la evidencia de que no hay zumbido tan armonioso
como el suspiro cantante que me seguía y que ahora me atraía.
Si yo hubiera tenido un espíritu supersticioso o me hubieran influido más
las leyendas, no hubiera dejado de pensar que me enfrentaba a una sirena
encargada de turbar al viajero que se atreviera a viajar por las aguas de la
mansión del Lago, pero, a Dios gracias, soy de un país que gusta demasiado lo
fantástico como para conocer su fondo, y yo mismo lo había estudiado
bastante en otros tiempos. Con los trucos más simples, alguien que conozca su
oficio puede desatar a la pobre imaginación humana.
No dudé, pues, que tenía que vérmelas con una nueva invención de Erik,
pero, una vez más, aquella invención era tan perfecta que, inclinándome por
encima de la barca, me sentía menos impulsado por el deseo de descubrir el
truco que por el de disfrutar de su encanto.
Y me incliné… seguí inclinándome… hasta casi zozobrar.
De pronto dos brazos monstruosos surgieron del seno de las aguas y me
agarraron por el cuello, arrastrándome al abismo con una fuerza irresistible. Y,
desde luego, habría estado perdido irremisiblemente de no ser porque tuve
tiempo de lanzar un grito por el que Erik me reconoció.
Porque era él, que en lugar de ahogarme como seguramente había sido su
intención, nadó y me dejó suavemente en la orilla del lago.
—Eres un imprudente —me dijo alzándose ante mí, chorreante de aquel
agua infernal—. ¿Por qué intentas entrar en mi mansión? No te he invitado.
¡No quiero saber nada de ti ni de nadie en el mundo! ¿Acaso me salvaste la
vida sólo para hacérmela insoportable? Por grande que haya sido tu servicio,
Erik terminará por olvidarlo y tú sabes que nada en el mundo puede contener a Erik, ni siquiera el mismo Erik.
Él hablaba, pero ahora yo no tenía otro deseo que el de conocer lo que
llamaba ya el truco de la sirena. En seguida se prestó a satisfacer mi
curiosidad, ya que Erik, que es un verdadero monstruo —yo lo considero así,
habiendo tenido ocasión de verlo en acción en Persia—, sigue siendo en
algunas cosas un auténtico niño presuntuoso y vanidoso, y no hay nada que le
guste más que, después de haber dejado asombrada a la gente, demostrar todo
el ingenio, milagroso en verdad, de su espíritu.
Se echó a reír y me enseñó un largo junco.
—¡Es la cosa más simple del mundo! —me dijo—, es muy cómodo para
respirar y cantar bajó el agua. Es un truco que aprendí de los piratas del
Tonquín, que de este modo pueden permanecer escondidos horas enteras en el
fondo de los ríos. Le hablé con severidad.
—Es un truco que ha estado a punto de matarme… —le dije—, y puede
que haya resultado fatal para otros.
No me contestó, pero se levantó con ese aire de amenaza infantil que le conozco tan bien.
No le permití que me intimidara. Le dije claramente:
—Sabes lo que me prometiste, Erik. ¡No más crímenes!
—¿Es que he cometido más crímenes? —preguntó, adoptando un tono amable.
—¡Desgraciado! —exclamé—. ¿Has olvidado pues las horas rosas de Mazenderan?
—Sí, preferiría haberlas olvidado —contestó él repentinamente triste—,
pero reconoce que hice reír a la pequeña sultana.
—Todo eso es cosa pasada… —declaré—, pero ahora es el presente y, si
yo lo hubiera querido, éste no existiría para ti… Acuérdate de esto, Erik: ¡yo te salvé la vida!
Aproveché el giro que había tomado la conversación para hablarle de una
cosa que desde hacía tiempo acudía a menudo a mi mente.
—Erik…, Erik, júrame…
—¿Qué? Sabes perfectamente que no cumplo mis juramentos. Los
juramentos están hechos para atrapar a los estúpidos —dijo.
—Dime… puedes decírmelo a mí, ¿no?
—¿Qué?
—¿Qué? ¡La araña!… ¡La araña, Erik!…
—¿Qué pasa con la araña?
—Sabes perfectamente lo que quiero decir.
—¡Ah!… la araña… Claro que puedo decírtelo… La araña no ha sido cosa
mía… Aquella araña estaba demasiado gastada… —y rio sarcásticamente.
