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Capítulo 50

Los tres mosqueteros – Alejandro Dumas
Charla de un hermano con su hermana

Durante el tiempo que lord de Winter tardó en cerrar la puerta, en echar un cerrojo y acercar
un asiento al sillón de su cuñada Milady, pensativa, hundió su mirada en las profundidades de la
posibilidad, y descubrió toda la trama que ni siquiera había podido entrever mientras ignoró en
qué manos había caído. Tenía a su cuñado por un buen gentilhombre, cabal cazador, jugador
intrépido, emprendedor con las mujeres, pero de fuerza inferior a la suya tratándose de intriga.
¿Cómo había podido descubrir su llegada? ¿Cómo hacerla prender? ¿Por qué la retenía?
Athos le había dicho algunas palabras que probaban que la conversación que había mantenido
con el cardenal había caído en oídos extraños; pero no podía admitir que él hubiera podido cavar
una contramina tan pronta y tan audaz.
Temió más bien que sus precedentes operaciones en Inglaterra hubieran sido descubiertas.
Buckingham podía haber adivinado que era ella quien había cortado los dos herretes, y vengarse
de aquella pequeña traición; pero Buckingham era incapaz de entregarse a ningún exceso contra
una mujer, sobre todo si suponía que aquella mujer había actuado movida por un sentimiento de celos.
Esta suposición le pareció la más probable; creyó que querían vengarse del pasado y no ir al
encuentro del futuro. Sin embargo, y en cualquier caso, se congratuló de haber caído en manos
de su cuñado, de quien contaba sacar provecho, antes que entre las de un enemigo directo a inteligente.
-Sí, hablemos, hermano mío -dijo ella con una especie de jovialidad, decidida como estaba a
sacar de la conversación, pese al disimulo que pudiera aportar a ella lord de Winter, las
aclaraciones que necesitaba para regular su conducta futura.
-¿Os habéis, pues, decidido a volver a Inglaterra -dijo lord de Winter-, a pesar de la resolución
que tan a menudo me manifestasteis en Paris de no volver a poner los pies sobre territorio de Gran Bretaña?
Milady respondió a una pregunta con otra pregunta.
-Ante todo -dijo ella-, decidme cómo me habéis hecho espiar tan severamente para estar
prevenidos de antemano no sólo de mi llegada, sino aun del día, de la hora y del puerto al que llegaba.
Lord de Winter adoptó la misma táctica que Milady, pensando que, puesto que su cuñada la
empleaba, ésa debía ser la buena.
-Mas, decidme vos, mi querida hermana -prosiguió-, qué ve nís a hacer en Inglaterra.
-Pero si vengo a veros -prosiguió Milady, sin saber cuánto agravaba, con esta respuesta, las
sospechas que había hecho nacer en el espíritu de su cuñado la carta de D’Artagnan, y queriendo
sólo captar la benevolencia de su oyente con una mentira.
-¡Ah! ¿Verme? -dijo tímidamente lord de Winter.
-Claro, veros. ¿Qué hay de sorprendente en ello?
-Y al venir a Inglaterra, ¿no habéis tenido otro objetivo que verme?
-No.
-¿O sea, que sólo por mí os habéis tomado la molestia de atrave sar la Mancha?
-Sólo por vos.
-¡Vaya! ¡Cuánta ternura, hermana mía!
-¿No soy acaso vuestro pariente más próximo? -preguntó Milady con el tono de ingenuidad más conmovedora.
-E incluso mi única heredera, ¿no es eso? -dijo a su vez lord de Winter, fijando sus ojos sobre los de Milady.
Por mucho que fuera el poder que tuviera sobre sí misma, Milady no pudo impedir
estremecerse, y como al pronunciar las últimas palabras que había dicho, lord de Winter había
puesto la mano en el brazo de su hermana, ese estremecimiento no se le escapó.
En efecto, el golpe era directo y profundo. La primera idea que vino al espíritu de Milady fue
que había sido traicionada por Ketty, y que ésta le había contado al barón esa aversión
interesada cuya señal había dejado escapar imprudentemente ante su criada; recordó también la
salida furiosa a imprudente que había hecho contra D’Artagnan cuando había salvado la vida de su cuñado.
