El retrato de Dorian Gray – Óscar Wilde
-No me digas que vas a ser bueno -exclamó lord Henry, sumergiendo los
dedos en un cuenco de cobre rojo lleno de agua de rosas-. Eres absolutamente
perfecto. Haz el favor de no cambiar.
Dorian Gray movió la cabeza.
-No, Harry, no. He hecho demasiadas cosas horribles en mi vida. No voy
a hacer ninguna más. Ayer empecé con las buenas acciones.
-¿Dónde estuviste ayer?
-En el campo, Harry. Solo, en una humilde posada. -Mi querido muchacho
-dijo lord Henry sonriendo-, cualquiera puede ser bueno en el campo,
donde no existen tentaciones. Ése es el motivo de que las personas que no
habitan en ciudades vivan todavía en estado de barbarie. La civilización no
es algo que se consiga fácilmente. Sólo hay dos maneras. O se es culto o se
está corrompido. La gente del campo carece de ocasiones para ambas cosas,
de manera que sólo conocen el estancamiento. -Cultura y corrupción -repitió
Dorian-. Sé algo acerca de esas dos cosas. Ahora me parece terrible que
vayan alguna vez unidas. Porque tengo un nuevo ideal, Harry. Voy a cambiar.
Creo que ya he cambiado.
-No me has contado cuál ha sido tu buena acción de ayer. ¿O fue más de
una? -preguntó su interlocutor, mientras vertía sobre su plato una pequeña
pirámide carmesí de fresas maduras, blanqueándolas luego con azúcar mediante
una cuchara perforada en forma de concha.
-Te lo puedo contar a ti, Harry, aunque a nadie más. Renuncié a perjudicar
a una persona. Parece pretencioso, pero ya entiendes lo que quiero decir.
Era muy hermosa, y extraordinariamente parecida a Sibyl Vane. Creo que
fue eso lo primero que me atrajo de ella. Te acuerdas de Sibyl, ¿no es cierto?
¡Cuánto tiempo parece que ha pasado! Hetty, por supuesto, no es una
persona de nuestra posición, tan sólo una chica de pueblo. Pero me había
enamorado. Estoy completamente seguro de que la quería. Durante todo
este mes de mayo tan maravilloso que hemos disfrutado iba a verla dos o
tres veces por semana. Ayer se reunió conmigo en un huerto. Las flores de
los manzanos le caían sobre el pelo y se reía mucho. Íbamos a escaparnos
juntos hoy por la mañana al amanecer. De repente decidí que no cambiara por mi culpa.
-Imagino que la novedad de ese sentimiento te habrá proporcionado un
estremecimiento de auténtico placer -le interrumpió lord Henry-. Pero estoy
en condiciones de contarte el final de tu idilio. Le diste buenos consejos y le
rompiste el corazón. Ése ha sido el comienzo de tu enmienda.
-¡Qué desagradable eres, Harry! No debes decir cosas tan espantosas. A
Hetty no se le ha roto el corazón. Lloró, por supuesto, y todo lo demás. Pero
no ha perdido la honra. Puede vivir, como Perdita, en su jardín de menta y caléndulas.
-Y llorar por la infidelidad de Florisel -dijo lord Henry, riendo, mientras
se inclinaba hacia atrás en la silla-. Mi querido Dorian, tienes curiosas ideas
de adolescente. ¿De verdad crees que esa muchacha se contentará ahora con
alguien de su posición? Imagino que algún día la casarán con un carretero
mal hablado o con un labrador chistoso. Y el hecho de haberte conocido, y
de haberte amado, le permitirá despreciar a su marido, lo que la hará perfectamente
desgraciada. Desde el punto de vista de la moral, no puedo decir
que tu gran renuncia me impresione demasiado. Incluso como modesto
principio es muy poquita cosa. Además, ¿quién te dice que en este momento
Hetty no flota en algún estanque iluminado por las estrellas y rodeada de
lirios, como Ofelia?
-¡Eres insoportable, Harry! Te burlas de todo y acto seguido imaginas las
tragedias más espantosas. Siento habértelo contado. Me tiene sin cuidado lo
que digas. Sé que he actuado bien. ¡Pobre Hetty! Cuando pasé a caballo esta
mañana por delante de su granja, vi su rostro en la ventana, como un ramillete
de jazmines. Vamos a no hablar más de ello, y no trates de convencerme
de que mi primera buena acción en muchos años, el primer intento de
autosacrificio de toda mi vida es en realidad otro pecado más. Quiero ser
mejor. Voy a ser mejor. Cuéntame algo sobre ti. ¿Qué está pasando en Londres?
