Los tres mosqueteros – Alejandro Dumas
El albergue del Colombier-Rouge
Apenas llegado al campamento, el rey, que tenía tanta prisa por encontrarse frente al enemigo
y que, con mejor derecho que el cardenal, compartía su odio contra Buckingham, quiso hacer
todos los preparativos, primero para expulsar a los ingleses de la isla de Ré, luego para apresurar
el asedio de La Rochelle; pero, a pesar suyo, se demoró por las disensiones que estallaron entre
los señores de Bassompierre y Schomberg contra el duque de Angulema.
Los señores de Bassompiere y Schomberg eran mariscales de Francia y reclamaban su derecho
a mandar el ejército bajo las órdenes del rey; pero el cardenal, que temía que Bassompierre,
hugonote en el fondo del corazón, acosase débilmente a ingleses y rochelleses, sus hermanos de
religión, apoyaba por el contrario al duque de Angulema, a quien el rey, a instigación suya, había
nombrado teniente general. De ello resultó que, so pena de ver a los señores de Bassompierre y
Schomberg abandonar el ejército, se vieron obligados a dar a cada uno un mando particular;
Bassompierre tomó sus acuartemamientos al norte de la ciudad desde La Leu hasta Dompierre;
el duque de Angulema al este, desde Dompierre hasta Périgny; y el señor de Schomberg al
mediodía, desde Périgny hasta Angoutin.
El alojamiento de Monsieur estaba en Dompierre.
El alojamiento del rey estaba tanto en Etré como en La Jarrie.
Finalmente, el alojamiento del cardenal estaba en las dunas, en el puente de La Pierre en una
simple casa sin ningún atrincheramiento.
De esta forma, Monsieur vigilaba a Bassompierre; el rey, al duque de Angulema, y el cardenal, al señor de Schomberg.
Una vez establecida esta organización, se ocuparon de echar a los ingleses de la isla.
La coyuntura era favorable: los ingleses, que ante todo necesitan buenos víveres para ser
buenos soldados, al no comer más que carnes saladas y mal pan, tenían muchos enfermos en su
campamento; además el mar, muy malo en aquella época del año en todas las costas del
Océano, estropeaba todos los días algún pequeño navío; y con cada marea la playa, desde la
punta del Aiguillon hasta la trinchera, se cubría literalmente de restos de pinazas, de troncos de
roble y de falúas; de lo cual resultaba que, aunque las gentes del rey se mantuviesen en su
campamento, era evidente que un día a otro Buckingham, que sólo permanecía en la isla de Ré
por obstinación, se vena obligado a levantar el sitio.
Pero como el señor de Toiras hizo decir que en el campamento enemigo se preparaba todo par
un nuevo asalto, el rey juzgó que había que terminar y dio las órdenes necesarias para un ataque decisivo.
No siendo nuestra intención hacer un diario de asedio, sino por el contrario contar sólo los
sucesos que tienen que ver con la historia que contamos, nos contentaremos con decir en dos
palabras que la empresa tuvo éxito para gran asombro del rey y a la mayor gloria del señor
cardenal. Los ingleses, rechazados paso a paso, batidos en todos los encuentros, aplastados al
pasar por la isla de Loix, se vieron obligados a embarcar de nuevo, dejando en el campo de
batalla dos mil hombres, entre ellos cinco coroneles, tres tenientes coroneles, doscientos
cincuenta capitanes y veinte gentileshombres de calidad, cuatro piezas de cañón y sesenta
banderas, que fueron llevadas a París por Claude de Saint-Simon y colgadas con gran pompa en
las bóvedas de Notre-Dame.
Fueron cantados tedéum en el campamento, y de ahí se esparcieron por toda Francia.
El cardenal quedó, pues, dueño de proseguir el asedio sin tener, al menos momentáneamente,
nada que temer de parte de los ingleses.
Pero como acabamos de decir, el reposo era solo momentáneo.
Un enviado del duque de Buckingham, llamado Montaigu, había sido capturado, y se le había
encontrado la prueba de una liga entre el Imperio, España, Inglaterra y Lorena.
Aquella liga estaba dirigida contra Francia.
Además, en el alojamiento de Buckingham, que se había visto obligado a abandonar más
precipitadamente de lo que habría creído, se habían encontrado papeles que confirmaban aquella
liga y que, por lo que afirma el señor cardenal en sus Memorias, comprometían mucho a la
señora de Chevreuse y por consiguiente a la reina.