-No comprendo, milord -dijo ella para ganar tiempo y hacer hablar a su adversario-. ¿Qué
queréis decir? ¿Y hay algún sentido desconocido oculto en vuestras palabras?
-¡Oh, Dios mío! No -dijo lord de Winter con aparente bondad-. Vos tenéis el deseo de verme, y
venís a Inglaterra. Yo me entero de ese deseo, o mejor, sospecho que lo sentís, y a fin de
ahorraros todas las molestias de una llegada nocturna a un puerto, todas las fatigas de un
desembarco, envío a uno de mis oficiales a vuestro encuentro; pongo un coche a sus órdenes y
él os trae aquí, a este castillo, del que soy gobernador, al que vengo todos los días, y en el que,
para que nuestro doble deseo de veros quede satisfecho, os hago preparar una habita ción. ¿Hay
algo en cuanto digo más sorprenderte de lo que hay en cuanto vos me habéis dicho?
-No, lo que encuentro sorprendente es que vos hayáis sido prevenido de mi llegada.
-Sin embargo es la cosa más simple, querida hermana: ¿no habéis visto que el capitán de
vuestro pequeño navío había enviado por delante, al entrar en la rada, para obtener su entrada
al puerto, un pequeño bote portador de su libro de corredera y de su registro de tripulación? Yo
soy comandante del puerto, me han traído ese libro, he reconocido en él vuestro nombre. Mi
corazón me ha dicho lo que acababa de confiarme vuestra boca, es decir, el motivo por el que os
exponíais a los peligros de un mar tan peligroso o al menos tan fatigante en este momento, y he
enviado mi cúter a vuestro encuentro. El resto ya lo sabéis.
Milady comprendió que lord de Winter mentía y quedó más asustada aún.
-Hermano mío -continuó ella-. ¿No es milord Buckingham a quien vi sobre la escollera, por la noche, al llegar?
-El mismo. ¡Ah! Comprendo que su vista os haya sorprendido -prosiguió lord de Winter-. Vos
venís de un país donde deben ocuparse mucho de él, y sé que su armamento contra Francia
preocupa mucho a vuestro amigo el cardenal.
-¡Mi amigo el cardenal! -exclamó Milady, viendo que tanto sobre este punto como sobre el otro
lord de Winter parecía enterado de todo.
-¿No es, pues, amigo vuestro? -prosiguió negligentemente el barón-. ¡Ah!, perdón, eso creía;
pero ya volveremos a milord duque más tarde, no nos apartemos del giro sentimental que la
conversación había tomado. ¿Venís, a lo que decís, para verme?
-Sí.
-Pues bien, yo os he respondido que seríais servida a placer, y que nos veríamos todos los días.
-¿Debo, por tanto, permanecer eternamente aquí? -preguntó Milady con cierto terror.
-¿Os encontráis mal alojada, hermana mía? Pedid lo que os falte, yo me apresuraré a hacer que os lo den.
-Pero no tengo ni mis mujeres ni mis criados…
-Tendréis todo eso, señora; decidme en qué tren había montado vuestro primer marido vuestra
casa; aunque yo no sea más que vuestro cuñado, la montaré en un tren parecido.
-¿Mi primer marido? -exclamó Milady mirando a lord de Winter con los ojos pasmados.
-Sí, vuestro marido francés; no hablo de mi hermano. Por lo demás, si lo habéis olvidado, como
aún vive podría escribirle y él me haría llegar informes a este respecto.
Un sudor frío perló la frente de Milady.
-Vos bromeáis -dijo ella con una voz sorda.
-¿Tengo aire de hacerlo? -preguntó el barón levantándose y dando un paso hacia atrás.
-O mejor, me insultáis -continuó ella apretando con sus manos crispadas los dos brazos del
sillón y alzándose sobre sus muñecas.
-¿Yo insultaros? -dijo lord de Winter con desprecio-. En verdad, señora, ¿creéis que es posible?