Hace días que no voy por el club.
-La gente sigue hablando de la desaparición del pobre Basil.
-Yo pensaba que ya se habrían cansado después de tanto tiempo -exclamó
Dorian, sirviéndose un poco más de vino y frunciendo ligeramente el ceño.
-Mi querido muchacho, sólo llevan seis semanas hablando de ello, y el
público británico necesita tres meses para soportar la tensión mental que requiere
un cambio de tema. De todos modos, ha tenido bastante suerte en estos
últimos tiempos. Primero fue el caso de mi divorcio y el suicidio de
Alan Campbell. Ahora se les ofrece la misteriosa desaparición de un artista.
Scotland Yard sigue insistiendo en que la persona con un abrigo gris que el
nueve de noviembre tomó el tren de medianoche camino de Francia era el
pobre Basil, y la policía gala afirma que Hallward nunca llegó a París. Supongo
que dentro de un par de semanas se nos dirá que lo han visto en San
Francisco. Es una cosa extraña, pero de todas las personas que desaparecen
acaba diciéndose que las han visto en San Francisco. Debe de ser una ciudad
encantadora, y posee todos los atractivos del mundo venidero.
-¿Qué crees tú que le ha sucedido a Basil? -preguntó Dorian, colocando
la copa de borgoña a contraluz, y preguntándose cómo era posible que hablara
de aquel asunto con tanta calma.
-No tengo ni la más remota idea. Si Basil decide esconderse no es asunto
mío. Si ha muerto, no quiero pensar en él. La muerte es la única cosa que de
verdad me aterra. La aborrezco.
-¿Por qué? -preguntó el más joven con tono cansado.
-Porque -respondió lord Henry, llevándose a la nariz una vinagrera dorada
y aspirando el olor- en la actualidad se puede sobrevivir a todo, pero no a
eso. La muerte y la vulgaridad son los dos hechos del siglo XIX que carecen
de explicación. El café lo tomaremos en la sala de música, Dorian. Has
de tocar a Chopin en mi honor. El individuo con quien se escapó mi mujer
tocaba Chopin de manera verdaderamente exquisita. ¡Pobre Victoria! Le
tenía mucho cariño. La casa se ha quedado muy sola sin ella. Por supuesto
la vida matrimonial no es más que una costumbre, una mala costumbre.
Pero la verdad es que lamentamos la pérdida incluso de nuestras peores costumbres.
Quizá sean las que más lamentamos. Son una parte demasiado
esencial de nuestra personalidad.
Dorian no dijo nada, pero se levantó de la mesa y, pasando a la habitación
vecina, se sentó ante el piano y dejó que sus dedos se perdieran sobre
el marfil blanco y negro de las teclas. Cuando trajeron el café dejó de tocar
y, volviéndose hacia lord Henry, dijo:
-Harry, ¿se te ha ocurrido pensar alguna vez que quizá Basil Hallward haya muerto asesinado?
Lord Henry bostezó.
-Basil era muy popular, y siempre llevaba un reloj Waterbury. ¿Por
qué tendrían que haberlo asesinado? No era lo bastante inteligente como
para hacerse enemigos. Es cierto que poseía un gran talento para la pintura.
Pero una persona puede pintar como Velázquez y ser perfectamente aburrido.
Basil lo era. Sólo me interesó una vez, y fue cuando me dijo, hace años,
que te adoraba locamente, y que eras el motivo dominante de su arte.
-Yo le tenía mucho cariño -dijo Dorian con una nota de tristeza en la
voz-. Pero, ¿no dice la gente que lo han asesinado?
-Lo dicen algunos periódicos, pero a mí no me parece nada probable. Sé
que hay lugares terribles en París, pero Basil no era el tipo de persona que
va a esos sitios. No tenía curiosidad. Era su principal defecto.
-¿Qué dirías, Harry, si te confesara que había asesinado a Basil? -dijo el
más joven. Luego se lo quedó mirando fijamente.
-Diría, mi querido amigo, que tratas de representar un papel que no te va
en absoluto. Todo delito es vulgar, de la misma manera que todo lo vulgar
es delito. No está en tu naturaleza, Dorian, cometer un asesinato. Siento herir
tu vanidad diciéndolo, pero te aseguro que es verdad. El crimen pertenece
en exclusiva a las clases bajas. No se lo censuro ni por lo más remoto.