Era sobre el cardenal sobre el que pesaba toda la responsabilidad, porque no se es ministro
absoluto sin ser responsable; por eso todos los recursos de su vasto ingenio estaban tensos día y
noche, y ocupados en escuchar el menor rumor que se alzara en uno de los grandes reinos de Europa.
El cardenal conocía la actividad y sobre todo el odio de Buckingham; si la liga que amenazaba a
Francia triunfaba, toda su influencia estaba perdida; la política española y la política austríaca
tenían sus representantes en el gabinete del Louvre, donde aún no tenían más que partidarios;
él, Richelieu, el ministro francés, el ministro nacional por excelencia, estaba perdido. El rey, que
pese a obedecerlo como un niño, lo odiaba como un niño odia a su maestro, lo abandonaba a las
venganzas reunidas de Monsieur y de la reina; estaba por tanto perdido, y quizá Francia con él.
Había que remediar todo aquello.
Por eso se vieron correos, a cada instante más numerosos, sucederse día y noche en aquella
casita del puente de La Pierre, donde el cardenal había establecido su residencia.
Eran monjes que llevaban tan mal el hábito que era fácil reconocer que pertenecían sobre todo
a la Iglesia militante; mujeres algo molestas en sus trajes de pajes, y cuyos largos calzones no
podían disimilar por entero las formas redondeadas; en fin, campesinos de manos ennegrecidas
pero de pierna fina, y que olían a hombre de calidad a una legua a la redonda.
Luego otras visitas menos agradables, porque dos o tres veces corrió el rumor de que el
cardenal había estado a punto de ser asesinado.
Cierto que los enemigos de Su Eminencia decían que era ella misma la que ponía en campaña
a asesinos torpes, a fin de tener, llegado el caso, el derecho de adoptar represalias; pero no hay
que creer ni lo que dicen los ministros ni lo que dicen sus enemigos.
Lo cual, por lo demás, no impedía al cardenal, a quien jamás ni sus más encarnizados
detractores han negado el valor personal, hacer sus recorridos nocturnos para comunicar al
duque de Angulema órdenes importantes, tanto para ir a ponerse de acuerdo con el rey como
para ir a conferenciar con algún mensajero que no quería que se dejase entrar en su casa.
Por su lado los mosqueteros, que no tenían gran cosa que hacer en el asedio, no eran
severamente controlados y llevaban una vida alegre. Y esto les era tanto más fácil, sobre todo a
nuestros tres amigos, cuanto que, siendo amigos del señor de Tréville, obtenían fácilmente de él
el llegar tarde y quedarse tras el cierre del campamento con permisos particulares.
Pero una noche en que D’Artagnan, que estaba de trinchera, no había podido acompañarlos,
Athos, Porthos y Aramis, montados en sus caballos de batalla, envueltos en capas de guerra y
con una mano sobre la culata de sus pistolas, volvían los tres de una cantina que Athos había
descubierto dos días antes en el camino de La Jarrie, y que se llamaba el Colombier-Rouge,
siguiendo el camino que llevaba al campamento estando en guardia, como hemos dicho, por
temor a una emboscada, cuando a un cuarto de legua más o menos de la aldea de Boisnar,
creyeron oír el paso de una cabalgata que venía hacia ellos; al punto los tres se detuvieron,
apretados uno contra otro, y esperaron, en medio del camino. Al cabo de un instante, y cuando
precisamente salía la luna de una nube, vieron aparecer en una vuelta del camino dos caballeros
que al divisarlos se detuvieron también, pareciendo deliberar si debían continuar su ruta o volver
atrás. Esta duda proporcionó algunas sospechas a los tres amigos y Athos, dando algunos pasos
hacia adelante, gritó con su firme voz:
-¿Quién vive?
-¿Quién vive, vos? -respondió uno de aquellos caballeros.
-Eso no es contestar -dijo Athos-. ¿Quién vive? Responded o cargamos.
-¡Tened cuidado con lo que vais a hacer señores! -dijo entonces una voz vibrante que parecía
tener el hábito de mando.
-¿Es algún oficial superior que hace su ronda de noche? -dijo Athos-. ¿Qué queréis hacer, señores?
-¿Quiénes sois? -dijo la misma voz con el mismo tono de mando. Responded o podríais pasarlo
mal por vuestra desobediencia.
-Mosqueteros del rey -dijo Athos, más y más convencido de que quien los interrogaba tenía
derecho a ello.
-Qué compañía?