Cuando reía, Erik era aún más espantoso. Saltó a la barca riéndose de una
forma tan siniestra que no pude evitar estremecerme.
—¡Muy gastada, querido daroga! Muy gastada la araña… se cayó sola…
Hizo ¡boom! Y ahora, un consejo, daroga. Ve a secarte si no quieres coger un
constipado… y no vuelvas a subir nunca a mi barca… Y, sobre todo, no
intentes entrar en mi casa… No siempre estoy allí… daroga. ¡Y lamentaría
tener que dedicarte mi misa de difuntos!
Se reía, siempre de pie en la parte trasera de la barca, y se movía con un
balanceo de mono. Tenía todo el aspecto de la roca fatal con, por si fuera poco,
sus ojos de oro. Luego no vi más que sus ojos y, finalmente, desapareció en la noche del lago.
A partir de este día renuncié a entrar en su mansión por el lago.
Evidentemente aquella entrada estaba demasiado bien vigilada, sobre todo
desde que él sabía que yo la conocía. Pero pensaba que debía haber otra, ya
que más de una vez, mientras le vigilaba, había visto desaparecer a Erik en el
tercer sótano, sin poder saber cómo. No es preciso que repita que, desde que
había vuelto a encontrar a Erik instalado en la Opera, vivía bajo el perpetuo
terror de sus horribles fantasías, no en lo que pudiera afectarme, pero temía
todo para los demás. Cuando ocurría algún accidente, algún hecho fatal, no
podía evitar decirme: «Quizá sea Erik» …, igual que otros decían a mi
alrededor: «Es el fantasma» … ¡Cuántas veces habré oído pronunciar esa frase
por gentes que sonreían! ¡Desgraciados! De saber que aquel fantasma era de
carne y hueso y más terrible aún que la sombra vana que evocaban, habrían
seguramente dejado de burlarse… si hubieran sabido simplemente de lo que
Erik es capaz, sobre todo en un campo de maniobras como la Ópera… ¡Y si
hubieran conocido a fondo mi terrible presentimiento!…
En cuanto a mí, no vivía… A pesar de que Erik me hubiera anunciado con
solemnidad que había cambiado y que se había convertido en el más virtuoso
de los hombres, desde que era amado por lo que era, frase que, de momento,
me dejó horriblemente perplejo, no podía dejar de estremecerme al pensar en
el monstruo. Su horrible, única y repulsiva fealdad le alejaba de la humanidad
y era evidente para mí que él no creía tener a su vez ningún deber para con la
raza humana. La forma en la que me había hablado de sus amores no había
hecho más que aumentar mi temor, ya que preveía en aquel nuevo
acontecimiento, al que había hecho alusión con el tono de jactancia que ya le
conocía, la causa de nuevos dramas más horribles que los anteriores. Conocía
hasta qué extremo de sublime y desastrosa angustia podía llegar el dolor de
Erik, y las palabras que me había dicho —vagamente anunciadoras de la
catástrofe más espantosa— no cesaban de acudir a mi temible pensamiento.
Por otra parte, había descubierto el extraño comercio moral que se había
establecido entre el monstruo y Christine Daaé. Oculto en el trastero al lado
del camerino de la joven diva, había asistido a sesiones admirables de música
que sumían evidentemente a Christine en un éxtasis maravilloso, pero, de
todas formas, nunca habría podido imaginar que la voz de Erik, fuerte como el
trueno o suave como la de los ángeles, pudiera hacer olvidar su fealdad.
Comprendí todo cuando descubrí que Christine aún no lo había visto. Tuve
ocasión de penetrar en el camerino y, recordando las lecciones que él me
habían dado en otro tiempo, no me costó nada encontrar el resorte que hacía
girar la pared que aguantaba el espejo, y vi mediante qué trucaje de ladrillos
ahuecados y ladrillos portavoces se dejaba oír a Christine como si hubiera
estado a su lado. También descubrí por el camino que conduce a la fuente y la
prisión —a la prisión de los comuneros—, y también la trampilla que permitía
a Erik introducirse directamente en los sótanos del escenario.
