Los tres mosqueteros – Alejandro Dumas
La cita
D’Artagnan volvió a su casa a todo correr, y aunque eran más de las tres de la mañana y
aunque tuvo que atravesar los peores barrios de Paris, no tuvo ningún mal encuentro. Ya se sabe
que hay un dios que vela por los borrachos y los enamorados.
Encontró la puerta de su casa entreabierta, subió su escalera, y llamó suavemente y de una
forma convenida entre él y su lacayo. Planchet, a quien dos horas antes había enviado del
palacio del Ayunta miento recomendándole que lo esperase, vino a abrirle la puerta.
-¿Alguien ha traído una carta para mí? -preguntó vivamente D’Artagnan.
-Nadie ha traído ninguna carta, señor -respondió Planchet-; pero hay una que ha venido totalmente sola.
-¿Qué quieres decir, imbécil?
-Quiero decir que al volver, aunque tenía la llave de vuestra casa en mi bolsillo y aunque esa
llave no me haya abandonado, he encontrado una carta sobre el tapiz verde de la mesa, en vuestro dormitorio.
-¿Y dónde está esa carta?
-La he dejado donde estaba, señor. No es natural que las cartas entren así en casa de las
gentes. Si la ventana estuviera abierta, o solamente entreabierta, no digo que no; pero no, todo
estaba herméticamente cerrado. Señor, tened cuidado, porque a buen seguro hay alguna magia en ella.
Durante este tiempo, el joven se había lanzado a la habitación y abierto la carta; era de la
señora Bonacieux y estaba concebida en estos términos:
«Hay vivos agradecimientos que haceros y que transmitiros. Estad
esta noche hacia las diez en Saint-Cloud, frente al pabellón que se alza
en la esquina de la casa del señor D’Estrées.
C. B.»
Al leer aquella carta, D’Artagnan sentía su corazón dilatarse y encogerse con ese dulce
espasmo que tortura y acaricia el corazón de los amantes.
Era el primer billete que recibía, era la primera cita que se le concedía. Su corazón, henchido
por la embriaguez de la alegría, se sentía presto a desfallecer sobre el umbral de aquel paraíso
terrestre que se llamaba el amor.
-¡Y bien, señor! -dijo Planchet, que había visto a su amo enrojecer y palidecer sucesivamente-.
¿No es justo lo que he adivinado y que se trata de algún asunto desagradable?
-Te equivocas, Planchet -respondió D’Artagnan-, y la prueba es que ahí tienes un escudo para que bebas a mi salud.
-Agradezco al señor el escudo que me da, y le prometo seguir exactamente sus instrucciones;
pero no es menos cierto que las cartas que entran así en las casas cerradas…
-Caen del cielo, amigo mío, caen del cielo.
-Entonces, ¿el señor está contento? -preguntó Planchet.
-¡Mi querido Planchet, soy el más feliz de los hombres!
-¿Puedo aprovechar la felicidad del señor para irme a acostar?
-Sí, vete.
-Que todas las bendiciones del cielo caigan sobre el señor, pero no es menos cierto que esa carta…
Y Planchet se retiró moviendo la cabeza con aire de duda que no había conseguido borrar
enteramente la liberalidad de D’Artagnan.
Al quedarse solo, D’Artagnan leyó y releyó su billete, luego besó y volvió a besar veinte veces
aquellas líneas trazadas por la mano de , su bella amante. Finalmente se acostó, se durmió y
tuvo sueños dorados.
A las siete de la mañana se levantó y llamó a Planchet, que a la segunda llamada abrió la
puerta, el rostro todavía mal limpio de las inquietudes de la víspera.
-Planchet -le dijo D’Artagnan-, salgo por todo el día quizá; eres, pues, libre hasta las siete de la
tarde; pero a las siete de la tarde, estate dispuesto con dos caballos.
-¡Vaya! -dijo Planchet-. Parece que todavía vamos a hacernos agujerear la piel en varios lugares.
-Cogerás tu mosquetón y tus pistolas.
-¡Bueno! ¿Qué decía yo? -exclamó Planchet-. Estaba seguro; , esa maldita carta…
-Tranquilízate, imbécil, se trata simplemente de una partida de placer.
-Sí, como los viajes de recreo del otro día, en los que llovían las balas y donde había trampas.
-Además, si tenéis miedo, señor Planchet -prosiguió D’Arta gnan-, iré sin vos; prefiero viajar
solo antes que tener un compañero que tiembla.