-Compañía de Tréville.
-Avanzad en orden y venid a darme cuenta de lo que hacíais aquí a esta hora.
Los tres mosqueteros avanzaron, con la cabeza algo gacha, porque los tres estaban ahora
convencidos de que tenían que vérselas con alguien más fuerte que ellos; se dejó por lo demás a
Athos el cuidado de portavoz.
Uno de los caballeros, el que había tomado la palabra en segundo lugar, estaba diez pasos por
delante de su compañero; Athos hizo señas a Porthos y a Aramis de quedarse, por su parte, atrás, y avanzó solo.
-¡Perdón, mi oficial! -dijo Athos-. Pero ignorábamos con quién teníamos que vérnoslas, y como
podéis ver estábamos ojo avizor.
-¿Vuestro nombre? -dijo el oficial que se cubría una parte del rostro con su capa.
-¿Y el vuestro, señor? -dijo Athos que comenzaba a revolverse contra aquel interrogatorio-.
Dadme, por favor, una prueba de que tenéis derecho a interrogarme.
-¿Vuestro nombre? -repitió por segunda vez el caballero dejando caer su capa de tal forma que
dejaba el rostro al descubierto.
-¡Señor cardenal! -exclamó el mosquetero estupefacto.
-¡Vuestro nombre! -repitió por tercera vez Su Eminencia.
-Athos -dijo el mosquetero.
El cardenal hizo una seña al escudero, que se acercó.
-Estos tres mosqueteros nos seguirán -dijo en voz baja-, no quiero que se sepa que he salido
del campamento, y siguiéndonos estare mos más seguros de que no lo dirán a nadie.
-Nosotros somos gentileshombres, Monseñor -dijo Athos-; pedidnos, pues, nuestra palabra y
no os inquietéis por nada. A Dios gracias, sabemos guardar un secreto.
El cardenal clavó sus ojos penetrantes sobre aquel audaz interlocutor.
-Tenéis el oído fino, señor Athos -dijo el cardenal-; pero ahora escuchad esto: os ruego que me
sigáis, no por desconfianza, sino por mi seguridad. Sin duda vuestros dos compañeros son los señores Porthos y Aramis.
-Sí, Eminencia -dijo Athos mientras los dos mosqueteros que se habían quedado atrás se
acercaban con el sombrero en la mano.
-Os conozco, señores -dijo el cardenal-, os conozco; sé que no sois completamente amigos
míos y estoy molesto por ello, pero sé que sois valientes y leales gentileshombres y que se puede
fiar de vosotros. Señor Athos, hacedme, pues, el honor de acompañarme, vos y vuestros amigos,
y entonces tendré una escolta como para dar envidia a Su Majestad si nos lo encontramos.
Los tres mosqueteros se inclinaron hasta el cuello de sus caballos.
-Pues bien, por mi honor -dijo Athos-, que Vuestra Eminencia hace bien en llevarnos con ella:
hemos encontrado en el camino caras horribles, a incluso con cuatro de esas caras hemos tenido
una querella en el Colombier-Rouge.
-¿Una querella? ¿Y por qué, señores? -dijo el cardenal-. No me gustan los camorristas, ¡ya lo sabéis!
-Por eso precisamente tengo el honor de prevenir a Vuestra Eminencia de lo que acaba de
ocurrir; porque podría enterarse por otras personas distintas a nosotros y creer, por la falsa
relación, que estamos en falta.
-¿Y cuáles han sido los resultados de esa querella? -pregunté el cardenal frunciendo el ceño.
-Pues mi amigo Aramis, que está aquí, ha recibido una leve estocada en el brazo, lo cual no le
impedirá, como Vuestra Eminencie podrá ver, subir al asalto mañana si Vuestra Excelencia ordena h escalada.
-Pero no sois hombres para dejaros dar estocadas de esa forma -dijo el cardenal-; vamos, sed
francos, señores, algunas habréis de vuelto; confesaos, ya sabéis que tengo derecho a dar la absolución
-Yo, Monseñor -dijo Athos-, no he puesto siquiera la espada en la mano, pero he agarrado al
que me tocaba por medio del cuerpo y lo he tirado por la ventana. Parece que al caer -continuó
Athos cor cierta duda- se ha roto una pierna.
-¡Ah, ah! -dijo el cardenal-. ¿Y vos, señor Porthos?
-Yo, Monseñor, sabiendo que el duelo está prohibido, he cogido un banco y le he dado a uno
de esos bergantes un golpe que, según creo, le ha partido el hombro.