-En verdad, señor -dijo Milady-, o estáis ebrio o sois un insensato; salid y enviadme una mujer.
-Las mujeres son muy indiscretas, hermana; ¿no podría yo serviros de doncella? De esta forma
todos nuestros secretos quedarían en familia.
-¡Insolente! -exclamó Milady, y, como movida por un resorte, saltó sobre el barón, que la
esperó impasible, pero, sin embargo, con una mano sobre la guarda de su espada.
-¡Eh, eh! -dijo él-. Sé que tenéis costumbre de asesinar a las personas, pero yo me defenderé,
os lo prevengo, aunque sea contra vos.
-¡Oh, tenéis razón! -dijo Milady-. ¡Y me dais la impresión de ser lo bastante cobarde como para
poner la mano sobre una mujer!
-Quizá sí; además tendría mi excusa: mi mano no sería la primers mano de hombre que sería
puesta sobre vos, según imagino.
Y el barón indicó con un gesto lento y acusador el hombro izquierdo de Milady, que casi tocó con el dedo.
Milady lanzó un rugido sordo y retrocedió hasta el ángulo de la habitación como una pantera
que quiere acularse para abalanzarse.
-¡Oh, rugid cuanto queráis! -exclamó lord de Winter-. Pero no tratéis de morderme porque, os
lo advierto, se volvería en perjuicio vuestro; aquí no hay procuradores que arreglen de antemano
las sucesiones, no hay caballero errante que venga a buscarme pelea por la hermosa dama que
retengo prisionera, sino que tengo completamente dispuestos jueces que dispondrán de una
mujer lo bastante desvergonzada para venir a deslizarse, bígama, en el lecho de lord de Winter,
mi hermano mayor, y estos jueces, os lo advierto, os enviarán a un verdugo que os pondrán los dos hombros parejos.
Los ojos de Milady lanzaban tales destellos que, aunque él fuera hombre y armado ante una
mujer desarmada, sintió el frío del miedo deslizarse hasta el fondo de su alma; no por ello dejó
de continuar, con un furor creciente:
-Sí, comprendo, después de haber heredado de mi hermano, os habría sido dulce heredar de
mí; pero, sabedlo de antemano, podéis matarme o hacerme matar, mis precauciones están
tomadas, ni un penique de cuanto poseo pasará a vuestras manos. ¿No sois lo bastante rica, vos,
que poseéis cerca de un millón, y no podéis deteneros en vuestro camino fatal si no hacéis el mal
más que por el goce infinito y supremo de hacerlo? Mirad: os aseguro que si la memoria de mi
hermano no fuera sagrada iríais a pudriros en un calabozo del Estado o a saciar en Tyburn la
curiosidad de los marineros; me callaré, pero vos soportaréis tranquilamente vuestra cautividad;
dentro de quince o veinte días parto para La Rochelle con el ejército; pero la víspera de mi
partida vendrá a recogeros un bajel, que yo veré partir y que os conducirá a nuestras colonias
del Sur; y estad tranquila, os uniré un compañero que os levantará la tapa de los sesos a la
primera tentativa que arriesguéis por volver a Inglaterra, o al continente.
Milady escuchaba con una atención que dilataba sus ojos llenos de llamas.
-Sí, pero hasta entonces -continuó lord de Winter- permaneceréis en este castillo: los muros
son espesos, las puertas son fuertes, los barrotes son sólidos; además, vuestra ventana da a pico
sobre el mar; los hombres de mi séquito, que me son fieles en la vida y en la muerte, montan
guardia en torno a esta habitación, y vigilan todos los pasajes que conducen al patio; y llegada al
patio, os quedarían aún tres verjas que atravesar. La consigna es precisa: un paso, un gesto, una
palabra que simule una evasión, y dispararán sobre vos; si os matan, la justicia inglesa tendrá,
como espero, alguna obligación conmigo por haberle ahorrado la tarea. ¡Ah! Vuestros trazos
recuperan la calma, vuestro rostro reencuentra su seguridad. Quince días, veinte días, decís,
¡bah!; de aquí a entonces, tengo el genio inventivo, me vendrá alguna idea; tengo el espíritu
infernal y encontraré alguna víctima. De aquí a quince días, os decís, estaré fuera de aquí. ¡Ah, ah! Intentado.
