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Canto V

La Ilíada – Homero
PRINCIPALÍA DE DIOMEDES

Entonces Palas Minerva infundió á Diomedes Tidida valor y audacia, para
que brillara entre todos los argivos y alcanzase inmensa gloria, é hizo salir
de su casco y de su escudo una incesante llama parecida al astro que en otoño
luce y centellea después de bañarse en el Océano. Tal resplandor despedían
la cabeza y los hombros del héroe, cuando Minerva le llevó al centro
de la batalla, allí donde era mayor el número de guerreros que tumultuosamente
se agitaban.
Hubo en Troya un varón rico é irreprensible, sacerdote de Vulcano, llamado
Dares; y de él eran hijos Fegeo é Ideo, ejercitados en toda especie de
combates. Éstos iban en un mismo carro; y separándose de los suyos, cerraron
con Diomedes, que desde tierra y en pie los aguardó. Cuando se hallaron
frente á frente, Fegeo tiró el primero la luenga lanza, que pasó por cima
del hombro izquierdo de Tideo sin herirle; arrojó éste la suya y no fué en
vano, pues se la clavó á aquél en el pecho, entre las tetillas, y le derribó por
tierra. Ideo saltó al suelo, abandonando el magnífico carro, sin que se atreviera
á defender el cadáver—no se hubiese librado de la negra muerte,—y
Vulcano le sacó salvo, envolviéndole en densa nube, á fin de que el anciano
padre no se afligiera en demasía. El hijo del magnánimo Tideo se apoderó
de los corceles y los entregó á sus compañeros para que los llevaran á las
cóncavas naves. Cuando los altivos teucros vieron que uno de los hijos de
Dares huía y el otro quedaba muerto entre los carros, á todos se les conmovió
el corazón. Y Minerva, la de los brillantes ojos, tomó por la mano al furibundo
Marte y hablóle diciendo:
«¡Marte, Marte, funesto á los mortales, manchado de homicidios, demoledor
de murallas! ¿No dejaremos que teucros y aquivos peleen solos—
sean éstos ó aquéllos á quienes el padre Jove quiera dar gloria—y nos retiraremos,
para librarnos de la cólera de Júpiter?»
Dicho esto, sacó de la liza al furibundo Marte y le hizo sentar en la
herbosa ribera del Escamandro. Los dánaos pusieron en fuga á los teucros,
y cada uno de sus caudillos mató á un hombre. Empezó el rey de hombres
Agamenón con derribar del carro al corpulento Odio, caudillo de los halizones:
al volverse para huir, envasóle la pica en la espalda, entre los hombros,
y la punta salió por el pecho. Cayó el guerrero con estrépito y sus armas
resonaron.
Idomeneo quitó la vida á Festo, hijo de Boro el meonio, que había llegado
de la fértil Tarne, introduciéndole la formidable lanza en el hombro
derecho, cuando subía al carro: desplomóse Festo, tinieblas horribles le envolvieron
y los servidores de Idomeneo le despojaron de la armadura.
El Atrida Menelao mató con la aguda pica á Escamandrio, hijo de Estrofio,
ejercitado en la caza. Á tan excelente cazador, la misma Diana le había
enseñado á tirar á cuantas fieras crían las selvas de los montes. Mas no
le valió ni Diana, que se complace en tirar flechas, ni el arte de arrojarlas en
que tanto descollaba: tuvo que huir, y el Atrida Menelao, famoso por su lanza,
le dió un picazo en la espalda, entre los hombros, que le atravesó el pecho.
Cayó de bruces y sus armas resonaron.
Meriones dejó sin vida á Fereclo, hijo de Tectón Harmónida, que con
las manos fabricaba toda clase de obras de ingenio porque era muy caro á
Palas Minerva. Éste, no conociendo los oráculos de los dioses, construyó
las naves bien proporcionadas de Alejandro, las cuales fueron la causa primera
de todas las desgracias y un mal para los teucros y para él mismo. Meriones,
cuando alcanzó á aquél, le hundió la pica en la nalga derecha; y la
punta, pasando por debajo del hueso y cerca de la vejiga, salió al otro lado.
El guerrero cayó de hinojos, gimiendo, y la muerte le envolvió.
Meges hizo perecer á Pedeo, hijo bastardo de Antenor, á quien Teano,
la divina, criara con igual solicitud que á los hijos propios, para complacer á
su esposo. El hijo de Fileo, famoso por su pica, fué á clavarle en la nuca la
puntiaguda lanza, y el hierro cortó la lengua y asomó por los dientes del
guerrero. Pedeo cayó en el polvo y mordía el frío bronce.
Eurípilo Evemónida dió muerte al divino Hipsenor, hijo del animoso
Dolopión, que era sacerdote de Escamandro y el pueblo le veneraba como á
un dios. Perseguíale Eurípilo, hijo preclaro de Evemón; el cual, poniendo
mano á la espada, de un tajo en el hombro le cercenó el robusto brazo, que
ensangrentado cayó al suelo. La purpúrea muerte y el hado cruel velaron los
ojos del troyano.
Así se portaban éstos en el reñido combate. En cuanto al hijo de Tideo,
no hubieras conocido con quiénes estaba, ni si pertenecía á los teucros
ó á los aqueos. Andaba furioso por la llanura cual hinchado torrente que en
su rápido curso derriba puentes, y anegando de pronto—cuando cae en
abundancia la lluvia de Júpiter—los verdes campos, sin que puedan contenerle
diques ni setos, destruye muchas hermosas labores de los jóvenes; tal
tumulto promovía el hijo de Tideo en las densas falanges teucras que, con
ser tan numerosas, no se atrevían á resistirle.
Tan luego como el preclaro hijo de Licaón vió que Diomedes corría
furioso por la llanura y tumultuaba las falanges, tendió el corvo arco y le
hirió en el hombro derecho, por el hueco de la loriga, mientras aquél acometía.
La cruel saeta atravesó el hombro y la loriga se manchó de sangre. Y
el preclaro hijo de Licaón, al notarlo, gritó con voz recia:
«¡Arremeted, teucros magnánimos, aguijadores de caballos! Herido
está el más fuerte de los aqueos; y no creo que pueda resistir mucho tiempo
la fornida saeta, si fué realmente Apolo, hijo de Júpiter, quien me movió á
venir aquí desde la Licia.»
Tan jactanciosamente habló. Pero la veloz flecha no postró á Diomedes;
el cual retrocediendo hasta el carro y los caballos, dijo á Esténelo, hijo
de Capaneo:
«Corre, buen hijo de Capaneo, baja del carro y arráncame del hombro
la amarga flecha.»
