Cumbres borrascosas – Emily Brontë
Un hermoso día de junio, por la mañana, nació el primer niño que yo había de criar y el último de la antigua raza de los Earnshaw. Estábamos recogiendo heno en un prado lejano cuando vimos venir con una hora de anticipación a la muchacha que nos traía habitualmente el almuerzo.
-¡Qué niño más hermoso! -dijo. Nunca se ha visto otro más guapo… Pero, según dice el médico, la señora vivirá muy poco. Al parecer se ha ido consumiendo durante los últimos meses. He oído como se lo decía al señor Hindley, y le ha asegurado que morirá antes del invierno. Venga a casa enseguida, Elena. Tiene que cuidar del niño, darle leche y azúcar. Me gustaría estar en su lugar, porque cuando la señora muera va usted a quedar completamente a cargo del niño.
-¿Tan enferma está? -pregunté, soltando el rastrillo y anudándome las cintas del sombrero.
-Creo que sí -repuso la muchacha-, aunque está muy animada y habla como si fuese a vivir hasta ver al pequeño hecho un hombre. No cabe en sí de alegría. Verdaderamente, el niño es una hermosura. Si yo estuviera en su caso, no me moriría. Sólo con mirar al niño sanaría, diga Kennett lo que quiera. Estoy loca por el pequeñín. La señora Archer llevó el angelito al amo, y no había hecho más que presentárselo, cuando se adelanta el viejo gruñón de Kennett, y le dice: «Señor Earnshaw, es una fortuna que su mujer le haya dado un hijo. Cuando la vi por primera vez tuve la seguridad de que no viviría largo tiempo, y ahora puedo decirle que no pasará del invierno. No se aflija, porque la cosa no tiene remedio; pero debió haber buscado usted una esposa menos endeble.»
-¿Y qué contestó el amo? -pregunté a la muchacha.
-Creo que una blasfemia; pero no me fijé, porque estaba pendiente de ver al niño.
Y la chica empezó a describirme al nene con entusiasmo. Yo me apresuré a correr a casa, ya que tenía tantos deseos de verlo como ella; pero me daba pena de Hindley. Sabía que en su corazón sólo había lugar para dos afectos: el de su mujer y el de sí mismo. A ella la adoraba, y me parecía imposible que pudiese soportar su pérdida.
Cuando llegamos a Cumbres Borrascosas, él se hallaba en pie ante la puerta. Le pregunté cómo estaba el niño.
-A punto de echar a correr, Elena -me replicó, sonriendo.
-¿ Y la señora? -osé preguntarle. Creo que el médico dice que…
-¡Al demonio con el médico! –contestó. Francisca está bien y la semana próxima se habrá restablecido del todo. Si subes, dile que ahora iré a verla, siempre que prometa no hablar. Me he ido de la habitación porque no quería callarse, y es preciso que guarde silencio. Dile que el señor Kennett exige que se esté quieta.
Comuniqué aquella indicación a la señora, y ella, que parecía muy animada, respondió:
-Sólo hablé una palabra, Elena, y a pesar de ello salió dos veces llorando de la habitación. Le prometo callarme pero ello no me impedirá reírme de él.
A la pobre no le faltó el humor hasta una semana antes de morir. Su marido seguía obstinándose en que su salud mejoraba constantemente. El día en que Kennett le advirtió que ya no recetaba más medicinas, porque eran totalmente inútiles, dado el grado a que había llegado la enfermedad, Hindley le replicó:
-Ya sé que no las necesita, ni tampoco los cuidados médicos. Nunca ha estado enferma del pecho. Padeció una fiebre, sí; pero ya ha desaparecido. Su pulso es ahora tan normal como el mío y sus mejillas están frescas. A su mujer le decía lo mismo, y ella parecía creerlo. Pero una noche, mientras Francisca reclinaba la cabeza en el hombro de su esposo y le decía que pensaba levantarse al día siguiente, le acometió un leve ataque de tos. Se abrazaron y ella fue palideciendo cada vez más, hasta que expiró. El niño, Hareton, fue entregado a mis cuidados. El señor Earnshaw se conformaba, respecto al pequeño, con saber que estaba bien y con oírle llorar. Pero, por su parte, estaba desesperado. Su dolor era de los que no se manifiestan con lamentaciones. No sollozaba ni rezaba, sino maldecía de Dios y de los hombres, y se entregó a una vida de loco libertinaje.
Ningún criado soportó mucho tiempo el tiránico comportamiento que nos daba, y sólo nos quedamos a su lado José y yo. Yo había sido su hermana de leche y me faltó valor para abandonarle. En cuanto a José, se quedó porque así podía mandar despóticamente a los jornaleros y arrendatarios, y también porque siempre se sentía a gusto dondequiera que hubiese maldades que reprochar.