-El señor me injuria -dijo Planchet-; me parece, sin embargo, que me ha visto en acción.
-Sí, pero creo que gastaste todo tu valor de una sola vez.
-El señor verá que cuando la ocasión se presente todavía me queda; sólo que ruego al señor
no prodigarlo demasiado si quiere que me quede por mucho tiempo.
-¿Crees tener todavía cierta cantidad para gastar esta noche?
-Eso espero.
-Pues bien, cuento contigo.
-A la hora indicada estaré dispuesto; sólo que yo creía que el señor no tenía más que un
caballo en la cuadra de los guardias.
-Quizá no haya en estos momentos más que uno, pero esta noche habrá cuatro.
-Parece que nuestro viaje fuera un viaje de remonta.
-Exactamente -dijo D’Artagnan.
Y tras hacer a Planchet un último gesto de recomendación salió.
El señor Bonacieux estaba a su puerta. La intención de D’Arta gnan era pasar de largo sin
hablar al digno mercero; pero éste hizo un saludo tan suave y tan benigno que su inquilino hubo
por fuerza no sólo de devolvérselo, sino incluso de trabar conversación con él.
Por otra parte, ¿cómo no tener un poco de condescendencia para con un marido cuya mujer os
ha dado una cita para esa misma noche en Saint-Cloud, frente al pabellón del señor D’Estrées?
D’Artagnan se acercó con el aire más amable que pudo adoptar.
La conversación recayó naturalmente sobre el encarcelamiento del pobre hombre. El señor
Bonacieux, que ignoraba que D’Artagnan había oído su conversación con el desconocido de
Meung, contó a su joven inquilino las persecuciones de aquel monstruo del señor de Laffemas, a
quien no cesó de calificar durante todo su relato de verdugo del cardenal, y se extendió
largamente sobre la Bastilla, los cerrojos, los postigos, los tragaluces, las rejas y los instrumentos de tortura.
D’Artagnan lo escuchó con una complacencia ejemplar; luego, cuando hubo terminado:
-Y la señora Bonacieux -dijo por fin-, ¿sabéis quién la había raptado? Porque no olvido que
gracias a esa circunstancia molesta debo la dicha de haberos conocido.
-¡Ah! -dijo el señor Bonacieux-. Se han guardado mucho de decírmelo, y mi mujer por su parte,
me ha jurado por todos los dioses que ella no lo sabía. Pero y de vos -continuó el señor
Bonacieux en un tono de ingenuidad perfecta-, ¿qué ha sido de vos todos estos días pasados? No
os he visto ni a vos ni a vuestros amigos, y no creo que haya sido en el pavimento de París
donde habéis cogido todo el polvo que Planchet quitaba ayer de vuestras botas.
-Tenéis razón, mi querido señor Bonacieux, mis amigos y yo hemos hecho un pequeño viaje.
-¿Lejos de aquí?
-¡Oh, Dios mío, no, a unas cuarenta leguas sólo! Hemos ido a llevar al señor Athos a las aguas
de Forges, donde mis amigos se han quedado.
-¿Y vos habéis vuelto, verdad? -prosiguió el señor Bonacieux dando a su fisonomía su aire más
maligno-. Un buen mozo como vos no consigue largos permisos de su amante, y erais
impacientemente esperado en Paris, ¿no es así?
-A fe -dijo riendo el joven-, os lo confieso, mi querido señor Bonacieux, tanto más cuanto que
veo que no se os puede ocultar nada. Sí, era esperado, y muy impacientemente, os respondo de ello.
Una ligera nube pasó por la frente de Bonacieux, pero tan ligera que D’Artagnan no se dio cuenta.
-¿Y vamos a ser recompensados por nuestra diligencia? -continuó el mercero con una ligera
alteración en la voz, alteración que D’Arta gnan no notó como tampoco había notado la nube
momentánea que un instante antes había ensombrecido el rostro del digno hombre.
-¡Vaya! ¿Vais a sermonearme? -dijo riendo D’Artagnan.
-No, lo que os digo es sólo -repuso Bonacieux-, es sólo para saber si volveremos tarde.
-¿Por qué esa pregunta, querido huésped? -preguntó D’Arta gnan-. ¿Es que contáis con esperarme?
-No, es que desde mi arresto y el robo que han cometido en mi casa, me asusto cada vez que
oigo abrir una puerta, y sobre todo por la noche. ¡Maldita sea! ¿Qué queréis? Yo no soy un hombre de espada.