Así dijo. Esténelo saltó á tierra, se le acercó y sacóle del hombro la
aguda flecha; la sangre chocaba, al salir á borbotones, contra las mallas de
la loriga. Y entonces Diomedes, valiente en el combate, hizo esta plegaria:
«¡Óyeme, hija de Júpiter, que lleva la égida! ¡Indómita deidad! Si alguna
vez amparaste benévola á mi padre en la cruel guerra, séme ahora propicia,
¡oh Minerva!, y haz que se ponga á tiro de lanza y reciba la muerte de
mi mano, quien me hirió y se gloría diciendo que pronto dejaré de ver la
brillante luz del sol.»
Tal fué su ruego. Palas Minerva le oyó, agilitóle los miembros todos
y especialmente los pies y las manos, y poniéndose á su lado pronunció estas
aladas palabras:
«Cobra ánimo, Diomedes, y pelea con los teucros; pues ya infundí en
tu pecho el paterno intrépido valor del jinete Tideo, agitador del escudo, y
aparté la niebla que cubría tus ojos para que en la batalla conozcas á los dioses
y á los hombres. Si alguno de aquéllos viene á tentarte, no quieras combatir
con los inmortales; pero si se presentara en la lid Venus, hija de Jove,
hiérela con el agudo bronce.»
Dicho esto, Minerva, la de los brillantes ojos, se fué. El hijo de Tideo
volvió á mezclarse con los combatientes delanteros; y si antes ardía en deseos
de pelear contra los troyanos, entonces sintió que se le triplicaba el
brío, como un león á quien el pastor hiere levemente al asaltar un redil de
lanudas ovejas y no lo mata, sino que le excita la fuerza: el pastor desiste de
rechazarlo y entra en el establo; las ovejas, al verse sin defensa, huyen para
caer pronto hacinadas unas sobre otras, y la fiera sale del cercado con ágil
salto. Con tal furia penetró en las filas troyanas el fuerte Diomedes.
Entonces hizo morir á Astinoo y á Hipirón, pastor de hombres. Al
primero le metió la broncínea lanza por el pecho; contra Hipirón desnudó la
espada, y de un tajo en la clavícula separóle el hombro del cuello y la espalda.
Dejóles y fué al encuentro de Abante y Poliido, hijos de Euridamante,
que era de provecta edad é intérprete de sueños: cuando fueron á la guerra,
el anciano no les interpretaría los sueños, pues sucumbieron á manos del
fuerte Diomedes, que les despojó de las armas. Enderezó luego sus pasos
hacia Janto y Toón, hijos de Fénope—éste los había tenido en la triste vejez
que le abrumaba y no engendró otro hijo que heredara sus riquezas,—y á
entrambos les quitó la dulce vida, causando llanto y pesar al anciano, que
no pudo recibirlos de vuelta de la guerra; y más tarde los parientes se repartieron
la herencia.
En seguida alcanzó Tideo á Equemón y á Cromio, hijos de Príamo
Dardánida, que iban en el mismo carro. Cual león que, penetrando en la vacada,
despedaza la cerviz de un buey ó de una becerra que pacía en el soto;
así el hijo de Tideo los derribó violentamente del carro, les quitó la armadura
y entregó los corceles á sus camaradas para que los llevaran á las naves.
Eneas advirtió que Diomedes destruía las hileras de los teucros, y fué
en busca del divino Pándaro por la liza y entre el estruendo de las lanzas.
Halló por fin al fuerte y eximio hijo de Licaón; y deteniéndose á su lado, le
dijo:
«¡Pándaro! ¿Dónde guardas el arco y las voladoras flechas? ¿Qué es
de tu fama? Aquí no tienes rival y en la Licia nadie se gloría de aventajarte.
Ea, levanta las manos á Júpiter y dispara una flecha contra ese hombre que
triunfa y causa males sin cuento á los troyanos—de muchos valientes ha
quebrado ya las rodillas,—si por ventura no es un dios airado con los teucros
á causa de los sacrificios, pues la cólera de una deidad es terrible.»
Respondióle el preclaro hijo de Licaón: «¡Eneas, consejero de los
teucros, de broncíneas lorigas! Parécese completamente al aguerrido hijo de
Tideo: reconozco su escudo, su casco de alta cimera y agujeros á guisa de
ojos y sus corceles, pero no puedo asegurar si es un dios. Si ese guerrero es
en realidad el belicoso hijo de Tideo, no se mueve con tal furia sin que alguno
de los inmortales le acompañe, cubierta la espalda con una nube, y
desvíe las veloces flechas que hacia él vuelan. Arrojéle una saeta que le hirió
en el hombro derecho, penetrando por el hueco de la loriga; creí enviarle
á Plutón, y sin embargo de esto no le maté; sin duda es un dios irritado. No
tengo aquí bridones ni carros que me lleven, aunque en el palacio de Licaón
quedaron once carros hermosos, sólidos, de reciente construcción, cubiertos
con fundas y con sus respectivos pares de caballos que comen blanca cebada
y avena. Licaón, el guerrero anciano, entre los muchos consejos que me
diera cuando partí del magnífico palacio, me recomendó que en el duro
combate mandara á los teucros subido en el carro; mas yo no me dejé convencer—
mucho mejor hubiera sido seguir su consejo—y rehusé llevarme
los corceles por el temor de que, acostumbrados á comer bien, se encontraran
sin pastos en una ciudad sitiada. Dejélos, pues, y vine como infante á
Ilión, confiando en el arco que para nada me había de servir. Contra dos
próceres lo he disparado, el Atrida y el hijo de Tideo; á entrambos les causé
heridas, de las que manaba verdadera sangre, y sólo conseguí excitarlos
más. Con mala suerte descolgué del clavo el corvo arco el día en que vine
con mis teucros á la amena Ilión para complacer al divino Héctor. Si logro
regresar y ver con estos ojos mi patria, á mi mujer y mi casa espaciosa y
alta, córteme la cabeza un enemigo si no rompo y tiro al relumbrante fuego
el arco, ya que su compañía me resulta inútil.»
Replicóle Eneas, caudillo de los teucros: «No hables así. Las cosas
no cambiarán hasta que, montados nosotros en el carro, acometamos á ese
hombre y probemos la suerte de las armas. Sube á mi carro, para que veas
cuáles son los corceles de Tros y cómo saben lo mismo perseguir acá y allá
de la llanura que huir ligeros; ellos nos llevarán salvos á la ciudad, si Júpiter
concede de nuevo la victoria á Diomedes Tidida. Ea, toma el látigo y las
lustrosas riendas, y me pondré á tu lado para combatir; ó encárgate tú de pelear,
y yo me cuidaré de los caballos.»