Pocos días más tarde, cuál no sería mi sorpresa al enterarme con mis
propios ojos y mis propios oídos, que Erik y Christine Daaé se veían, y al
sorprender al monstruo, inclinado sobre la fuentecilla que llora, en el camino
de los comuneros (final de todo, bajo tierra), ocupado en refrescar la frente de
Christine Daaé desvanecida. Un caballo, blanco, el caballo blanco de El
Profeta, que había desaparecido de las cuadras de los sótanos de la Opera,
estaba tranquilamente a su lado. Me personé. Fue terrible. Vi salir chispas de
los ojos de oro, fui golpeado en plena frente antes de que pudiera decir una
sola palabra y quedé aturdido. Cuando recuperé el conocimiento, Erik,
Christine y el caballo blanco habían desaparecido. No dudé de que la
desgraciada joven se encontraba prisionera en la mansión del Lago. Sin
detenerme a pensar, decidí volver a la orilla, pese al riesgo de semejante
empresa. Durante veinticuatro horas espié, escondido cerca de la orilla oscura,
la aparición del monstruo, ya que estaba convencido de que tendría que salir
en busca de provisiones. Con respecto a esto, debo decir que, cuando salía por
París o que se atrevía a mostrarse en público, se ponía, en lugar del horrible
agujero de su nariz, una nariz de cartón piedra provista de un bigote, que no le
quitaba del todo su aire macabro, ya que cuando pasaba decían a sus espaldas:
«¡Mira, ahí va ese trompe-la-mort!», pero que le hacía más o menos —digo más o menos— soportable a la vista.
Estaba pues aguardándolo en la orilla del lago —del lago Averno como él
lo había llamado varias veces delante mío, riendo sarcásticamente— y,
cansado de mi larga espera, me decía: «Ha pasado por la otra puerta, por la del
“tercer sótano”», cuando oí un pequeño chapoteo en la oscuridad, vi brillar
como fanales a los ojos de oro y poco después llegaba la barca. Erik saltaba a la orilla y venía hacia mí.
—Hace ya veinticuatro horas que estás ahí —dijo—; me estás cansando.
¡Te advierto que todo esto acabará muy mal! Y tú lo habrás querido, ya que mi
paciencia contigo es enorme… Crees seguirme, grandísimo necio —(textual)
— y soy yo el que te sigo y sé todo lo que sabes de mí. Te perdoné ayer en mi
camino de los comuneros, pero te digo, ahora en serio, que no quiero volver a
verte. Todo esto es muy imprudente y me pregunto aun si sabes lo que espera si insistes en hablar.
Estaba tan encolerizado que me guardé bien de interrumpirlo. Tras resoplar
como una foca, me expuso lo que pensaba que correspondía a lo que yo me temía.
—¡Sí, debes saber ya —de una vez por todas— qué te significaría hablar!
Te digo que, por culpa de tus imprudencias —puesto que te has hecho detener
dos veces ya por la sombra del sombrero de fieltro, quien no sabía qué hacías
en los sótanos y te condujo ante los directores, quienes te tomaron por un
persa fantasioso aficionado a los trucos mágicos y a las candilejas del teatro
(yo estaba allí…, sí, estaba en el despacho; sabes bien que estoy en todas
partes)—, te digo que por culpa de tus imprudencias acabarán por preguntarse
qué es lo que buscas aquí… y querrán, como tú, buscar a Erik… y descubrirán
la mansión del Lago… ¡En ese caso, peor para ti, amigo mío!… ¡Peor para ti!
¡No respondo de nada! —y volvió a resoplar como una foca—. ¡De nada!… Si
los secretos de Erik no siguen siendo secretos de Erik; ¡peor para muchos
seres humanos! Es todo lo que tenía que decirte y, a menos que no seas un
grandísimo necio —(textual)— debería ser suficiente, a no ser que no sepas lo que quiere decir hablar…
Estaba sentado en la parte trasera de su barca y golpeaba la madera de la
pequeña embarcación con los talones, esperando una respuesta mía. Le dije simplemente:
—No es a Erik a quien vengo a buscar aquí…
—¿A quién, pues?
—Lo sabes muy bien, ¡a Christine Daaé!
—Tengo derecho a citarla en mi casa —me contestó—. Me ama por lo que soy.
—¡No es cierto! —respondí—. La has raptado y secuestrado.
—Óyeme —me dijo—, ¿me prometes no volver a meterte en mis asuntos
si te pruebo que me ama tal como soy?
—Sí, te lo prometo —respondí sin vacilar, pues pensaba que para
semejante monstruo esta demostración era imposible.
—¡Pues bien, es sencillísimo!… Christine Daaé saldrá de aquí cuando
quiera, y volverá… Sí, volverá porque querrá volver… ¡Volverá por sí misma, porque me quiere por mí mismo!