-¡Bueno! No os asustéis si regreso a la una, a las dos o a las tres de la mañana; y si no regreso, tampoco os asustéis.
Aquella vez Bonacieux se quedó tan pálido que D’Artagnan no pudo dejar de darse cuenta, y le preguntó qué tenía.
-Nada -respondió Bonacieux-, nada. Desde estas desgracias, estoy sujeto a desmayos que se
apoderan de mí de pronto, y acabo de sentir pasar por mí un estremecimiento. No le hagáis
caso, vos no tenéis más que ocuparos de ser feliz.
-Entonces tengo ocupación, porque lo soy.
-No todavía, esperar entonces, vos mismo lo habéis dicho: esta noche.
-¡Bueno, esta noche llegará, a Dios gracias! Y quizá la estéis esperando vos con tanta
impaciencia como yo. Quizá esta noche la señora Bonacieux visite el domicilio conyugal.
-La señora Bonacieux no está libre esta noche -respondió con tono grave el marido-; está
retenida en el Louvre por su servicio.
-Tanto peor para vos, mi querido huésped, tanto peor; cuando soy feliz quisiera que todo el
mundo lo fuese; pero parece que no es posible.
Y el joven se alejó riéndose a carcajadas que sólo él, eso pensaba, podía comprender.
-¡Divertíos mucho! -respondió Bonacieux con un acento sepulcral.
Pero D’Artagnan estaba ya demasiado lejos para oírlo y, aunque lo hubiera oído, en la
disposición de ánimo en que estaba, no lo hubiera ciertamente notado.
Se dirigió hacia el palacio del señor de Tréville; su visita de la víspera había sido como se
recordará, muy corta y muy poco explicativa.
Encontró al señor de Tréville con la alegría en el alma. El rey y la reina habían estado
encantadores con él en el baile. Cierto que el cardenal había estado perfectamente desagradable.
A la una de la mañana se había retirado so pretexto de que estaba indispuesto. En cuanto a
Sus Majestades, no habían vuelto al Louvre hasta las seis de la mañana.
-Ahora -dijo el señor de Tréville bajando la voz a interrogando con la mirada a todos los
ángulos de la habitación para ver si estaban completamente solos-, ahora hablemos de vos,
joven amigo, porque es evidente que vuestro feliz retorno tiene algo que ver con la alegría del
rey, con el triunfo de la reina y con la humillación de su Eminencia. Se trata de protegeros.
-¿Qué he de temer -respondió D’Artagnan- mientras tenga la dicha de gozar del favor de Sus Majestades?
-Todo, creedme. El cardenal no es hombre que olvide una mistificación mientras no haya
saldado sus cuentas con el mistificador, y el mistificador me parece ser cierto gascón de mi conocimiento.
-¿Creéis que el cardenal esté tan adelantado como vos y sepa que soy yo quien ha estado en Londres?
-¡Diablos! ¿Habéis estado en Londres? De Londres es de donde habéis traído ese hermoso
diamante que brilla en vuestro dedo? Tened cuidado, mi querido D’Artagnan, no hay peor cosa
que el presente de un enemigo. ¿No hay sobre esto cierto verso latino?… Esperad…
-Sí, sin duda -prosiguió D’Artagnan, que nunca había podido meterse la primera regla de los
rudimentos en la cabeza y que, por ignorancia, había provocado la desesperación de su
preceptor-; sí, sin duda, debe haber uno.
-Hay uno, desde luego -dijo el señor de Tréville, que tenía cierta capa de letras- y el señor de
Benserade me lo citaba el otro día… Esperad, pues… Áh, ya está:
Timeo Danaos et dona ferentes
Lo cual quiere decir: «Desconfiad del enemigo que os hace presentes». -Ese diamante no
proviene de un enemigo, señor -repuso D’Artagnan-, proviene de la reina.
-¡De la reina! ¡Oh, oh! -dijo el señor de Tréville-. Efectivamente es una auténtica joya real, que
vale mil pistolas por lo menos. ¿Por quién os ha hecho dar este regalo?
-Me lo ha entregado ella misma.
-Y eso, ¿dónde?
-En el gabinete contiguo a la habitación en que se cambió de tocado.
-¿Cómo?
-Dándome su mano a besar.
-¡Habéis besado la mano de la reina! -exclamó el señor de Tréville mirando a D’Artagnan.
-¡Su Majestad me ha hecho el honor de concederme esa gracia!