Contestó el preclaro hijo de Licaón: «¡Eneas! Recoge tú las riendas y
guía los corceles, porque tirarán mejor del carro obedeciendo al auriga á
que están acostumbrados, si nos pone en fuga el hijo de Tideo. No sea que,
no oyendo tu voz, se espanten y desboquen y no quieran sacarnos de la liza,
y el hijo del magnánimo Tideo nos embista y mate y se lleve los solípedos
caballos. Guía, pues, el carro y los corceles, y yo con la aguda lanza esperaré
de aquél la acometida.»
Así hablaron; y subidos en el labrado carro, guiaron animosamente
los briosos corceles en derechura al hijo de Tideo. Advirtiólo Esténelo, hijo
de Capaneo, y dijo á Diomedes estas aladas palabras:
«¡Diomedes Tidida, carísimo á mi corazón! Veo que dos robustos varones,
cuya fuerza es grandísima, desean combatir contigo: el uno, Pándaro,
es hábil arquero y se jacta de ser hijo de Licaón; el otro, Eneas, se gloría de
haber sido engendrado por el magnánimo Anquises y tener por madre á Venus.
Ea, subamos al carro, retirémonos, y cesa de revolverte furioso entre
los combatientes delanteros para que no pierdas la dulce vida.»
Mirándole con torva faz, le respondió el fuerte Diomedes: «No me
hables de huir, pues no creo que me persuadas. Sería impropio de mí, batirme
en retirada ó amedrentarme. Mis fuerzas aún siguen sin menoscabo.
Desdeño subir al carro, y tal como estoy iré á encontrarlos, pues Palas Minerva
no me deja temblar. Sus ágiles corceles no los llevarán lejos de aquí,
si es que alguno de aquéllos puede escapar. Otra cosa voy á decir que tendrás
muy presente: Si la sabia Minerva me concede la gloria de matar á entrambos,
sujeta estos veloces caballos, amarrando las bridas al barandal, y
apodérate de los corceles de Eneas para sacarlos de los teucros y traerlos á
los aqueos de hermosas grebas; pues pertenecen á la raza de aquéllos que el
longividente Júpiter dió á Tros en pago de su hijo Ganimedes, y son, por
tanto, los mejores de cuantos viven debajo del sol y de la aurora. Anquises,
rey de hombres, logró adquirir, á hurto, caballos de esta raza ayuntando yeguas
con aquéllos sin que Laomedonte lo advirtiera; naciéronle seis en el
palacio, crió cuatro en su pesebre y dió esos dos á Eneas, que pone en fuga
á sus enemigos. Si los cogiéramos, alcanzaríamos gloria no pequeña.»
Así éstos conversaban. Pronto Eneas y Pándaro, picando á los ágiles
corceles, se les acercaron. Y el preclaro hijo de Licaón exclamó el primero:
«¡Corazón fuerte, hombre belicoso, hijo del ilustre Tideo! Ya que la
veloz y dañosa flecha no te hizo sucumbir, voy á probar si te hiero con la
lanza.»
Dijo; y blandiendo la ingente arma, dió un bote en el escudo del Tidida:
la broncínea punta atravesó la rodela y llegó muy cerca de la loriga. El
preclaro hijo de Licaón gritó en seguida:
«Atravesado tienes el ijar y no creo que resistas largo tiempo. Inmensa
es la gloria que acabas de darme.»
Sin turbarse, le replicó el fuerte Diomedes: «Erraste el golpe, no has
acertado; y creo que no dejaréis de combatir, hasta que uno de vosotros caiga
y sacie de sangre á Marte, el infatigable luchador.»
Dijo, y le arrojó la lanza que, dirigida por Minerva á la nariz junto al
ojo, atravesó los blancos dientes: el duro bronce cortó la punta de la lengua
y apareció por debajo de la barba. Pándaro cayó del carro, sus lucientes y
labradas armas resonaron, espantáronse los corceles de ágiles pies, y allí
acabaron la vida y el valor del guerrero.
Saltó Eneas del carro con el escudo y la larga pica; y temiendo que
los aqueos le quitaran el cadáver, defendíalo como un león que confía en su
bravura: púsose delante del muerto, enhiesta la lanza y embrazado el liso
escudo, y profiriendo horribles gritos se disponía á matar á quien se le opusiera.
Mas el Tidida, cogiendo una gran piedra que dos de los actuales hombres
no podrían llevar y que él manejaba fácilmente, hirió á Eneas en la articulación
del isquion con el fémur que se llama cótyla; la áspera piedra rompió
la cótila, desgarró ambos tendones y arrancó la piel. El héroe cayó de
rodillas, apoyó la robusta mano en el suelo y la noche obscura cubrió sus
ojos.
Y allí pereciera el rey de hombres Eneas, si no lo hubiese advertido
su madre Venus, hija de Júpiter, que lo había concebido de Anquises, pastor
de bueyes. La diosa tendió sus níveos brazos al hijo amado y le cubrió con
un doblez del refulgente manto, para defenderle de los tiros; no fuera que
alguno de los dánaos, de ágiles corceles, clavándole el bronce en el pecho,
le quitara la vida.
Mientras Venus sacaba á Eneas de la liza, el hijo de Capaneo no echó
en olvido las órdenes que le diera Diomedes, valiente en el combate: sujetó
allí, separadamente de la refriega, sus solípedos caballos, amarrando las bridas
al barandal; y apoderándose de los corceles, de lindas crines, de Eneas,
hízolos pasar de los teucros á los aqueos de hermosas grebas y entrególos á
Deípilo, el compañero á quien más honraba á causa de su prudencia, para
que los llevara á las cóncavas naves. Acto continuo subió al carro, asió las
lustrosas riendas y guió solícito hacia Diomedes los caballos de duros cascos.
El héroe perseguía con el cruel bronce á Ciprina, conociendo que era
una deidad débil, no de aquéllas que imperan en el combate de los hombres,
como Minerva ó Belona, asoladora de ciudades. Tan pronto como llegó á
alcanzarla por entre la multitud, el hijo del magnánimo Tideo, calando la
afilada pica, rasguñó la tierna mano de la diosa: la punta atravesó el peplo
divino, obra de las mismas Gracias, y rompió la piel de la palma. Brotó la
sangre divina, ó por mejor decir, el icor; que tal es lo que tienen los bienaventurados
dioses, pues no comen pan ni beben vino negro, y por esto carecen
de sangre y son llamados inmortales. La diosa, dando una gran voz,
apartó al hijo que Febo Apolo recibió en sus brazos y envolvió en espesa
nube; no fuera que alguno de los dánaos, de ágiles corceles, clavándole el
bronce en el pecho, le quitara la vida. Y Diomedes, valiente en el combate,
dijo á voz en cuello:
«¡Hija de Júpiter, retírate del combate y la pelea! ¿No te basta engañar
á las débiles mujeres? Creo que si intervienes en la batalla te dará horror
la guerra, aunque te encuentres á gran distancia de donde la haya.»