Los pésimos hábitos y las malas compañías que había contraído el amo constituían un lamentable ejemplo para Catalina y Heathcliff. Éste era tratado de tal manera, que aunque hubiera sido un santo tenía que acabar convirtiéndose en un demonio. Y, en verdad, el muchacho parecía endemoniado en aquella época. La degradación de Hindley le colmaba de placer, y su aspereza y rusticidad eran cada día mayores.
Vivíamos en un infierno. El cura dejó de acudir a la casa, y terminaron imitándole todas las personas decentes. Nadie nos trataba, excepto Eduardo Linton, que a veces venía a visitar a Catalina. A los quince años, ella se transformó en la reina de la comarca. Ninguna podía igualarla, y se convirtió en un ser terco y caprichoso. Desde que había dejado de ser niña, yo no la quería y procuraba humillar su altanería por todos los medios, pero no me hacía caso. Conservó un afecto constante hacia Heathcliff, a quien quiso como a nadie, incluso al joven Linton. Este fue mi último señor; su retrato está ahí, sobre la chimenea. Antes, al otro lado, estaba colgado el de su esposa, y es una pena que lo hayan quitado, porque así podría usted haberse hecho una idea de lo que fue. ¿Puede usted separar eso de ahí?
A la luz de la bujía que levantaba la señora Dean distinguí un rostro de finas facciones, muy semejante al de la joven de las Cumbres, pero más pensativo y menos adusto. Era un cuadro agradable. El cabello era rubio y levemente rizado en las sienes, los ojos grandes y reflexivos y en conjunto una figura que resultaba incluso demasiado graciosa. No me maravilló que Catalina le hubiese preferido a Heathcliff; pero pensando en que su opinión debía corresponder a su aspecto, me asombro que él se hubiese sentido atraído hacia Catalina.
-Es un bonito retrato -dijo. ¿Está parecido?
-Sí -repuso el ama de llaves. En general, era así. Cuando estaba animado parecía aún más guapo.
Desde que Catalina pasara aquellas cinco semanas con los Linton, siguió manteniendo relaciones de amistad con ellos. Al disimular en su presencia su aspereza acostumbrada logró cautivarlos a todos, en especial a Isabel, que la admiraba, y a su hermano, que terminó por prendarse de ella. Como esto la complacía, tenía que desarrollar un doble modo de ser, aunque no con intención aviesa. Cuando oía comentar que Heathcliff era un joven truhán, pero que un bruto, se cuidaba mucho de no parecerse a él; pero cuando estaba en casa mostraba muy poca inclinación a los buenos modales, que, por otra parte, no la hubieran hecho ser alabada por nadie.
El señorito Eduardo no se atrevía a ir mucho a Cumbres Borrascosas, porque la mala fama que tenía Earnshaw le asustaba y temía encontrarse con él. Le recibíamos con muchas atenciones. El amo procuraba también no ofenderle, pues no dejaba de comprender la razón de sus asiduidades, y, como no le fuera posible mostrarse amable, a lo menos procuraba no dejarse ver. Aquellas visitas me parece que no complacían mucho a Catalina. Esta carecía de malicia y no sabía ser coqueta, de modo que no le agradaba que sus dos amigos se encontrasen, porque si Heathcliff mostraba desprecio hacia Linton, ella no podía mostrarse de acuerdo, como lo hacía cuando Eduardo no estaba presente; y si Linton, a su vez, expresaba antipatía hacia Heathcliff, tampoco se atrevía a contradecirle. Yo me burlé muchas veces de sus indecisiones y de los disgustos que sufría por causa de ellas, y que trataba de ocultar. Me dirá usted que mi actitud era censurable, pero aquella joven era tan soberbia, que si quería hacerla más humilde era forzoso no compadecerla nunca. Finalmente, como no encontraba otro confidente mejor, tuvo que franquearse conmigo.