-Y eso, ¿en presencia de testigos? Imprudente, tres veces imprudente.
-No, señor, tranquilizaos, nadie lo vio -repuso D’Artagnan. Y le contó al señor de Tréville cómo
habían ocurrido las cosas.
-¡Oh, las mujeres, las mujeres! -exclamó el viejo soldado-. Las reconozco en su imaginación
novelesca; todo lo que huele a misterio les encanta; así que vos habéis visto el brazo, eso es
todo; os encontraríais con la reina y no la reconoceríais; ella os encontraría y no sabría quién sois vos.
-No, pero gracias a este diamante… -repuso el joven.
-Escuchad -dijo el señor de Tréville-. ¿Queréis que os dé un consejo, un buen consejo, un
consejo de amigo?
-Me haréis un honor, señor -dijo D’Artagnan.
-Pues bien, id al primer orfebre que encontréis y vendedie ese diamante por el precio que os
dé; por judío que sea, siempre encontreréis ochocientas pistolas. Las pistolas no tienen nombre,
joven, y ese anillo tiene uno terrible, y que puede traicionar a quien lo lleve.
-¡Vender este anillo! ¡Un anillo que viene de mi soberana! ¡Jamás! -dijo D’Artagnan.
-Entonces volved el engaste hacia dentro, pobre loco, porque es de todos sabido que un cadete
de Gascuña no encuentra joyas semejantes en el escriño de su madre.
-¿Pensáis, pues, que tengo algo que temer? -preguntó d’Artagnan.
-Equivale a decir, joven, que quien se duerme sobre una mina cuya mecha está encendida
debe considerarse a salvo en comparación con vos.
-¡Diablo! -dijo D’Artagnan, a quien el tono de seguridad del señor de Tréville comenzaba a
inquietar-. ¡Diablo! ¿Qué debo hacer?
-Estar vigilante siempre y ante cualquier cosa. El cardenal tiene la memoria tenaz y la mano
larga; creedme, os jugará una mala pasada.
-Pero ¿cuál?
-¿Y qué sé yo? ¿No tiene acaso a su servicio todas las trampas del demonio? Lo menos que
puede pasaros es que se os arreste.
-¡Cómo! ¿Se atreverían a arrestar a un hombre al servicio de Su Majestad?
-¡Pardiez! Mucho les ha preocupado con Athos. En cualquier caso, joven, creed a un hombre
que está hace treinta años en la corte; no os durmáis en vuestra seguridad, estaréis perdido. Al
contrario, y soy yo quien os lo digo, ved enemigos por todas partes. Si alguien os busca pelea,
evitadla, aunque sea un niño de diez años el que la busca; si os atacan de noche o de día, batíos
en retirada y sin vergüenza; si cruzáis un puente, tantead las planchas, no vaya a ser que una os
falte bajo el pie; si pasáis ante una casa que están construyendo, mirad al aire, no vaya a ser
que una piedra os caiga encima de la cabeza; si volvéis a casa tarde, haceos seguir por vuestro
criado, y que vuestro criado esté armado, si es que estáis seguro de vuestro criado. Desconfiad
de todo el mundo, de vuestro amigo, de vuestro hermano, de vuestra amante, de vuestra amante sobre todo.
D’Artagnan enrojeció.
-De mi amante -repitió él maquinalmente-. ¿Y por qué más de ella que de cualquier otro?
-Es que la amante es uno de los medios favoritos del cardenal; no lo hay más expeditivo: una
mujer os vende por diez pistolas, testigo Dalila. ¿Conocéis las Escrituras, no?
D’Artagnan pensó en la cita que le había dado la señora Bonacieux para aquella misma noche;
pero debemos decir, en elogio de nuestro heroe, que la mala opinión que el señor de Tréville
tenía de las mujeres en general, no le inspiró la más ligera sospecha contra su preciosa huésped.
-Pero, a propósito -prosiguió el señor de Tréville-. ¿Qué ha sido de vuestros tres compañeros?
-Iba a preguntaros si vos habíais sabido alguna noticia.
-Ninguna, señor.
-Pues bien yo los dejé en mi camino: a Porthos en Chantilly, con un duelo entre las manos; a
Aramis en Crévocoeur, con una bala en el hombro, y a Athos en Amiens, con una acusación de
falso monedero encima.
-¡Lo veis! -dijo el señor de Tréville-. Y vos, ¿cómo habéis escapado?