Imagino que para ellos es como el arte para nosotros, una manera de procurarse
sensaciones extraordinarias.
-¿Una manera de procurarse sensaciones? ¿Crees, entonces, que una persona
que una vez ha cometido un asesinato podría reincidir en el mismo delito?
No me digas que eso es cierto.
-Cualquier cosa se convierte en placer si se hace con suficiente frecuencia
-exclamó lord Henry, riendo-. Ése es uno de los secretos más importantes
de la vida. Pero me parece, de todos modos, que el asesinato es siempre una
equivocación. Nunca se debe hacer nada de lo que no se pueda hablar después
de cenar. Pero vamos a olvidarnos del pobre Basil. Me gustaría poder
creer que ha terminado de una manera tan romántica como tú sugieres, pero
no puedo. Mi opinión, más bien, es que se cayó en el Sena desde la victoria
de un autobús, y que el conductor echó tierra sobre el asunto para evitar el
escándalo. Sí; imagino que fue así como acabó. Lo veo tumbado de espaldas
bajo esas aguas de color verde mate con las pesadas barcazas pasándole
por encima y con las algas enganchadas en el pelo. ¿Sabes? No creo que hubiera
hecho en el futuro nada que mereciera la pena. Durante los últimos
diez años su pintura había caído mucho.
Dorian dejó escapar un suspiro, y lord Henry cruzó la habitación y empezó
a acariciar la cabeza de un curioso loro de Java, un ave de gran tamaño y
plumaje gris, cresta y cola rojas, que se mantenía en equilibrio sobre una
percha de bambú. Al tocarle aquellos dedos afilados, dejó caer la blanca espuma
de sus párpados arrugados sobre ojos semejantes a cristales negros, y empezó a mecerse.
-Sí -continuó lord Henry, volviéndose y sacando un pañuelo del bolsillo-,
pintaba cada vez peor. Era como si hubiera perdido algo. Probablemente un
ideal. Cuando dejasteis de ser grandes amigos, Basil dejó de ser un gran artista.
¿Qué fue lo que os separó? Imagino que te aburría soberanamente. Si
es así, nunca te lo perdonó. Es una costumbre que tienen las personas aburridas.
Por cierto, ¿qué ha sido de aquel maravilloso retrato que te hizo? No
creo haber vuelto a verlo desde que lo terminó. ¡Sí, claro! Hace años me dijiste,
ahora lo recuerdo, que lo habías enviado a Selby y que se perdió o lo
robaron por el camino. ¿Nunca lo recuperaste? ¡Qué lástima! Era realmente
una obra maestra. Recuerdo que quise comprarlo. Ojalá lo hubiera hecho.
Pertenecía al mejor periodo de Basil. Desde entonces, su obra ha tenido esa
mezcla curiosa de mala pintura y buenas intenciones que siempre da derecho
a decir de alguien que es un artista británico representativo. ¿No publicaste
anuncios para intentar recuperarlo? Deberías haberlo hecho.
-No lo recuerdo -dijo Dorian-. Supongo que lo hice. Pero lo cierto es que
nunca me gustó de verdad. Siento haber posado para él. Su recuerdo me resulta
odioso. ¿Por qué hablas de aquel retrato? Siempre me recordaba esos
curiosos versos de alguna obra, creo que Hamlet…
¿cómo son, exactamente?
¿O eres como imagen de dolor,
como un rostro sin alma?
Sí: eso es lo que era.
Lord Henry se echó a reír.
-Si una persona trata la vida artísticamente, su cerebro es su alma -respondió,
hundiéndose en un sillón. Dorian Gray movió la cabeza y extrajo
del piano algunos acordes melancólicos.
-«Imagen de dolor» -repitió-, «rostro sin alma».
Su amigo de más edad se recostó en el sillón y lo contempló con los ojos medio cerrados.
-Por cierto, Dorian -dijo, después de una pausa-, «¿y qué aprovecha al
hombre»…, ¿cómo acaba exactamente la cita?, «ganar todo el mundo y perder su alma?»
El piano dejó escapar una nota desafinada y Dorian Gray, sobresaltado, se
volvió a mirar a lord Henry. -¿Por qué me preguntas eso, Harry?
-Mi querido amigo -dijo lord Henry, alzando las cejas en un gesto de sorpresa-,
te lo preguntaba porque te creía capaz de darme una respuesta. Eso
es todo. Cuando iba por el Parque este último domingo, me encontré, cerca
de Marble Arch, un grupito de gente mal vestida escuchando a un vulgar
predicador callejero. Cuando pasaba por delante, oí cómo aquel hombre le
gritaba esa pregunta a su público. Todo ello me pareció bastante dramático.