—¡Oh!, dudo que vuelva, pero tu obligación es dejarla marchar, no molestarla.
—Mi obligación, grandísimo necio —(textual)—, es mi voluntad…, mi
deseo es dejarla marchar, y ella volverá…, porque me ama… Todo esto, te
aseguro, acabará en una boda…, una boda en la Madeleine, grandísimo necio
—(textual)—. ¿Por fin me crees? Te digo que la misa de la boda ya está escrita… Verás qué Kyrie…
Volvió a golpear la madera de la barca con los talones, produciendo una
especie de ritmo que acompañaba cantando a media voz: ¡Kyrie!… ¡Kyríe!… ¡Kyrie Eleison!… ¡Verás, verás qué misa!
—Escucha —concluí yo—, te creeré si veo a Christine Daaé salir de la casa del Lago y volver libremente a ella.
—¿Y no volverás a meter la nariz en mis asuntos? ¡Pues bien, lo verás esta
noche!… Ven al baile de máscaras. Christine y yo iremos a dar una vuelta…
Tú irás después a esconderte en el trastero y verás cómo Christine, que habrá
vuelto a su camerino, querrá tan sólo volver a emprender el camino de los comuneros.
—¡De acuerdo!
Si en efecto veía eso, no me quedaría más remedio que aceptarlo, ya que
una mujer hermosa tiene siempre el derecho de amar al más horrible de los
monstruos, sobre todo en el caso de que, como en éste, tenga la seducción de
la música y que esta mujer sea precisamente una cantante muy apreciable.
—¡Y ahora vete, debo salir de compras!
Me fui, pues, siempre inquieto por Christine Daaé, pero rumiando sobre
todo en el fondo de mí mismo un temible pensamiento que él había despertado a causa de mis imprudencias.
Me decía: «¿Cómo acabará esto?». A pesar de mi carácter algo fatalista, no
podía deshacerme de una indefinible angustia debido a la increíble
responsabilidad que había tomado un día al dejar vivir al monstruo que hoy amenazaba a muchos seres humanos.
Ante mi gran sorpresa, las cosas sucedieron como él me lo había
anunciado. Christine Daaé salió de la casa del Lago y volvió varias veces sin
que aparentemente nadie la forzara. Quise entonces olvidar este amoroso
misterio, pero era muy difícil para mí, sobre todo a causa de aquel temible
presentimiento, dejar de pensar en Erik. De todos modos, resignado a una
extrema prudencia, no cometí el error de volver a la orilla del Lago o de
emprender de nuevo el camino de los comuneros. Pero, como me perseguía la
obsesión de la puerta secreta del tercer sótano, varias veces fui a aquel lugar
que sabía desierto durante la mayor parte del día. Me pasaba allí interminables
ratos retorciéndome los dedos, escondido detrás de un decorado de El rey de
Lahore, que habían dejado allí no sé por qué, ya que esta obra no se
representaba con frecuencia. Tanta paciencia habría de ser recompensada. Un
día vi acercarse a mí, de rodillas, al monstruo. Estaba seguro de que no me
veía. Pasó entre el decorado que se encontraba allí y un portante, fue derecho
hasta la pared y presionó, en un lugar que identifiqué de lejos, un resorte que
hizo bascular la piedra que dejaba libre el paso. Desapareció por este pasaje y
la piedra volvió a cerrarse tras él. Ahora sabía el secreto del monstruo, secreto
que podía llevarme, en su momento, a la mansión del Lago.
Para asegurarme esperé al menos una media hora y luego hice girar a mi
vez el resorte. Todo funcionó como había funcionado con Erik. Pero no me
atreví a entrar en el agujero sabiendo que éste se encontraba en la casa. Por
otra parte, la idea de que podía ser sorprendido aquí por Erik me recordó de
repente la muerte de Joseph Buquet y, como no quería comprometer semejante
descubrimiento, que podía ser útil a mucha gente, a muchos seres humanos,
abandoné los sótanos del teatro tras haber vuelto a colocar cuidadosamente la
piedra en su sitio, siguiendo un sistema que no había variado desde los persas.