Así se expresó. La diosa retrocedió turbada y afligida; Iris, de
pies veloces como el viento, asiéndola por la mano, la sacó del tumulto
cuando ya el dolor la abrumaba y el hermoso cutis se ennegrecía; y como
aquélla encontrara al furibundo Marte sentado á la izquierda de la batalla,
con la lanza y los veloces caballos envueltos en una nube, se hincó de rodillas
y pidióle con instancia los corceles de áureas bridas:
«¡Querido hermano! Compadécete de mí y dame los bridones para
que pueda volver al Olimpo, á la mansión de los inmortales. Me duele mucho
la herida que me infirió un hombre, el Tidida, quien sería capaz de pelear
con el padre Júpiter.»
Dijo, y Marte le cedió los corceles de áureas bridas. Venus subió al
carro, con el corazón afligido; Iris se puso á su lado, y tomando las riendas
avispó con el látigo á aquéllos, que gozosos alzaron el vuelo. Pronto llegaron
á la morada de los dioses, al alto Olimpo; y la diligente Iris, de pies ligeros
como el viento, detuvo los caballos, los desunció del carro y les echó
un pasto divino. La diosa Venus se refugió en el regazo de su madre Dione;
la cual, recibiéndola en los brazos y halagándola con la mano, le dijo:
«¿Cuál de los celestes dioses, hija querida, de tal modo te maltrató,
como si á su presencia hubieses cometido alguna falta?»
Respondióle al punto la risueña Venus: «Hirióme el hijo de Tideo,
Diomedes soberbio, porque sacaba de la liza á mi hijo Eneas, carísimo para
mí más que otro alguno. La enconada lucha ya no es sólo de teucros y
aqueos, pues los dánaos se atreven á combatir con los inmortales.»
Contestó Dione, divina entre las diosas: «Sufre el dolor, hija mía, y
sopórtalo aunque estés afligida; que muchos de los moradores del Olimpo
hemos tenido que tolerar ofensas de los hombres, á quienes excitamos para
causarnos, unos dioses á otros, horribles males.—Las toleró Marte, cuando
Oto y el fornido Efialtes, hijos de Aloeo, le tuvieron trece meses atado con
fuertes cadenas en una cárcel de bronce: allí pereciera el dios insaciable de
combate, si su madrastra, la bellísima Eribea, no lo hubiese participado á
Mercurio, quien sacó furtivamente de la cárcel á Marte casi exánime, pues
las crueles ataduras le agobiaban.—Las toleró Juno, cuando el vigoroso hijo
de Anfitrión hirióla en el pecho diestro con trifurcada flecha; vehementísimo
dolor atormentó entonces á la diosa.—Y las toleró también el ingente
Plutón, cuando el mismo hijo de Júpiter, que lleva la égida, disparándole en
la puerta del infierno veloz saeta, á él que estaba entre los muertos, le entregó
al dolor: con el corazón afligido, traspasado de dolor—pues la flecha se
le había clavado en la robusta espalda y abatía su ánimo,—fué el dios al palacio
de Júpiter, al vasto Olimpo, y Peón curóle, que mortal no naciera, esparciendo
sobre la herida drogas calmantes. ¡Osado! ¡Temerario! No se abstenía
de cometer acciones nefandas y contristaba con el arco á los dioses
que habitan el Olimpo.—Á ése le ha excitado contra ti Minerva, la diosa de
los brillantes ojos. ¡Insensato! Ignora el hijo de Tideo que quien lucha con
los inmortales, ni llega á viejo ni los hijos le reciben, llamándole ¡papá! y
abrazando sus rodillas, de vuelta del combate y de la terrible pelea. Aunque
es valiente, tema que le salga al encuentro alguien más fuerte que tú: no sea
que luego la prudente Egialea, hija de Adrasto y cónyuge ilustre de Diomedes,
domador de caballos, despierte con su llanto á los domésticos por sentir
soledad de su legítimo esposo, el mejor de los aqueos todos.»
Dijo, y con ambas manos restañó el icor; curóse la herida y los acerbos
dolores se calmaron. Minerva y Juno que lo presenciaban, intentaron
zaherir á Jove Saturnio con mordaces palabras; y la diosa de los brillantes
ojos empezó á hablar de esta manera:
«¡Padre Júpiter! ¿Te enfadarás conmigo por lo que diré? Sin duda
Ciprina quiso persuadir á alguna aquea de hermoso peplo á que se fuera con
los troyanos, que tan queridos le son; y acariciándola, áureo broche le rasguñó
la delicada mano.»
De este modo habló. Sonrióse el padre de los hombres y de los dioses,
y llamando á la dorada Venus, le dijo:
«Á ti, hija mía, no te han sido asignadas las acciones bélicas: dedícate
á los dulces trabajos del himeneo, y el impetuoso Marte y Minerva cuidarán
de aquéllas.»
Así los dioses conversaban. Diomedes, valiente en el combate, cerró
con Eneas, no obstante comprender que el mismo Apolo extendía la mano
sobre él; pues impulsado por el deseo de acabar con el héroe y despojarle de
las magníficas armas, ya ni al gran dios respetaba. Tres veces asaltó á Eneas
con intención de matarle; tres veces agitó Apolo el refulgente escudo. Y
cuando, semejante á un dios, atacaba por cuarta vez, el flechador Apolo le
increpó con aterradoras voces:
«¡Tidida, piénsalo mejor y retírate! No quieras igualarte á las deidades,
pues jamás fueron semejantes la raza de los inmortales dioses y la de
los hombres que andan por la tierra.»
Tal dijo. El Tidida retrocedió un poco para no atraerse la cólera del
flechador Apolo; y el dios, sacando á Eneas del combate, le llevó al templo
que tenía en la sacra Pérgamo: dentro de éste, Latona y Diana, que se complace
en tirar flechas, curaron al héroe y le aumentaron el vigor y la belleza
del cuerpo. En tanto Apolo, que lleva arco de plata, formó un simulacro de
Eneas y su armadura; y alrededor del mismo, teucros y divinos aqueos chocaban
los escudos de cuero de buey y los alados broqueles que los pechos
protegían. Y Febo Apolo dijo entonces al furibundo Marte:
«¡Marte, Marte, funesto á los mortales, manchado de homicidios, demoledor
de murallas! ¿Quieres entrar en la liza y sacar á ese hombre, al Tidida,
que sería capaz de combatir hasta con el padre Júpiter? Primero hirió á
Ciprina en el puño, y luego, semejante á un dios, cerró conmigo.»