Viéndose adivinada, Milady se hundió las uñas en la carne para domar todo movimiento que
pudiera dar a su fisonomía una significación cualquiera distinta a la de la angustia.
Lord de Winter continuó:
-El oficial que manda aquí en mi ausencia -ya lo habéis visto y lo conocéis- sabe, como veis,
observar una consigna, porque, os conozco, vos no habéis venido desde Portsmouth aquí sin
haber tratado de hablarle. ¿Qué decís a eso? ¿Habría sido más impasible y muda una estatua de
mármol? Habéis ensayado ya el poder de vuestras seducciones sobre muchos hombres, y
desgraciadamente habéis triunfado siempre; pero ensayadlo con éste, diantre; si lo conseguís, os
declaro el mismo demonio.
Fue hacia la puerta y la abrió bruscamente.
-¡Qué llamen al señor Felton! -dijo-. Esperad un instante, voy a recomendaros a él.
Entre los dos personajes se hizo un silencio extraño, durante el cual se oyó el ruido de un paso
lento y regular que se acercaba; al punto, en la sombra del corredor se vio dibujarse una forma
humana, y el joven teniente con el que ya hemos trabado conocimiento se detuvo en el umbral,
esperando las órdenes del barón.
-Entrad, mi querido John -dijo lord de Winter-, entrad y cerrad la puerta.
El joven oficial entró.
-Ahora -dijo el barón-, mirad a esta mujer: es joven, es bella, tiene todas las seducciones de la
tierra; pues bien, es un monstruo que a sus veinticinco años se ha hecho culpable de tantos
crímenes como podáis leer en un año en los archivos de nuestros tribunales; su voz habla en su
favor, su belleza sirve de cebo a las víctimas, su cuerpo mismo paga lo que ha prometido, es
justicia que hay que hacerle; tratará de seduciros, quizá intente incluso mataros. Yo os he sacado
de la miseria, Felton, os he hecho nombrar teniente, os he salvado la vida una vez, ya sabéis en
qué ocasión; soy para vos no sólo un protector, sino un amigo; no sólo un bienhechor, sino un
padre; esta mujer ha vuelto a Inglaterra a fin de conspirar contra mi vida; tengo a esta serpiente
entre mis manos; pues bien, os hago llamar y os digo: amigo Felton, John, hijo mío, guárdame y
sobre todo guárdate de esta mujer; jura por tu salvación que la conservarás para el castigo que
ha merecido. John Felton, me fío de tu palabra; John Felton, creo en tu lealtad.
-Milord -dijo el joven oficial, cargando su mirada pura de todo el odio que pudo encontrar en su
corazón-, milord, os juro que se hará como deseáis.
Milady recibió aquella mirada como víctima resignada: era imposible ver una expresión más
sumisa y más dulce de la que reinaba entonces sobre su hermoso rostro. Apenas si el propio lord
de Winter reconoció a la tigresa que un momento antes él se aprestaba a combatir.
-No saldrá jamás de esta habitación, ¿entendéis, John? -continuó el barón-. No se carteará con
nadie, no hablará más que con vos, si es que tenéis a bien hacerle el honor de dirigirle la palabra.
-Basta, milord, he jurado.
-Y ahora, señora, tratad de hacer la paz con Dios, porque estáis juzgada por los hombres.
Milady dejó caer su cabeza como si se hubiera sentido aplastada por este juicio. Lord de Winter
salió haciendo un gesto a Felton, que salió tras él y cerró la puerta.
Un instante después se oía en el corredor el paso pesado de un soldado de marina que hacía
de centinela, el hacha a la cintura y el mosquete en la mano.
Milady permaneció durante algunos minutos en la misma posición, porque pensó que se la
vigilaba por la cerradura; luego, lentamente, alzó su cabeza, que había recuperado una expresión
formidable de amenaza y desafío, corrió a escuchar a la puerta, miró por la ventana y volviendo a enterrarse en un amplio sillón, pensó.

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