-Por milagro, señor, debo decirlo, con una estocada en el pecho y clavando al señor conde de
Wardes en el dorso de la ruta de Calais como a una mariposa en una tapicería.
-¡Lo veis todavía! De Wardes, un hombre del cardenal, un primo de Rochefort. Mirad, amigo mío, se me ocurre una idea.
-Decid, señor.
-En vuestro lugar, yo haría una cosa.
-¿Cuál?
-Mientras Su Eminencia me hace buscar en Paris, yo, sin tambor ni trompeta, tomaría la ruta
de Picardía, y me ¡ría a saber noticias de mis tres compañeros. ¡Qué diablo! Bien merecen ese
pequeño detalle por vuestra parte.
-El consejo es bueno, señor, y mañana partiré.
-¡Mañana! ¿Y por qué no esta noche?
-Esta noche, señor, estoy retenido en Paris por un asunto indispensable.
-¡Ah, joven, joven! ¿Algún amorcillo? Tened cuidado, os lo repito; fue la mujer la que nos
perdió a todos nosotros, y la que nos perderá aún a todos nosotros. Creedme, partid esta noche.
-¡Imposible, señor!
-¿Habéis dado vuestra palabra?
-Sí, señor.
-Entonces es otra cosa; pero prometedme que, si no sois muerto esta noche, mañana partiréis.
-Os lo prometo.
-¿Necesitáis dinero?
-Tengo todavía cincuenta pistolas. Es todo lo que me hace falta, según pienso.
-Pero ¿vuestros compañeros?
-Pienso que no deben necesitarlo. Salimos de Paris cada uno con setenta y cinco pistolas en
nuestros bolsillos.
-¿Os volveré a ver antes de vuestra partida?
-No, creo que no, señor, a menos que haya alguna novedad.
-¡Entonces, buen viaje!
-Gracias, señor.
Y D’Artagnan se despidió del señor de Tréville, emocionado como nunca por su solicitud
completamente paternal hacia sus mosqueteros.
Pasó sucesivamente por casa de Athos, de Porthos y de Aramis. Ninguno de los tres había
vuelto. Sus criados tambien estaban ausentes, y no había noticia ni de los unos ni de los otros.
-¡Ah, señor! -dijo Planchet al divisar a D’Artagnan-. ¡Qué contento estoy de verle!
-¿Y eso por qué, Planchet? -preguntó el oven.
-¿Confiáis en el señor Bonacieux, nuestro huésped?
-¿Yo? Lo menos del mundo.
-¡Oh, hacéis bien, señor!
-Pero ¿a qué viene esa pregunta?
-A que mientras hablabais con él, yo os observaba sin escucharos; señor, su rostro ha
cambiado dos o tres veces de color.
-¡Bah!
-El señor no ha podido notarlo, preocupado como estaba por la carta que acababa de recibir;
pero, por el contrario, yo, a quien la extraña forma en que esa carta había llegado a la casa había
puesto en guardia no me he perdido ni un solo gesto de su fisonomía.
-¿Y cómo la has encontrado?
-Traidora señor.
-¿De verdad?
-Además, tan pronto como el señor le ha dejado y ha desaparecido por la esquina de la calle,
el señor Bonacieux ha cogido su sombrero, ha cerrado su puerta y se ha puesto a correr en
dirección contraria.
-En efecto, tienes razón, Planchet, todo esto me parece muy sospechoso, y estáte tranquilo, no
le pagaremos nuestro alquiler hasta que la cosa no haya sido categóricamente explicada.
-El señor se burla, pero ya verá.
-¿Qué quieres, Planchet? Lo que tenga que ocurrir está escrito.
-¿El señor no renuncia entonces a su paseo de esta noche?
-Al contrario, Planchet, cuanto más moleste al señor Bonacleux, tanto más iré a la cita que me
ha dado esa carta que tanto lo inquieta.
-Entonces, si la resolución del señor…
-Inquebrantable, amigo mío; por tanto, a las nueves estate preparado aquí, en el palacio; yo
vendré a recogerte.
Planchet, viendo que no había ninguna esperanza de hacer renunciar a su amo a su proyecto,
lanzó un profundo suspiro y se puso a almohazar al tercer caballo.
En cuanto a D’Artagnan, como en el fondo era un muchacho lleno de prudencia, en lugar de
volver a su casa, se fue a cenar con aquel cura gascón que, en los momentos de penuria de los
cuatro amigos, les había dado un desayuno de chocolate.