Cuando esto hubo dicho, sentóse en la excelsa Pérgamo. El funesto
Marte, tomando la figura del ágil Acamante, caudillo de los tracios, enardeció
á los que militaban en las filas troyanas y exhortó á los ilustres hijos de
Príamo:
«¡Hijos del rey Príamo, alumno de Jove! ¿Hasta cuándo dejaréis que
el pueblo perezca á manos de los aqueos? ¿Acaso hasta que el enemigo llegue
á las sólidas puertas de los muros? Yace en tierra un varón á quien honrábamos
como al divino Héctor: Eneas, hijo del magnánimo Anquises. Ea,
saquemos del tumulto al valiente amigo.»
Con estas palabras les excitó á todos el valor y la fuerza. Á su vez,
Sarpedón reprendía así al divino Héctor:
«¡Héctor! ¿Qué se hizo el valor que antes mostrabas? Dijiste que defenderías
la ciudad sin tropas ni aliados, solo, con tus hermanos y tus deudos.
De éstos á ninguno veo ni descubrir puedo: temblando están como perros
en torno de un león, mientras combatimos los que únicamente somos
auxiliares. Yo que figuro como tal, he venido de muy lejos, de la Licia, situada
á orillas del voraginoso Janto; allí dejé á mi esposa amada, al tierno
infante y riquezas muchas que el menesteroso apetece. Mas, sin embargo de
esto y de no tener aquí nada que los aqueos puedan llevarse ó apresar, animo
á los licios y deseo luchar con ese guerrero; y tú estás parado y ni siquiera
exhortas á los demás hombres á que resistan al enemigo y defiendan
á sus esposas. No sea que, como si hubierais caído en una red de lino que
todo lo envuelve, lleguéis á ser presa y botín de los enemigos, y éstos destruyan
vuestra populosa ciudad. Preciso es que te ocupes en ello día y noche
y supliques á los caudillos de los auxiliares venidos de lejas tierras, que resistan
firmemente y no se hagan acreedores á graves censuras.»
Así habló Sarpedón. Sus palabras royéronle el ánimo á Héctor, que
saltó del carro al suelo, sin dejar las armas; y blandiendo un par de afiladas
picas, recorrió el ejército, animóle á combatir y promovió una terrible pelea.
Los teucros volvieron la cara á los aqueos para embestirlos, y los argivos
sostuvieron apiñados la acometida y no se arredraron. Como en el abaleo,
cuando la rubia Ceres separa el grano de la paja al soplo del viento, el aire
lleva el tamo por las sagradas eras y los montones de paja blanquean; del
mismo modo los aqueos se tornaban blanquecinos por el polvo que levantaban
hasta el cielo de bronce los corceles de cuantos volvían á encontrarse en
la refriega. Los aurigas guiaban los caballos al combate y los guerreros acometían
de frente con toda la fuerza de sus brazos. El furibundo Marte cubrió
el campo de espesa niebla para socorrer á los teucros y á todas partes iba;
cumpliendo así el encargo que le hizo Febo Apolo, el de la áurea espada, de
que excitara el ánimo de aquéllos, cuando vió que Minerva, la protectora de
los dánaos, se ausentaba.
El dios sacó á Eneas del suntuoso templo; é infundiendo valor al pastor
de hombres, le dejó entre sus compañeros, que se alegraron de verle
vivo, sano y revestido de valor; pero no le preguntaron nada, porque no se
lo permitía el combate suscitado por el dios del arco de plata, por Marte,
funesto á los mortales, y por la Discordia, cuyo furor es insaciable.
Ambos Ayaces, Ulises y Diomedes enardecían á los dánaos en la pelea;
y éstos, en vez de atemorizarse ante la fuerza y las voces de los teucros,
aguardábanlos tan firmes como las nubes que Júpiter deja inmóviles en las
cimas de los montes durante la calma, cuando duermen el Bóreas y demás
vientos fuertes que con sonoro soplo disipan los pardos nubarrones; tan firmemente
esperaban los dánaos á los teucros, sin pensar en la fuga. El Atrida
bullía entre la muchedumbre y á todos exhortaba:
«¡Oh amigos! ¡Sed hombres, mostrad que tenéis un corazón esforzado
y avergonzaos de parecer cobardes en el duro combate! De los que sienten
este temor, son más los que se salvan que los que mueren; los que huyen,
ni gloria alcanzan ni entre sí se ayudan.»
Dijo, y despidiendo con ligereza el dardo, hirió al caudillo Deicoonte
Pergásida, compañero del magnánimo Eneas; á quien veneraban los troyanos
como á la prole de Príamo, por su arrojo en pelear en las primeras filas.
El rey Agamenón acertó á darle un bote en el escudo, que no logró detener
al dardo: éste lo atravesó, y rasgando el cinturón, clavóse en el empeine del
guerrero. Deicoonte cayó con estrépito y sus armas resonaron.
Eneas mató á dos hijos de Diocles, Cretón y Orsíloco, varones valentísimos
cuyo padre vivía en la bien construída Feras, abastado de bienes, y
era descendiente del anchuroso Alfeo que riega el país de los pilios. El Alfeo
engendró á Orsíloco, que reinó sobre muchos hombres; Orsíloco fué padre
del magnánimo Diocles, y de éste nacieron los dos mellizos Cretón y
Orsíloco, diestros en toda especie de combates; quienes, apenas llegados á
la juventud, fueron en negras naves y junto con los argivos á Troya, para
vengar á los Atridas Agamenón y Menelao, y allí la muerte los cubrió con
su manto. Como dos leones criados por su madre en la espesa selva de la
cumbre de un monte, devastan los establos, robando bueyes y pingües ovejas,
hasta que los hombres los matan con el afilado bronce; del mismo
modo, aquéllos, que parecían altos abetos, cayeron vencidos por Eneas.
Al verlos derribados en el suelo, condolióse Menelao, caro á Marte,
y en seguida, revestido de luciente bronce y blandiendo la lanza, se abrió
camino por las primeras filas: Marte le excitaba el valor para que sucumbiera
á manos de Eneas. Pero Antíloco, hijo del magnánimo Néstor, que lo advirtió,
se fué en pos del pastor de hombres temiendo que le ocurriera algo y
les frustrara la empresa. Cuando los dos guerreros, deseosos de pelear, calaban
las agudas lanzas para acometerse, colocóse Antíloco al lado del pastor
de hombres; Eneas, aunque era luchador brioso, no se atrevió á esperarlos;
y ellos pudieron llevarse los cadáveres de aquellos infelices, ponerlos en las
manos de sus amigos y volver á combatir en el punto más avanzado.