En Londres abundan los efectos curiosos como ése. Un domingo lluvioso,
un vulgar cristiano con un impermeable, un círculo de blancos rostros enfermizos
bajo un techo desigual de paraguas goteantes, y una frase maravillosa
lanzada al aire por unos labios histéricos y una voz chillona…, estuvo
bastante bien, a su manera: toda una sugerencia. Se me ocurrió decirle al
profeta que el Arte sí tiene un alma, pero no el ser humano. Mucho me
temo, de todos modos, que no me hubiera entendido.
-No digas eso, Harry. El alma es una terrible realidad. Se puede comprar
y vender, y hasta hacer trueques con ella. Se la puede envenenar o alcanzar
la perfección. Todos y cada uno de nosotros tenemos un alma. Lo sé muy bien.
-¿Estás seguro, Dorian?
-Completamente seguro.
-¡Ah! entonces tiene que ser una ilusión. Las cosas de las que uno está
completamente seguro nunca son verdad. Ésa es la fatalidad de la fe y la
lección del romanticismo. ¡Qué aire más solemne! No te pongas tan serio.
¿Qué tenemos tú y yo que ver con las supersticiones de nuestra época? No;
nosotros hemos renunciado a creer en el alma. Toca un nocturno para mí,
Dorian, y, mientras tocas, dime, en voz baja, cómo has hecho para conservar
la juventud. Has de tener algún secreto. Sólo te llevo diez años, pero
tengo arrugas y estoy gastado y amarillo. Tú eres realmente admirable, Dorian.
Nunca me has parecido tan encantador como esta noche. Haces que
recuerde el día en que te conocí. Eras bastante impertinente, muy tímido y
absolutamente extraordinario. Has cambiado, por supuesto, pero tu aspecto
no. Me gustaría que me dijeras tu secreto. Haría cualquier cosa para recuperar
la juventud, excepto ejercicio, levantarme pronto o ser respetable… ¡Juventud!
No hay nada como la juventud. Es absurdo hablar de la ignorancia
de la juventud. Las únicas personas cuyas opiniones escucho con respeto
son las de personas mucho más jóvenes que yo. Parecen ir por delante de
mí. La vida les ha revelado sus maravillas más recientes. En cuanto a las
personas de edad, siempre les llevo la contraria. Lo hago por principio. Si
les pides su opinión sobre algo que sucedió ayer, te dan con toda solemnidad
las opiniones que corrían en 1820, cuando la gente llevaba medias altas,
creía en todo y no sabían absolutamente nada. ¡Qué hermoso es eso que estás
tocando! Me pregunto si Chopin lo escribió en Mallorca, con el mar llorando
alrededor de la villa donde vivía, y con gotas de agua salada golpeando
los cristales. ¡Maravillosamente romántico! ¡Es una bendición que todavía
nos quede un arte no imitativo! No te detengas. Esta noche necesito música.
Me pareces el joven Apolo, y yo soy Marsias, escuchándote. Tengo
mis propios sufrimientos, Dorian, de los que ni siquiera tú estás enterado.
La tragedia de la ancianidad no es ser viejo, sino joven. A veces me sorprende
mi propia sinceridad. ¡Ah, Dorian, qué feliz eres! ¡Qué vida tan exquisita
la tuya! Has bebido hasta saciarte de todos los placeres. Has saboreado
las uvas más maduras. Nada se te ha ocultado. Y todo ello no ha sido
para ti más que unos compases musicales. Nada te ha echado a perder. Sigues
siendo el mismo.
-No soy el mismo, Harry.
-Sí que lo eres. Me pregunto cómo será el resto de tu vida. No la estropees
con renunciaciones. En el momento presente eres la perfección misma.
No te hagas voluntariamente incompleto. No te falta nada. No muevas la
cabeza: sabes que es así. Además, Dorian, no te engañes. La vida no se gobierna
ni con la voluntad ni con la intención. La vida es una cuestión de
nervios, de fibras, y de células lentamente elaboradas en las que el pensamiento
se esconde y la pasión tiene sus sueños. Quizá te imaginas que estás
a salvo y crees que eres fuerte. Pero un cambio casual de color en una habitación
o en el color del cielo matutino, un determinado perfume que te gustó
en una ocasión y que te trae recuerdos sutiles, un verso de un poema olvidado
con el que te tropiezas de nuevo, una cadencia de una composición
musical que has dejado de tocar… Te aseguro, Dorian, que la vida depende
de cosas como ésas. Browning escribe acerca de ello en algún sitio, pero
nuestros propios sentidos lo inventan para nosotros. Hay momentos en los
que el olor a lilas blancas me domina de repente, y tengo que vivir de nuevo
el mes más extraño de mi vida. Bien quisiera cambiarme contigo, Dorian.