Una tarde en que el señor Earnshaw había salido, Heathcliff resolvió hacer fiesta aquel día. Creo que tenía entonces dieciséis años, y aunque no era tonto ni feo, su aspecto general resultaba repelente. La educación que en sus primeros tiempos recibiera se había disipado. Los trabajos a que le dedicaban habían extinguido de él todo amor al estudio, y el sentimiento de superioridad que en su niñez le infundieran las atenciones del antiguo amo, ya no existía. Durante bastante tiempo se esforzó en mantenerse al nivel cultural de Catalina, pero tuvo al fin que rendirse a la evidencia. Al comprender que ya no le era posible recuperar lo perdido, se abandonó del todo, y su aspecto reflejaba su hundimiento moral. Tenía un aire innoble y grosero, del que actualmente no conserva nada; se hizo insociable en extremo, y parecía complacerse en inspirar repulsión antes que simpatía en los pocos que le trataban. Cuando estaba libre de ocupaciones seguía siendo el eterno compañero de Catalina. Pero no le expresaba nunca su afecto verbalmente, y recibía las afectuosas caricias de su amiga sin corresponderlas.
El día a que me refiero, entró en la habitación donde yo estaba ayudando a vestirse a la señorita Catalina, y anunció su decisión de no trabajar aquella tarde. Ella, que no esperaba tal resolución, había citado a Eduardo, y estaba preparándose para recibirle.
-¿Tienes algo que hacer esta tarde, Catalina? -le preguntó. ¿Piensas salir?
-No; está lloviendo.
-Entonces ¿por qué te has puesto este vestido de seda? Supongo que no esperarás a nadie…
-No espero a nadie, que yo sepa -repuso ella. Pero ¿cómo no estás ya en el campo, Heathcliff? Hace más de una hora que hemos comido. Creía que te habrías ido.
-Hindley no nos libra a menudo de su odiosa presencia -replicó el muchacho. Hoy no pienso trabajar; me quedaré contigo.
-Mejor harías en irte -dijo la joven-, no sea que José lo cuente.
-José está cargando tierra en la peña de Penninston y no volverá hasta la noche, así que no tiene por qué enterarse.
Y Heathcliff se sentó al lado del fuego. Catalina frunció el entrecejo y reflexionó unos momentos. Al fin encontró una disculpa para preparar la llegada de su amigo, y dijo, tras un minuto de silencio:
-Isabel y Eduardo Linton hablaron de venir esta tarde. Claro que, como llueve, no espero que lo hagan; pero si se decidieran y te ven, corres peligro de que te regañen.
-Ordena a Elena que les diga que estás ocupada -insistió el muchacho. No me hagas irme a causa de estos tontos amigos tuyos. A veces me dan ganas de decirte que ellos… pero me callaré.
-¿Qué tienes que decir? -gritó Catalina, turbada. ¡Ay, Elena! -agregó, desasiéndose de mis manos. Me has despeinado las ondas. ¡Basta, déjame! ¿Qué estaba a punto de decir, Heathcliff?
-Mira ese calendario que hay en la pared -repuso él señalando uno que estaba colgando junto a la ventana. Las cruces marcan las tardes que has pasado con Linton; los puntos, las que hemos pasado juntos tú y yo. He marcado pacientemente todos los días. ¿Los ves?
-¡Vaya una bobada! -repuso despectivamente Catalina. ¿A qué viene eso? -A que te des cuenta de que reparo en ello -contestó Heathcliff.
-¿Y por qué he de estar siempre contigo? -replicó ella, cada vez más irritada. ¿Para qué me sirve? ¿De qué me hablas tú? Lo que haces para distraerme, un niño de pecho lo haría; y lo que dices, lo diría un mudo.
-Antes no me decías eso, Catalina -repuso Heathcliff, muy agitado. No me indicabas que te aburriera mi compañía.
-¡Vaya una compañía la de una persona que no sabe nada ni dice nada! -argumentó la joven.
Él se levantó, pero antes de que tuviera tiempo de seguir hablando, sentimos un rumor de cascos de caballos, y el señorito Linton entró con la
cara rebosando satisfacción. Sin duda en aquel momento pudo Catalina comparar la diferencia que había entre los dos muchachos, porque era como pasar de una cuenca minera a un hermoso valle, y las voces y modos de ambos confirmaban la primera impresión. Linton solía hablar con dulzura y pronunciaba las palabras como usted, es decir, de un modo más suave que el que se emplea en la comarca.
-¿No me habré anticipado a la hora? -preguntó el joven. Y me dirigió una mirada.
Yo estaba secando los platos y arreglando los cajones del aparador.
-No -repuso Catalina. ¿Qué estás haciendo ahí, Elena?
-Trabajar, señorita -repuse, sin irme, porque tenía orden del señor Hindley de asistir a las entrevistas de Linton con Catalina.
Ella se me acercó y me dijo en voz baja:
-Sal de aquí y llévate tus trapos. Cuando hay gente de fuera, los criados no están en las habitaciones de los señores.
-Ahora que el amo está fuera debo trabajar -le dije-, ya que no le gusta verme hacerlo en su presencia. Estoy segura de que él me dispensará.