-Bien -dijo el cardenal-. ¿Y vos, señor Aramis?
-Yo, Monseñor, como soy de temperamento dulce y como además, cosa que igual no sabe
Monseñor, estoy a punto de tomar el hábito, quería separarme de mis camaradas cuando uno de
aquellos miserables me dio traidoramente una estocada de través en el brazo úquierdo. Entonces
me faltó paciencia, saqué la espada a mi vez, y, cuando volvía a la carga, creo haber notado que
al arrojarse sobre mí se había atravesado el cuerpo; sólo sé con certeza que ha caído y me ha
parecido que se lo llevaban con sus dos compañeros.
-¡Diablos, señores! -dijo el cardenal-. Tres hombres fuera de combate por una disputa de
taberna; no os vais de vacío. ¿Y a proposito, ¿de qué vino la querella?
-Aquellos miserables estaban borrachos -dijo Athos-, y sabiendo que había una mujer que
había llegado por la noche a la taberna querían forzar la puerta.
-¿Forzar la puerta? -dijo el cardenal-. ¿Y eso para qué?
-Para violentarla sin duda -dijo Athos-; tengo el honor de decir a Vuestra Eminencia que
aquellos miserables estaban borrachos.
-¿Y esa mujer era joven y hermosa? -preguntó el cardenal con cierta inquietud.
-No la hemos visto, Monseñor -dijo Athos.
-¡No la habéis visto! ¡Ah, muy bien! -replicó vivamente el cardenal-. Habéis hecho bien en
defender el honor de una mujer, y como es al albergue del Colombier-Rouge a donde yo voy,
sabré si me habéis dicho la verdad.
-Monseñor -dijo altivamente Athos-, somos gentileshombres, y para salvar nuestra cabeza no diríamos una mentira.
-Por eso no dudo de lo que me decís, señor Athos, no lo dudo ni un solo instante, pero -añadió
para cambiar de conversación-, ¿aquella dama estaba, por tanto, sola?
-Aquella dama tenía encerrado con ella un caballero -dijo Athos-; pero como pese al alboroto el
caballero no ha aparecido, es de presumir que es un cobarde.
-¡No juzguéis temerariamente!, dice el Evangelio -replicó el cardenal.
Athos se inclinó.
-Y ahora, señores, está bien -continuó Su Eminencia-. Sé lo que quería saber; seguidme.
Los tres mosqueteros pasaron tras el cardenal, que se envolvió de nuevo el rostro con su capa
y echó su caballo a andar manteniéndose a ocho o diez pasos por delante de sus acompañantes.
Llegaron pronto al albergue silencioso y solitario; sin duda el hostelero sabía qué ilustre
visitante esperaba, y por consiguiente había despedido a los importunos.
Diez pasos antes de llegar a la puerta, el cardenal hizo seña a su escudero y a los tres
mosqueteros de detenerse. Un caballo completa mente ensillado estaba atado al postigo. El
cardenal llamó tres veces y de determinada manera.
Un hombre envuelto en una capa salió al punto y cambió algunas rápidas palabras con el
cardenal, tras lo cual volvió a subir a caballo y partió en la dirección de Surgères, que era también la de París.
-Avanzad, señores -dijo el cardenal.
-Me habéis dicho la verdad, gentileshombres -dijo dirigiéndose a los tres mosqueteros-. Sólo a
mí me atañe que nuestro encuentro de esta noche os sea ventajoso; mientras tanto, seguidme.
El cardenal echó pie a tierra y los tres mosqueteros hicieron otro tanto; el cardenal arrojó la
brida de su caballo a las manos de su escudero y los tres mosqueteros ataron las bridas de los suyos a los postigos.
El hotelero permanecía en el umbral de la puerta; para él el cardenal no era más que un oficial
que venía a visitar a una dama.
-¿Tenéis alguna habitación en la planta baja donde estos señore puedan esperarme junto a un
buen fuego? -dijo el cardenal.
El hostelero abrió la puerta de una gran sala, en la que precisament acababan de reemplazar
una mala estufa por una gran chimenea excelente.
-Tengo ésta -respondió.
-Está bien -dijo el cardenal-. Entrad ahí, señores, y tened a bien esperarme; no tardaré más de media hora.
Y mientras los tres mosqueteros entraban en la habitación de la planta baja, el cardenal, sin
pedir informes más amplios, subió la escaler como hombre que no necesita que le indiquen el camino.