Cumbres borrascosas – Emily Brontë
Ha transcurrido una semana más. Heme aquí más cerca, pues, de la salud y de la primavera. Ya he oído en todas sus partes la historia de mi vecino, de boca de la señora Dean, cuyo relato reproduciré, aunque procurando extractarlo un poco. Pero conservaré su estilo, porque encuentro que narra muy bien y no me siento lo bastante fuerte para mejorarlo.
La tarde que fui a Cumbres Borrascosas -siguió contándome- estaba tan segura como si lo hubiera visto que Heathcliff rondaba por los alrededores. Procuré no salir de casa en consecuencia, ya que llevaba su carta en el bolsillo y no quería exponerme a sus reproches y amenazas por no haberla entregado. Pero yo había resuelto no dársela a Catalina hasta que el amo no estuviera fuera, pues no sabía cómo reaccionaría la señora. De modo que no se la entregué hasta tres días más tarde. Al cuarto, que era domingo, se la llevé a su habitación, cuando todos se marcharon para ir a la iglesia. En la casa sólo habíamos quedado otro criado y yo. Era habitual dejar cerradas las puertas; pero aquel día era tan agradable, que las dejamos abiertas. Y con objeto de cumplir mi misión encargué al criado que fuese a comprar naranjas al pueblo para la señora. El criado se fue y yo subí.
La señora Linton estaba sentada junto a la ventana abierta. Vestía de blanco y llevaba un chal sobre los hombros. Su espesó y largo cabello, cortado al comienzo de su enfermedad, caía en trenzas sobre sus hombros. Había cambiado mucho, como yo dijera a Heathcliff; pero, no obstante, cuando estaba serena, ostentaba una especie de belleza sobrenatural. En lugar de su antiguo fulgor, sus ojos poseían ahora una melancólica dulzura. No parecía que mirase lo que la rodeaba, sino que contemplase cosas muy lejanas, algo que no fuera ya de este mundo. Su rostro estaba aún pálido; pero no tan demacrado como antes, y el aspecto que le daba su estado mental, aunque impresionaba dolorosamente, despertaba más interés aún hacia ella en los que la veían. Creo que aquel aspecto suyo indicaba de modo claro que estaba condenada a morir…
Sobre el alféizar de la ventana había un libro, y el viento agitaba sus páginas. Debió de ser Linton quien lo puso allí, ya que ella no se preocupaba jamás de leer ni de hacer nada, a pesar de que él intentaba distraerla por todos los medios. Catalina se daba cuenta de ello, y lo soportaba tranquilamente cuando estaba de buen humor, aunque a veces dejaba escapar un reprimido suspiro, y otras, con besos y tristes sonrisas, le impedía continuar haciendo aquello que él pensaba que la distraía. En ocasiones parecía enojada, ocultaba la cara entre las manos, y entonces hasta empujaba a su marido para que saliese, lo que él se apresuraba a hacer, creyendo mejor en tales casos que estuviese sola.
Sonaban a lo lejos las campanas de Gimmerton, y el melodioso rumor del arroyo que regaba el valle acariciaba dulcemente los oídos. Cuando los árboles estaban poblados de hojas, el rumor de la fronda agitada por el viento apagaba el del fluir del arroyo. En Cumbres Borrascosas se escuchaba con gran intensidad durante los días que seguían a un gran deshielo o a una temporada de lluvias. Evidentemente, oyendo el ruido del arroyo, Catalina debía estar pensando en Cumbres Borrascosas, en el supuesto de que pensara y oyera algo, puesto que su mirada vaga y errática parecía mostrar que estaba ausente de toda clase de cosas materiales.
-Me han dado una carta para usted, señora -le dije, depositándosela en su mano, que tenía apoyada en la rodilla. ¿La abro?
-Sí -repuso Catalina sin alterar la expresión de su mirada. La abrí. Era brevísima.
-Léala usted -proseguí.
Ella dejó caer el pliego. Volví a colocarlo en su regazo y esperé; pero viendo que no prestaba atención alguna dije:
-¿Quiere que la lea yo? Es del señor Heathcliff.
Se sobresaltó y cruzó por sus ojos un relámpago que indicaba que luchaba para coordinar las ideas. Cogió la carta, la repasó superficialmente y suspiró al leer la firma. Pero no se había dado cuenta de su contenido, porque al preguntarle qué contestación debía transmitir, me miró con una expresión interrogativa y angustiada.
-Quiere verla -repuse, adivinando lo que quería significarme. Está esperando impaciente en el jardín.
Mientras yo hablaba, noté que el perro que estaba en el jardín, se erguía, estiraba las orejas, y luego, desistiendo de ladrar y moviendo la cola, daba a entender que quien se acercaba le era conocido. La señora Linton se asomó a la ventana y escuchó conteniendo la respiración. Un minuto después sentimos pasos en el vestíbulo. La puerta abierta representaba una tentación harto fuerte para Heathcliff. Sin duda pensó que yo no había cumplido mi promesa y resolvió confiar en su propia audacia.