Como ustedes comprenderán, continuaba muy interesado en la intriga de
Erik y Christine Daaé, no porque obedeciera a una curiosidad malsana, sino
debido, como ya he dicho, a aquel temible presentimiento que no me
abandonada: «Si Erik descubre que no lo ama por lo que vale —pensaba—,
podemos esperar lo peor». Y, deambulando sin cesar, pero con prudencia por
la ópera, pronto supe la verdad sobre los tristes amores del monstruo. Se había
apoderado del espíritu de Christine por el terror, pero el corazón de la dulce
niña pertenecía enteramente al vizconde Raoul de Chagny. Mientras éstos
jugaban inocentemente, como dos inocentes prometidos, en la parte alta de la
ópera —huyendo del monstruo—, no sospechaban que alguien les vigilaba.
Yo, estaba decidido a todo: a matar al monstruo si era preciso y a dar después
explicaciones a la justicia. Pero Erik no se dejó ver, y esto no me tranquilizó en lo más mismo.
Debo aclarar cuál era mi plan. Creía que el monstruo, expulsado de su
morada por los celos, me permitiría de este modo penetrar sin peligro en la
casa del Lago por el pasaje del tercer sótano. Tenía el mayor interés, por el
bien de todos, en saber qué podía haber allí. Un día, cansado de esperar la
ocasión, hice girar la piedra e inmediatamente oí una música maravillosa. El
monstruo trabajaba, con todas las puertas de la casa abiertas, en su Don Juan
Triunfante. Yo sabía que ésta era la obra de su vida. Me guardé de moverme y
permanecí prudentemente en mi oscuro agujero. Se detuvo un momento y se
puso a caminar como un loco por su morada. Dijo de pronto en alto, con voz
atronadora: «¡Debo acabar esto antes! Y bien acabado». Esta palabra no era la
más indicada para tranquilizarme y, como la música volvía a empezar, cerré la
piedra con precaución. Pero, a pesar de la piedra cerrada, oía aún un vago
canto lejano que subía del fondo de la tierra, al igual que había oído el canto
de la sirena subir del fondo de las aguas. Recordaba las palabras de algunos
tramoyistas, de los que se habían reído en el momento de la muerte de Joseph
Buquet: «Había alrededor del cuerpo del ahorcado algo así como un ruido que parecía un canto de difuntos».
El día del rapto de Christine Daaé no llegué al teatro hasta bastante
avanzada la velada, temblando ante la idea de oír malas noticias. Había pasado
un día horrible, ya que no había cesado, tras leer en un periódico de la mañana
la noticia de la boda de Christine y del vizconde de Chagny, de preguntarme
si, a pesar de todo, no haría mejor denunciando al monstruo. Pero recobré el
juicio y me persuadí de que con esta actitud sólo podía contribuir a precipitar la posible catástrofe.
Cuando mi carruaje me dejó ante la ópera, miré el monumento como si en
verdad estuviera extrañado de encontrarlo todavía en pie.
Pero, como todo buen oriental, soy un poco fatalista y entré, esperándomelo todo.
El rapto de Christine Daaé en el acto de la prisión, que sorprendió a todo el
mundo, me cogió ya advertido. Estaba seguro de que Erik la había
escamoteado, como rey de los prestidigitadores que en verdad era. Y creí que
esta vez había llegado el fin para Christine y quizá para todo el mundo.
Hasta tal punto que por un momento me pregunté si no iba a aconsejar a
todos los que seguían en el teatro que se pusieran a salvo. Pero de nuevo me
contuve, pues estaba seguro de que me tomarían por un loco. Por último, no
olvidaba que, si por ejemplo gritaba: «¡Fuego!» para hacer salir a aquella
gente, podía provocar una catástrofe —asfixias en la huida, pisoteos, luchas
salvajes— peor aún que la misma catástrofe.
De todas formas, me decidí a intervenir personalmente sin pérdida de
tiempo. Por lo demás, el momento me parecía propicio. Tenía muchas
probabilidades de que Erik no se ocupara más que de su prisionera. Había que
aprovechar para penetrar en su morada por el tercer sótano y pensé unir para
aquella empresa al pobre vizconde desesperado, quien, en el acto aceptó mi
propuesta con una confianza que me conmovió profundamente. Había enviado
a mi criado a buscar mis pistolas. Darius nos alcanzó con la caja en el
camerino de Christine Daaé. Di una pistola al vizconde y le aconsejé que
estuviera siempre dispuesto a disparar, como yo, ya que, a pesar de todo, Erik
podía esperarnos detrás de la pared. Debíamos pasar por el camino de los comuneros y por la trampilla.