Entonces mataron á Pilémenes, igual á Marte, caudillo de los ardidos
paflagones que de escudos van armados: el Atrida Menelao, famoso por su
pica, envasóle la lanza junto á la clavícula. Antíloco hirió de una pedrada en
el codo al valiente escudero Midón Atimníada, cuando éste revolvía los solípedos
caballos—las ebúrneas riendas vinieron de sus manos al polvo,—y
acometiéndole con la espada, le dió un tajo en las sienes. Midón, anhelante,
cayó del carro: hundióse su cabeza con el cuello y parte de los hombros en
la arena que allí abundaba, y así permaneció un buen espacio hasta que los
corceles, pataleando, lo tiraron al suelo; Antíloco se apoderó del carro, picó
á los corceles, y se los llevó al campamento aqueo.
Héctor atisbó á los dos guerreros en las filas, arremetió á ellos, gritando,
y le siguieron las fuertes falanges troyanas que capitaneaban Marte y
la venerable Belona: ésta promovía el horrible tumulto de la pelea; Marte
manejaba una lanza enorme, y ya precedía á Héctor, ya marchaba detrás del
mismo.
Al verle, estremecióse Diomedes, valiente en el combate. Como el
inexperto viajero, después que ha atravesado una gran llanura, se detiene al
llegar á un río de rápida corriente que desemboca en el mar, percibe el murmurio
de las espumosas aguas y vuelve con presteza atrás; de semejante
modo retrocedió el hijo de Tideo, gritando á los suyos:
«¡Oh amigos! ¿Cómo nos admiramos de que el divino Héctor sea hábil
lancero y audaz luchador? Á su lado hay siempre alguna deidad para librarle
de la muerte, y ahora es Marte, transfigurado en mortal, quien le
acompaña. Emprended la retirada, con la cara vuelta hacia los teucros, y no
queráis combatir denodadamente con los dioses.»
De esta manera habló. Los teucros llegaron muy cerca de ellos, y
Héctor mató á dos varones diestros en la pelea que iban en un mismo carro:
Menestes y Anquíalo.
Al verlos derribados por el suelo, compadecióse el gran Ayax Telamonio;
y deteniéndose muy cerca del enemigo, arrojó la pica reluciente á
Anfio, hijo de Selago, que moraba en Peso, era riquísimo en bienes y sembrados,
y había ido—impulsábale el hado—á ayudar á Príamo y sus hijos.
Ayax Telamonio acertó á darle en el cinturón, la larga pica se clavó en el
empeine, y el guerrero cayó con estrépito. Corrió el esclarecido Ayax á despojarle
de las armas—los teucros hicieron llover sobre el héroe agudos relucientes
dardos, de los cuales recibió muchos el escudo,—y poniendo el pie
encima del cadáver, arrancó la broncínea lanza; pero no pudo quitarle de los
hombros la magnífica armadura, porque estaba abrumado por los tiros. Temió
verse encerrado dentro de un fuerte círculo por los arrogantes teucros,
que en gran número y con valentía le enderezaban sus lanzas; y aunque era
corpulento, vigoroso é ilustre, fué rechazado y hubo de retroceder.
Así se portaban éstos en el duro combate. El hado poderoso llevó
contra Sarpedón, igual á un dios, á Tlepólemo Heraclida, valiente y de gran
estatura. Cuando ambos héroes, hijo y nieto de Júpiter, que amontona las
nubes, se hallaron frente á frente, Tlepólemo fué el primero en hablar y
dijo:
«¡Sarpedón, príncipe de los licios! ¿Qué necesidad tienes, no estando
ejercitado en la guerra, de venir á temblar? Mienten cuantos afirman que
eres hijo de Júpiter, que lleva la égida, pues desmereces mucho de los varones
engendrados en tiempos anteriores por este dios, como dicen que fué mi
intrépido padre, el fornido Hércules, de corazón de león; el cual, habiendo
venido por los caballos de Laomedonte, con seis solas naves y pocos hombres,
consiguió saquear la ciudad y despoblar sus calles. Pero tú eres de ánimo
apocado, dejas que las tropas perezcan, y no creo que tu venida de la
Licia sirva para la defensa de los troyanos por muy vigoroso que seas; pues
vencido por mí, entrarás por las puertas del Orco.»
Respondióle Sarpedón, caudillo de los licios: «¡Tlepólemo! Aquél
destruyó, con efecto, la sacra Ilión á causa de la perfidia del ilustre Laomedonte,
que pagó con injuriosas palabras sus beneficios y no quiso entregarle
los caballos por los que viniera de tan lejos. Pero yo te digo que la perdición
y la negra muerte de mi mano te vendrán; y muriendo, herido por mi lanza,
me darás gloria, y á Plutón, el de los famosos corceles, el alma.»
Así dijo Sarpedón y Tlepólemo alzó la lanza de fresno. Las luengas
lanzas partieron á un mismo tiempo de las manos. Sarpedón hirió á Tlepólemo:
la dañosa punta atravesó el cuello, y las tinieblas de la noche velaron
los ojos del guerrero. Tlepólemo dió con su gran lanza en el muslo derecho
de Sarpedón: el bronce penetró con ímpetu hasta el hueso, pero todavía
Jove libró á su hijo de la muerte.
Los ilustres compañeros de Sarpedón, igual á un dios, sacáronle del
combate, con la gran lanza que, arrastrando, le apesgaba; pues con la prisa
nadie la advirtió ni pensó en arrancársela del muslo, para que pudiera subir
al carro. Tanta era la fatiga con que de él cuidaban.
Á su vez, los aqueos, de hermosas grebas, se llevaron del campo á
Tlepólemo. El divino Ulises, de ánimo paciente, viólo, sintió que se le enardecía
el corazón, y revolvió en su mente y en su espíritu si debía perseguir
al hijo de Júpiter tonante ó privar de la vida á muchos licios. No le había
concedido el hado matar con el agudo bronce al esforzado hijo de Júpiter, y
por esto Minerva le inspiró que acometiera á los licios. Mató entonces á Cérano,
Alástor, Cromio, Alcandro, Halio, Noemón y Prítanis, y aun á más licios
hiciera morir el divino Ulises, si no lo hubiese notado el gran Héctor,
de tremolante casco; el cual, cubierto de luciente bronce, se abrió calle por
los combatientes delanteros é infundió terror á los dánaos. Holgóse de su
llegada Sarpedón, hijo de Júpiter, y profirió estas lastimeras palabras:
«¡Priámida! No permitas que yo, tendido en el suelo, llegue á ser
presa de los dánaos; socórreme y pierda la vida en vuestra ciudad, ya que no
he de alegrar, volviendo á mi casa y á la patria tierra, ni á mi esposa querida
ni al tierno infante.»