Catalina miraba ansiosamente hacia la entrada de la habitación. Heathcliff, al principio, no encontraba el cuarto, y la señora me hizo una señal para que fuera a recibirle; pero él apareció antes de que llegase yo a la puerta y un momento después ambos se estrechaban en un apretado abrazo.
Durante cinco minutos él no le habló, limitándose a abrazarla y a besarla más veces que lo hubiese hecho en toda su vida. En otra ocasión, mi señora habría sido la primera en besarle. Bien eché de ver que él sentía, al verla, la misma impresión que yo, y que estaba convencido de que Catalina no recobraría la salud.
-¡Oh, querida Catalina! ¡No podré resistirlo! -dijo, al fin, en tono de desesperación. Y la miró con tal intensidad, que creí que aquella mirada le haría deshacerse en lágrimas. Pero sus ojos, aunque ardían de angustia, permanecían secos.
-Me habéis desgarrado el corazón entre tú y Eduardo, Heathcliff -dijo Catalina, mirándole ceñuda. Y ahora os lamentáis como si fuerais vosotros los dignos de lástima. No te compadezco. Has conseguido tu objeto, me has matado. Tú eres muy fuerte. ¿Cuántos años piensas vivir después de que yo muera?
Heathcliff había puesto una rodilla en tierra para abrazarla. Fue a levantarse, pero ella le sujetó el cabello y le hizo permanecer en aquella postura.
-Quisiera tenerte así -dijo- hasta que ambos muriéramos. No me importa nada que sufras. ¿Por qué no has de sufrir? También sufro yo. ¿Me olvidarás, Heathcliff? ¿Serás capaz de ser feliz después de que yo haya sido enterrada? Dentro de veinte años dirás quizás: «Aquí está la tumba de Catalina Earnshaw. Mucho la he amado, pero la perdí, y ya ha pasado todo. Luego he amado a otras muchachas. Quiero más a mis hijos que lo que la quise a ella, y me apenará más morir y dejarlos que me alegrará el ir a reunirme con la mujer que quise.» ¿Verdad que dirás eso, Heathcliff ?
-No me atormentes, Catalina, que me siento tan loco como tú -gritó él. Había desprendido la cabeza de las manos de su amiga y le rechinaban los dientes.
El cuadro que ambos presentaban era singular y terrible. Catalina podía, en verdad, considerar que el cielo sería un destierro para ella, a no ser que su mal carácter quedara sepultado con su carne perecedera. En sus pálidas mejillas, sus labios exangües y sus brillantes ojos, se pintaba una expresión rencorosa. Apretaba entre sus crispados dedos un mechón del cabello de Heathcliff, que había arrancado al aferrarle. Él, por su parte, la había cogido ahora por el brazo, y de tal manera la oprimía, que, cuando la soltó, distinguí cuatro amoratadas huellas en los brazos de Catalina.
-Sin duda estás poseída del demonio -dijo él con ferocidad- al hablarme de esa manera cuando te estás muriendo, ¿no comprendes que tus palabras se grabarán en mi memoria como un hierro ardiendo, y que seguiré acordándome de ellas cuando tú ya no existas? Te consta que mientes al decir que yo te he matado, y te consta también que tanto podré olvidarte como olvidar mi propia existencia. ¿No basta a tu diabólico egoísmo el pensar que, cuando tú descanses en paz, yo me retorceré entre todas las torturas del infierno?
-Es que no descansaré en paz -dijo lastimeramente Catalina.
Y cayó otra vez en un estado de abatimiento. Se sentía latir su corazón con tumultuosa irregularidad. Cuando pudo dominar el frenesí que la embargaba, dijo más suavemente:
-No te deseo, Heathcliff, penas más grandes que las que he padecido yo. Sólo quisiera que nunca nos separáramos. Si una sola palabra mía te doliera, piensa que yo sentiré cuando esté bajo tierra tu mismo dolor. ¡Perdóname, ven! Arrodíllate. Nunca me has hecho daño alguno. Si estás ofendido, ello me dolerá a mí más que a ti mis palabras duras. ¡Ven! ¿No quieres?
Heathcliff se recostó en el respaldo de la silla de Catalina y volvió el rostro. Ella se ladeó para poder verle; pero él, para impedirlo, se volvió de espaldas, se acercó a la chimenea y permaneció silencioso.
La señora Linton le siguió con la mirada. Encontrados sentimientos nacían en su alma. Al fin, tras una prolongada pausa, exclamó, dirigiéndose a mí:
-¿Ves, Elena? No es capaz de ceder un solo instante, ni aun tratándose de retardar el momento de mi muerte. ¡Qué modo de amarme! Me da igual… Pero éste no es mi Heathcliff. Yo seguiré amándole como si lo fuera, y será esa imagen la que llevaré conmigo, ya que ella es la que habita en mi alma. Esta prisión en que me hallo es lo que me fatiga -añadió. Estoy harta de este encierro. Ansío volar al mundo esplendoroso que hay más allá de él. Lo vislumbro entre lágrimas y sufrimientos, y, sin embargo, Elena, me parece tan glorioso, que siento pena de ti, que te consideras satisfecha de estar fuerte y sana… Dentro de poco me habré remontado sobre todos vosotros. ¡Y pienso que él no estará conmigo entonces! -continuó como si hablase consigo
-Bésame, pero no me mires. Sí; te perdono. ¡Amo a quien me mata! Pero ¿cómo puedo perdonar a quien acaba con tu vida?