El joven vizconde me había preguntado, al ver las pistolas, si íbamos a
batirnos en duelo. Y yo le dije: ¡y qué duelo! Pero desde luego no tuve tiempo
de explicarle nada. El joven vizconde es valiente, pero ignoraba casi todo sobre su adversario. ¡Mucho mejor!
¿Qué es un duelo con el más temible de los espadachines comparado con
un combate con el más genial de los prestidigitadores? Yo mismo me hacía
difícilmente a la idea de que iba a luchar con un hombre que sólo es visible
cuando lo desea y que además ve todo a su alrededor cuando todo sigue
oscuro… Con un hombre cuya rara ciencia, sutilidad, imaginación y destreza
le permiten disponer de todas las fuerzas naturales combinadas para crear en
nuestros ojos u oídos la ilusión que nos pierde… Y todo esto en los sótanos de
la ópera, es decir en el mismo país de la fantasmagoría. ¿Acaso puede
imaginarse esto sin estremecerse? ¿Acaso podemos hacernos una idea de lo
que le hubiera ocurrido a un habitante de la Opera si hubiera encerrado en ella
—en sus cinco sótanos y veinticinco pisos— a un Robert-Houdin feroz y
sarcástico, que tan pronto se ríe como odia, tan pronto vacía los bolsillos como
asesina?… Piensen en esto: «¿Combatir contra un maestro en trampillas?».
¡Dios mío! Ha construido tantas en nuestro país, en todos los palacios,
trampillas pivotantes que son las mejores del mundo. ¡Combatir al maestro en
trampillas en el reino de las trampillas!
Si mi esperanza consistía en que aún no había dejado a Christine Daaé en
aquella mansión del Lago, a la que había debido llevar desvanecida una vez
más, mi terror en cambio estribaba en que se encontrara ya en alguna parte de
nuestro alrededor preparando el lazo del Pendjab.
Nadie sabe lanzar mejor que él el lazo del Pendjab: es el príncipe de los
estranguladores al igual que es el rey de los prestidigitadores. Cuando hubo
acabado de hacer reír a la pequeña sultana, en tiempos de las lloras rosas de
Mazenderan, ella misma le pidió que él se divirtiera haciéndola temblar. Y no
encontró nada mejor que el juego del lazo del Pendjab. Erik, que había vivido
un tiempo en la India, había vuelto con una increíble destreza para estrangular.
Se hacía encerrar en un patio al que conducían a un guerrero —habitualmente
un condenado a muerte—, arriado con una larga pica y una ancha espada. Erik
no tenía más que su lazo y, siempre en el momento en que el guerrero creía
abatir a Erik de un golpe poderoso, se oía silbar el lazo. Con un movimiento
de muñeca, Erik apretaba el delgado lazo en el cuello de su enemigo y lo
arrastraba inmediatamente ante la pequeña sultana y sus criadas, que miraban
desde una ventana y aplaudían. La pequeña sultana aprendió también a lanzar
el lazo del Pendjab, y mató así a varias de sus criadas, e incluso a algunas de
sus amigas que habían venido a visitarla. Pero prefiero abandonar el tema
horrible de las horas rosas de Mazenderan. Si he hablado es, porque tuve, al
llegar con el vizconde de Chagny a los sótanos de la ópera, que poner en
guardia a mi compañero contra esta posibilidad, siempre amenazante a nuestro
alrededor, de estrangulamiento. En verdad, una vez en los sótanos, mis pistolas
ya no podían servirnos de nada, ya que estaba convencido de que, a partir del
momento en que no se había opuesto desde el principio a nuestra entrada en el
camino de los comuneros, Erik no merodeaba por allí. Pero siempre podía
estrangularnos. No tuve tiempo de explicar todo esto al vizconde, y no sé si,
disponiendo de ese tiempo, lo habría empleado en contarle que había en
alguna parte, en la sombra, un lazo de Pendjab dispuesto a silbar. Era
absolutamente inútil complicar la situación y me limitaba a aconsejar al señor
de Chagny que mantuviera siempre la mano a la altura del ojo, en posición de
disparar. En esta postura resulta imposible, incluso para el estrangulador más
hábil, lanzar con éxito el lazo de Pendjab. Al mismo tiempo que el cuello,
coge el brazo o la mano, y así el lazo, al que puede desatarse fácilmente, se vuelve inofensivo.