De esta suerte habló. Héctor, de tremolante casco, pasó corriendo, sin
responderle, porque ardía en deseos de rechazar cuanto antes á los argivos y
quitar la vida á muchos guerreros. Los ilustres camaradas de Sarpedón,
igual á un dios, lleváronle al pie de una hermosa encina consagrada á Júpiter,
que lleva la égida; y el valeroso Pelagonte, su compañero amado, le
arrancó la lanza de fresno. Amortecido quedó el héroe y obscura niebla cubrió
sus ojos; pero pronto volvió en su acuerdo, porque el soplo del Bóreas
le reanimó cuando ya apenas respirar podía.
Los argivos, al acometerlos Marte y Héctor armado de bronce, ni se
volvían hacia las negras naves, ni rechazaban el ataque, sino que se batían
en retirada desde que supieron que aquel dios se hallaba con los teucros.
¿Cuál fué el primero, cuál el último de los que entonces mataron
Héctor, hijo de Príamo, y el férreo Marte? Teutrante, igual á un dios; Orestes,
aguijador de caballos; Treco, lancero etolo; Enomao; Heleno Enópida y
Oresbio, de tremolante mitra; quien, muy ocupado en cuidar de sus bienes,
moraba en Hila, á orillas del lago Cefisis, con otros beocios que constituían
un opulento pueblo.
Cuando Juno, la diosa de los níveos brazos, vió que ambos mataban
á muchos argivos en el duro combate, dijo á Minerva estas aladas palabras:
«¡Oh dioses! ¡Hija de Júpiter, que lleva la égida! ¡Indómita deidad!
Vana será la promesa que hicimos á Menelao de que no se iría sin destruir la
bien murada Ilión, si dejamos que el pernicioso Marte ejerza sus furores.
Ea, pensemos en prestar al héroe poderoso auxilio.»
Dijo; y Minerva, la diosa de los brillantes ojos, no desobedeció.
Juno, deidad veneranda hija del gran Saturno, aparejó los corceles con sus
áureas bridas, y Hebe puso diligentemente en el férreo eje, á ambos lados
del carro, las corvas ruedas de bronce que tenían ocho rayos. Era de oro la
indestructible pina, de bronce las ajustadas admirables llantas, y de plata los
torneados cubos. El asiento descansaba sobre tiras de oro y de plata, y un
doble barandal circundaba el carro. Por delante salía argéntea lanza, en cuya
punta ató la diosa un yugo de oro con bridas de oro también; y Juno, que
anhelaba el combate y la pelea, unció los corceles de pies ligeros.
Minerva, hija de Júpiter, que lleva la égida, dejó caer al suelo el hermoso
peplo bordado que ella misma tejiera y labrara con sus manos; vistió
la loriga de Jove, que amontona las nubes, y se armó para la luctuosa guerra.
Suspendió de sus hombros la espantosa égida floqueada que el terror
corona: allí están la Discordia, la Fuerza y la Persecución horrenda; allí la
cabeza de la Gorgona, monstruo cruel y horripilante, portento de Júpiter,
que lleva la égida. Cubrió su cabeza con áureo casco de doble cimera y cuatro
abolladuras, apto para resistir á la infantería de cien ciudades. Y subiendo
al flamante carro, asió la lanza ponderosa, larga, fornida, con que la hija
del prepotente padre destruye filas enteras de héroes cuando contra ellos
monta en cólera. Juno picó con el látigo á los bridones, y abriéronse de propio
impulso, rechinando, las puertas del cielo de que cuidan las Horas—á
ellas está confiado el espacioso cielo y el Olimpo—para remover ó colocar
delante la densa nube. Por allí, á través de las puertas, dirigieron los corceles
dóciles al látigo y hallaron al Saturnio, sentado aparte de los otros dioses,
en la más alta de las muchas cumbres del Olimpo. Juno, la diosa de los
níveos brazos, detuvo entonces los corceles, para hacer esta pregunta al excelso
Jove Saturnio:
«¡Padre Júpiter! ¿No te indignas contra Marte al presenciar sus atroces
hechos? ¡Cuántos y cuáles varones aqueos ha hecho perecer temeraria é
injustamente! Yo me aflijo, y Ciprina y Apolo se alegran de haber excitado
á ese loco que no conoce ley alguna. Padre Júpiter, ¿te enfadarás conmigo si
á Marte le ahuyento del combate causándole graves heridas?»
Respondióle Júpiter, que amontona las nubes: «Ea, aguija contra él á
Minerva, que impera en las batallas, pues es quien suele causarle más vivos
dolores.»
Así se expresó. Juno, la diosa de los níveos brazos, obedecióle y picó
á los corceles, que volaron gozosos entre la tierra y el estrellado cielo.
Cuanto espacio alcanza á ver el que sentado en alta cumbre fija sus ojos en
el vinoso ponto, otro tanto salvan de un brinco los caballos, de sonoros relinchos,
de los dioses. Tan luego como ambas deidades llegaron á Troya,
Juno paró el carro en el lugar donde el Símois y el Escamandro juntan sus
aguas; desunció los corceles, cubriólos de espesa niebla, y el Símois hizo
nacer la ambrosía para que pacieran.
Las diosas empezaron á andar, semejantes en el paso á tímidas palomas,
impacientes por socorrer á los argivos. Cuando llegaron al sitio donde
estaba el fuerte Diomedes, domador de caballos, con los más y mejores de
los adalides que parecían carniceros leones ó puercos monteses, cuya fuerza
es grande, se detuvieron; y Juno, la diosa de los níveos brazos, tomando el
aspecto del magnánimo Esténtor, que tenía vozarrón de bronce y gritaba
tanto como cincuenta, exclamó:
«¡Qué vergüenza, argivos, hombres sin dignidad, admirables sólo por
la figura! Mientras el divino Aquiles asistía á las batallas, los teucros, amedrentados
por su formidable pica, no pasaban de las puertas dardanias; y
ahora combaten lejos de la ciudad, junto á las cóncavas naves.»