Callaron, juntaron sus rostros y mutuamente se bañaron en lágrimas. No sé si me equivoqué al suponer que Heathcliff lloraba también; pero, en verdad, el caso no era para menos.
Yo me sentía inquieta. Caía la tarde y se veía salir ya a la gente de la iglesia de Gimmerton y esparcirse por el valle. El criado que había enviado al pueblo estaba de regreso.
-El oficio religioso ha concluido -anuncié- y el señor volverá antes de media hora.
Heathcliff profirió un juramento y abrazó más apretadamente aún a Catalina, que permaneció inmóvil. A poco distinguí a los criados que avanzaban en grupo por el camino. El señor Linton los seguía a corta distancia. Abrió por sí mismo la verja. Parecía extasiado en contemplar la belleza de la tarde estival y aspirar sus suaves perfumes.
-Ya ha llegado -exclamé-, ¡Baje enseguida, por Dios! No encontrará usted a nadie en la escalera principal. Ocúltese entre los árboles hasta que el señor haya entrado.
-Debo irme, Catalina -dijo Heathcliff, separándose de sus brazos. Pero, de no morirme, te volveré a ver antes de que te hayas dormido… No me separaré ni cinco metros de tu ventana.
-No te irás -repuso ella, sujetándole con todas sus fuerzas. No tienes por qué irte.
-Vuelvo antes de una hora -aseguró él. La señora insistió:
-No te vayas ni un instante.
-Me es forzoso marcharme -repitió, alarmado, Heathcliff. Linton estará aquí dentro de un momento.
Por su deseo, él se hubiera levantado y desprendido de ella a viva fuerza; pero Catalina le sujetó firmemente, mientras pronunciaba expresiones entrecortadas. En su rostro se transparentaba una decidida resolución.
-¡No! -gritó. ¡No te vayas! Eduardo no nos hará nada. ¡Es la última vez, Heathcliff, me muero!
-¡Maldito imbécil! Ya ha llegado -exclamó Heathcliff dejándose caer otra vez en la silla. ¡Calla, Catalina! ¡Calla, alma mía! Si me matase ahora, moriría bendiciéndole.
Y volvieron a unirse en un estrecho abrazo. Sentí subir a mi amo por la escalera. Un sudor frío bañaba mi frente. Estaba horrorizada.
-Pero ¿es que va usted a hacer caso de sus delirios? -dije a Heathcliff fuera de mí. No sabe lo que dice. ¿Es que se propone usted perderla aprovechando que le falta la razón? Levántese y márchese inmediatamente. Este crimen sería el más odioso de cuantos haya cometido usted. Todos nos perderemos por culpa suya; el señor, la señora y yo.
Grité y me retorcí las manos con desesperación. Al oírme gritar, el señor Linton se apresuró más aún. No dejó de aliviar un tanto mi turbación al ver que los brazos de Catalina, dejando de oprimir a Heathcliff, caían lánguida-mente y su cabeza se inclinaba con laxitud.
«Se ha desmayado o se ha muerto -pensé. Mejor. Vale más que muera que no que siga siendo una causa de desgracia para todos los que la rodean» Eduardo, pálido de estupor y de ira al divisar al inesperado visitante, se lanzó hacia él. No sé lo que se proponía. Pero Heathcliff le detuvo en seco poniéndole entre los brazos el inmóvil cuerpo de su esposa.
-Si no es usted un demonio -dijo Linton-, ayúdeme primero a atenderla y ya hablaremos después.
Heathcliff se marchó al salón y permaneció sentado. El señor Linton recurrió a mí, y entre los dos, con grandes esfuerzos, logramos reanimar a Catalina. Pero había perdido la razón completamente: suspiraba, emitía quejidos inarticulados y no reconocía a nadie. Eduardo, en su ansiedad por su esposa, se olvidó de su odiado rival. Aproveché la primera oportunidad que tuve para ir a rogarle que se fuese, afirmándole que Catalina estaba un poco repuesta y que a la mañana siguiente le llevaría noticias suyas.
-Saldré de la casa -dijo él-, pero permaneceré en el jardín. No te olvides de cumplir tu palabra mañana, Elena. Estaré bajo aquellos pinos; tenlo en cuenta. De lo contrario, volveré, esté Linton o no.
Echó una rápida mirada por la puerta entreabierta de la alcoba, y al comprobar que, al parecer, yo no había faltado a la verdad, se fue, librando a la casa de su perniciosa presencia.