El mundo no se cansa de denunciarnos a los dos, pero a ti siempre te ha rendido
culto. Y siempre lo hará. Eres el prototipo de lo que busca esta época
nuestra y tiene miedo de haber encontrado. ¡Me alegro muchísimo de que
nunca hayas hecho nada, de que nunca hayas tallado una estatua, ni pintado
un cuadro, ni producido nada distinto de tu persona! La vida ha sido tu arte.
Has hecho música de ti mismo. Tus días son tus sonetos.
Dorian se levantó del piano y se pasó la mano por el cabello.
-Sí; la vida me ha dado placeres exquisitos -murmuró-, pero voy a cambiar,
Harry. Y no debes hacerme esos elogios tan excesivos. No lo sabes
todo. Creo que si lo supieras, también tú te alejarías de mí. Ríes. No debieras hacerlo.
-¿Por qué has dejado de tocar, Dorian? Vuelve al piano y obséquiame
otra vez con ese nocturno. Contempla la enorme luna color de miel que
cuelga en la oscuridad. Está esperando a que la encandiles, y si tocas se
acercará más a la tierra. ¿No quieres? Vayámonos entonces al club. Ha sido
una velada deliciosa y debemos acabarla de la misma manera. Hay alguien
en el White que tiene un deseo inmenso de conocerte: se trata del joven lord
Poole, el hijo mayor de Bournemouth. Ya te ha copiado las corbatas, y ahora
me suplica que te lo presente. Es un muchacho encantador y me recuerda mucho a ti.
-Espero que no -dijo Dorian, con una expresión triste en los ojos-. Lo
cierto es que esta noche estoy cansado, Harry. No voy a ir al club. Son casi
las once y quiero acostarme pronto.
-Quédate, por favor. Nunca habías tocado tan bien como esta noche. Había
algo maravilloso en tu estilo. Resultaba más expresivo que nunca.
-Eso se debe a que voy a ser bueno -respondió él, sonriendo-. Ya he cambiado un poco.
-Para mí no puedes cambiar -dijo lord Henry-. Tú y yo siempre seremos amigos.
-En una ocasión, sin embargo, me envenenaste con un libro. Eso no lo
olvidaré. Harry, prométeme que nunca le prestarás ese libro a nadie. Hace daño.
-Mi querido muchacho, es cierto que estás empezando a moralizar. Muy
pronto saldrás por ahí como los conversos y los evangelistas, poniendo a la
gente en guardia contra todos los pecados de los que ya te has cansado. Eres
demasiado encantador para hacer una cosa así. Además, no sirve de nada.
Tú y yo somos lo que somos, y seremos lo que seremos. En cuanto a ser envenenado
por un libro, no existe semejante cosa. El arte no tiene influencia
sobre la acción. Aniquila el deseo de actuar. Es magníficamente estéril. Los
libros que el mundo llama inmorales son libros que muestran al mundo su
propia vergüenza. Eso es todo. Pero no vamos a discutir sobre literatura.
Ven a verme mañana. Iré a montar a caballo a las once. Podemos hacerlo
juntos y luego te llevaré a almorzar con lady Branksome. Es una mujer encantadora,
y quiere hacerte una consulta sobre ciertos tapices que piensa
comprar. No te olvides de venir. ¿O te parece mejor que almorcemos con
nuestra duquesita? Dice que ahora no te ve nunca. ¿Acaso te has cansado de
Gladys? Ya pensaba yo que terminaría por sucederte. Esa lengua suya tan
inteligente acaba por exasperar a cualquiera. De todos modos, no dejes de
estar aquí a las once.
-¿Es necesario que venga, Harry?
-Por supuesto. Ahora el Parque está maravilloso. Creo que no ha habido
nunca unas lilas tan hermosas desde el año en que te conocí.
-Muy bien. Estaré aquí a las once -dijo Dorian-. Buenas noches, Harry.
Al llegar a la puerta, vaciló un momento, como si tuviera algo más que
decir. Luego dejó escapar un suspiro y abandonó la habitación.