Después de esquivar al comisario de policía y a algunos cerradores de
puertas, a los bomberos, encontrar por primera vez al matador de ratas y pasar
desapercibidos ante el hombre del sombrero de fieltro, el vizconde y yo
conseguimos llegar sin obstáculos al tercer sótano, entre el bastidor y el
decorado de El rey de Lahore. Puse en acción el resorte de la piedra y saltamos
a la morada que Erik se había construido en la doble envoltura de las paredes
de los cimientos de la ópera (y con la mayor sencillez del mundo, porque Erik
fue uno de los primeros maestros de obras de Philippe Garnier, el arquitecto de
la Opera, y continuó trabajando misteriosamente solo, cuando los trabajos
habían sido suspendidos oficialmente durante la guerra, el sitio de París y la Comuna).
Conocía lo suficiente a Erik para tener la presunción de llegar a descubrir
todos los trucos que habría podido pergeñar durante todo este tiempo.
Tampoco estaba nada tranquilo al saltar dentro de su casa. Sabía lo que había
hecho de cierto palacio de Mazenderan. Convirtió el edificio más noble del
mundo en la casa del diablo, donde no podía pronunciarse una palabra sin que
fuera espiada o devuelta por el eco. ¡Cuántos dramas familiares, cuántas
tragedias sangrientas arrastraba tras de sí el monstruo con sus trampillas! Esto
sin tener en cuenta que, en los palacios que él había «trucado», no podía
saberse exactamente dónde se encontraba uno. Tenía invenciones
sorprendentes. Sin duda, la más curiosa, la más horrible y la más peligrosa de
todas era la cámara de los suplicios, con excepción de casos excepcionales en
los que la pequeña sultana se divertía haciendo sufrir a algún plebeyo, no
dejaban entrar más que a los condenados a muerte. A mi modo de ver era la
invención más atroz de las horas rosas de Mazenderan. Además, cuando el
visitante que había entrado en la cámara de los suplicios ya no podía aguantar
más, le estaba permitido siempre acabar con un lazo del Pendjab, que dejaban
a su disposición al pie del árbol de hierro.
Así, cuál no sería mi sorpresa, poco después de entrar en la morada del
monstruo, al caer en la cuenta de que la habitación a la que acabábamos de
saltar el vizconde de Chagny y yo era precisamente la reconstrucción exacta
de la cámara de los suplicios de las horas rosas de Mazenderan.
Encontré a nuestros pies el lazo del Pendjab que había temido tanto
durante toda la noche. Estaba convencido de que aquel lazo había servido ya
para Joseph Buquet. El jefe de tramoyistas debía haber sorprendido a Erik,
igual que, yo, en el momento en que ponía en juego la piedra del tercer sótano.
Luego, por curiosidad, había intentado pasar a su vez antes de que la piedra
volviera a cerrarse, y había ido a caer a la cámara de los suplicios, de la que no
había vuelto a salir más que ahorcado. Me imaginaba muy bien a Erik
arrastrando el cuerpo, del que quería librarse, hasta el decorado de El rey de
Lahore y colgándolo allí para dar ejemplo o para aumentar el terror
supersticioso que debía ayudarle a vigilar los accesos de la caverna.
Pero, tras reflexionar, Erik había vuelto a buscar el lazo del Pendjab, que
está hecho curiosamente de tripas de gato y que hubiera podido excitar la
curiosidad de un juez de instrucción. Así se explicaba la desaparición de la cuerda del ahorcado.
Y he aquí que descubría el lazo a nuestros pies en la cámara de los
suplicios… No soy nada pusilánime, pero un sudor frío me inundó el rostro.
La linterna, cuyo pequeño disco rojo paseaba por las paredes de la
famosísima cámara, temblaba en mi mano.
El señor de Chagny se dio cuenta y me dijo:
—¿Qué pasa, señor?
Le hice una violenta señal de que se callara, ya que aún abrigaba la
suprema esperanza de que nos encontráramos en la cámara de los suplicios sin que el monstruo lo supiera.
Pero ni aquella esperanza era la salvación, ya que aún podía imaginar muy
bien que, por el lado del sótano, la cámara de los suplicios protegía la mansión
del Lago, quizás incluso automáticamente.
Sí, los suplicios iban a comenzar quizás automáticamente.
¿Quién hubiera sido capaz de decir qué gestos nuestros los desencadenarían?
Recomendé a mi compañero la inmovilidad más absoluta. Un silencio aplastante se cernía sobre nosotros.
Y mi linterna roja seguía dando la vuelta a la cámara de los suplicios… la reconocía, sí… la reconocía…

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