-También a mí me disgusta verte trabajar en presencia mía -replicó ella imperiosamente.
Estaba nerviosa a raíz de la disputa que había sostenido con Heathcliff.
-Lo lamento, señorita Catalina -respondí, continuando en mi ocupación.
Creyendo que Eduardo no la veía, me arrancó el trapo de limpieza de las manos y me aplicó un pellizco soberbio. Ya he dicho que yo no le tenía afecto, y que me complacía en humillar su orgullo siempre que me era posible. Así que me incorporé, porque estaba de rodillas, y grité con todas mis fuerzas:
-¡Señorita, esto es un atropello, y no estoy dispuesta a consentírselo!
-No te he tocado, embustera -me contestó, mientras sus dedos se aprestaban a repetir la acción.
La rabia le había encendido las mejillas, porque no sabía ocultar sus sentimientos, y siempre que se enfadaba, el rostro se le ponía encarnado como una brasa.
-Entonces, ¿esto qué es? -le contesté señalando la señal purpúrea que el brazo.
Golpeó el suelo con los pies, titubeó un momento, y después, sin poderse contener, me dio una bofetada. Los ojos se me llenaron de lágrimas.
-¡Oh, querida Catalina! -exclamó Eduardo disgustado por su violencia e interponiéndose entre las dos.
-¡Márchate, Elena! -ordenó ella, temblando de rabia
El pequeño Hareton, que estaba siempre conmigo, comenzó también a llorar y a quejarse de la «mala tía Catalina». Entonces ella se desbordó contra el niño, le cogió por los hombros y le sacudió terriblemente hasta que Eduardo intervino y le sujetó las manos. El niño quedó libre; pero en el mismo momento, el asombrado joven recibió en sus propias mejillas una réplica asaz contundente para ser tomada a juego. Se apartó de ella consternado.
Cogí a Hareton en brazos y me fui a la cocina, dejando la puerta abierta para ver cómo se desenlazaba aquel incidente. El visitante, ofendido, pálido y con los labios temblorosos, se dirigió a coger su sombrero.
«Haces bien -pensé para mí-. Aprende, da gracias a Dios de que ella te haya mostrado su verdadero carácter, y vete»
-¿Adónde vas? -preguntó Catalina, avanzando hacia la puerta.
Él trató de pasar, pero ella dijo con energía:
– ¡No quiero que te vayas! -Debo irme -replicó él.
-No -contestó Catalina, sujetando el picaporte. No te vas todavía, Eduardo. Siéntate; no me dejes en este estado de ánimo. Pasaría una noche horrible y no quiero sufrir por causa tuya.
-¿Crees que debo quedarme después de haber sido ofendido? -preguntó
Linton.
Catalina guardó silencio.
-Me he avergonzado de ti -continuó diciendo el joven – No volveré más.
Los ojos de Catalina brillaron y las lágrimas empezaron a brotar de sus pestañas.
-Además, has mentido -dijo él.
-No es verdad -contestó la muchacha. Lo hice todo sin querer. Anda, márchate si quieres… Ahora me pondré a llorar, y lloraré hasta que no pueda más…
Se dejó caer de bruces en una silla y rompió en sollozos. Eduardo llegó hasta el patio y allí se paró. Resolví infundirle valor.
-La señorita -le dije- es tan caprichosa como un niño mimado. Vale más que se vaya usted a casa, porque si no es capaz de aparentar que está enferma con tal de disgustarnos.
Pero él miró a la ventana. El pobrecillo era tan capaz de irse como un gato lo es de dejar a medio matar un ratón o a medio devorar un pájaro.
«Estás perdido -pensé. Te precipitas tú mismo hacia tu destino…» Y ocurrió lo que yo pensaba: se volvió bruscamente, entró en la casa, cerró la puerta, y cuando al cabo de un rato fui a advertirles de que el señor Earnshaw había vuelto beodo y con ganas de armar escándalo, pude comprobar que lo sucedido no había servido sino para aumentar su intimidad y para romper los diques de su timidez juvenil, hasta el punto que habían comprendido que no sólo eran amigos, sino que estaban enamorados.
Al oír que Hindley había llegado, Linton se fue rápidamente a buscar su caballo y Catalina a su alcoba. Yo me ocupé de esconder al pequeño Hareton y de descargar la escopeta del señor, ya que él tenía la costumbre, cuando se hallaba en aquel estado, de andar con ella, con grave riesgo de la vida para cualquiera que le provocara o simplemente le hiciera alguna observación. De este modo me proponía evitar que causase daños si en su delirio se le ocurría disparar el arma.