Con tales palabras les excitó á todos el valor y la fuerza. Minerva, la
diosa de los brillantes ojos, fué en busca del hijo de Tideo y le halló junto á
su carro y sus corceles, refrescando la herida que Pándaro con una flecha le
causara. El sudor le molestaba debajo de la abrazadera del redondo escudo,
cuyo peso sentía el héroe; y alzando éste con su cansada mano la correa, se
enjugaba la denegrida sangre. La diosa apoyó la diestra en el yugo de los
caballos y dijo:
«¡Cuán poco se parece á su padre el hijo de Tideo! Era éste de pequeña
estatura, pero belicoso. Y aunque no le dejase combatir ni señalarse
—como en la ocasión en que, habiendo ido por embajador á Tebas, se encontró
lejos de los suyos entre multitud de cadmeos y le dí orden de que
banqueteara tranquilo en el palacio,—conservaba siempre su espíritu valeroso;
y desafiando á los jóvenes cadmeos, los vencía fácilmente en toda clase
de luchas. ¡De tal modo le protegía! Ahora es á ti á quien asisto y defiendo,
exhortándote á pelear animosamente con los teucros. Mas, ó el excesivo
trabajo de la guerra ha fatigado tus miembros, ó te domina el exánime terror.
No, tú no eres hijo del aguerrido Tideo Enida.»
Respondióle el fuerte Diomedes: «Te conozco, oh diosa, hija de Júpiter,
que lleva la égida. Por esto te hablaré gustoso, sin ocultarte nada. No me
domina el exánime terror ni flojedad alguna; pero recuerdo todavía las órdenes
que me diste. No me dejabas combatir con los bienaventurados dioses;
pero si Venus, hija de Júpiter, se presentara en la pelea, debía herirla con el
agudo bronce. Pues bien: ahora retrocedo y he mandado que los argivos se
replieguen aquí, porque comprendo que Marte impera en la batalla.»
Contestó Minerva, la diosa de los brillantes ojos: «¡Diomedes Tidida,
carísimo á mi corazón! No temas á Marte ni á ninguno de los inmortales;
tanto te voy á ayudar. Ea, endereza los solípedos caballos á Marte, hiérele
de cerca y no respetes al furibundo dios, á ese loco voluble y nacido para
dañar, que á Juno y á mí nos prometió combatir contra los teucros en favor
de los argivos y ahora está con aquéllos y de sus palabras se ha olvidado.»
Apenas hubo dicho estas palabras, asió de la mano á Esténelo que
saltó diligente del carro á tierra. Subió la enardecida diosa, colocándose al
lado de Diomedes, y el eje de encina recrujió porque llevaba á una diosa terrible
y á un varón fortísimo. Palas Minerva, habiendo recogido el látigo y
las riendas, guió los solípedos caballos hacia Marte; el cual quitaba la vida
al gigantesco Perifante, preclaro hijo de Oquesio y el más valiente de los
etolos. Á tal varón mataba Marte, manchado de homicidios. Y Minerva se
puso el casco de Plutón, para que el furibundo dios no la conociera.
Cuando Marte, funesto á los mortales, los vió venir, dejando al gigantesco
Perifante tendido donde le matara, se encaminó hacia el divino
Diomedes, domador de caballos. Al hallarse á corta distancia, Marte, que
deseaba acabar con Diomedes, le dirigió la broncínea lanza por cima del
yugo y las riendas; pero Minerva, cogiéndola y alejándola del carro, hizo
que aquél diera el golpe en vano. Á su vez Diomedes, valiente en el combate,
atacó á Marte con la broncínea pica, y Palas Minerva, apuntándola á la
ijada del dios, donde el cinturón le ceñía, hirióle, desgarró el hermoso cutis
y retiró el arma. El férreo Marte clamó como gritarían nueve ó diez mil
hombres que en la guerra llegaran á las manos; y temblaron, amedrentados,
aquivos y teucros. ¡Tan fuerte bramó Marte, insaciable de combate!
Cual vapor sombrío que se desprende de las nubes por la acción de
un impetuoso viento abrasador, tal le parecía á Diomedes Tidida el férreo
Marte cuando, cubierto de niebla, se dirigía al anchuroso cielo. El dios llegó
en seguida al alto Olimpo, mansión de las deidades; se sentó, con el corazón
afligido, á la vera del Saturnio Jove; mostró la sangre inmortal que manaba
de la herida, y suspirando dijo estas aladas palabras:
«¡Padre Júpiter! ¿No te indignas al presenciar tan atroces hechos?
Siempre los dioses hemos padecido males horribles que recíprocamente nos
causamos para complacer á los hombres; pero todos estamos airados contigo,
porque engendraste una hija loca, funesta, que sólo se ocupa en acciones
inicuas. Cuantos dioses hay en el Olimpo te obedecen y acatan; pero á ella
no la sujetas con palabras ni con obras, sino que la instigas, por ser tú el padre
de esa hija perniciosa que ha movido al insolente Diomedes, hijo de Tideo,
á combatir, en su furia, con los inmortales dioses. Primero hirió á Ciprina
en el puño, y después, cual si fuese un dios, arremetió contra mí. Si no
llegan á salvarme mis ligeros pies, hubiera tenido que sufrir horrores entre
espantosos montones de cadáveres, ó quedar inválido, aunque vivo, á causa
de las heridas que me hiciera el bronce.»
Mirándole con torva faz, respondió Júpiter, que amontona las nubes:
«¡Inconstante! No te lamentes, sentado á mi vera, pues me eres más odioso
que ningún otro de los dioses del Olimpo. Siempre te han gustado las riñas,
luchas y peleas, y tienes el espíritu soberbio, que nunca cede, de tu madre
Juno, á quien apenas puedo dominar con mis palabras. Creo que cuanto te
ha ocurrido, lo debes á sus consejos. Pero no permitiré que los dolores te
atormenten, porque eres de mi linaje y para mí te parió tu madre. Si, siendo
tan perverso, hubieses nacido de algún otro dios, tiempo ha que estarías en
un abismo más profundo que el de los hijos de Urano.»
Dijo, y mandó á Peón que lo curara. Éste le sanó, aplicándole drogas
calmantes; que nada mortal en él había. Como el jugo cuaja la blanca y líquida
leche cuando se le mueve rápidamente con ella; con igual presteza
curó aquél al furibundo Marte, á quien Hebe lavó y puso magníficas vestiduras.
Y el dios se sentó al lado del Saturnio Jove, ufano de su gloria.
Juno argiva y Minerva alalcomenia regresaron también al palacio del
gran Júpiter, cuando hubieron conseguido que Marte, funesto á los mortales,
de matar hombres se abstuviera.

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