Emma – Jane Austen
El señor Knightley cenó con ellos… lo cual más bien contrarió al señor
Woodhouse, quien prefería no tener invitados el primer día de la estancia
de Isabella. Pero el buen sentido de Emma lo había decidido así; y
además de la consideración que se debía a los dos hermanos, tenía
especial interés en invitarle debido a la reciente disputa que había habido
entre el señor Knightley y ella.
Confiaba en que podrían volver a ser buenos amigos. Le parecía que ya
era hora de hacer las paces. Pero la verdad es que no iban a hacer las
paces. Desde luego ella tenía razón, y él jamás reconocería que no la
había tenido. O sea que era indudable que ninguno de los dos cedería;
pero era la ocasión de aparentar que habían olvidado su disputa; y cuando
él entró en la estancia, Emma, que estaba con uno de los pequeños,
pensó que aquella era una buena oportunidad que podía contribuir a
reanudar su amistad; la niñita era la menor de los hermanos y tenía unos
ocho meses; era su primera visita a Hartfield, y parecía muy satisfecha de
sentirse mecida por los brazos de su tía. Y efectivamente la oportunidad
fue favorable; pues aunque él empezó poniendo cara muy seria y haciendo
preguntas bruscas, no tardó en hablar de los pequeños en el tono
ordinario, y en quitarle la niña de los brazos con toda la falta de ceremonia
de una perfecta amistad. Emma se dio cuenta de que volvían a ser
amigos; al principio ello le produjo una gran satisfacción, y luego le inspiró
una cierta insolencia, y no pudo por menos de decirle mientras él admiraba a la niña:
—Es un consuelo que por lo menos estemos de acuerdo respecto a
nuestros sobrinos y sobrinas. Porque a veces sobre las personas mayores
tenemos opiniones muy distintas; pero respecto a estos niños observo que
siempre estamos de acuerdo.
—Si al juzgar a las personas mayores, en vez de dejarse arrastrar por su
imaginación y sus caprichos se dejara guiar por los sentimientos naturales,
como hace usted cuando se trata de estos niños, siempre podríamos estar de acuerdo.
—Desde luego, nuestras diferencias siempre se deben a que yo estoy
equivocada, ¿no es así?
—Sí —dijo él, sonriendo— y hay una buena razón para ello: cuando usted
nació yo tenía ya dieciséis años.
—Cierto, es una diferencia de edad —replicó Emma—, y no dudo de que
en aquella época tenía usted mucho más criterio que yo; pero, ¿no cree
que los veintiún años que han transcurrido desde entonces pueden haber
contribuido a igualar bastante nuestras inteligencias?
—Sí… bastante.
—A pesar de todo, no lo suficiente como para concederme la posibilidad
de que sea yo la que tenga razón si disentimos en algo.
—Aún le llevo la ventaja de tener dieciséis años más de experiencia y de
no ser una linda muchacha y una niña mimada. Vamos, mi querida Emma,
seamos amigos y no hablemos más del asunto. Y tú, Emmita, dile a tu tía
que no te dé el mal ejemplo de remover antiguos agravios, y que si antes
tenía razón ahora no la tiene.
—Es verdad —exclamó—, es la pura verdad. Emmita, tienes que llegar a
ser una mujer mejor que tu tía. Sé muchísimo más lista, y no seas ni la
mitad de vanidosa que ella. Ahora, señor Knightley, permítame dos
palabras más y termino. Creo que los dos teníamos las mejores
intenciones, y debo decirle que aún no se ha demostrado que ninguno de
mis argumentos sea falso. Sólo quiero saber si el señor Martin no ha
sufrido una decepción demasiado grande.
—No podía sufrirla mayor —fue la breve y rotunda respuesta.
—¡Ah! De veras que lo siento mucho… ¡Vaya, démonos las manos!
Apenas habían acabado de estrecharse las manos, y con gran cordialidad,
cuando hizo su aparición John Knightley y los «¿Qué tal, George?», «Hola,
John, ¿qué tal?», se sucedieron en el tono más característicamente inglés,
ocultando bajo una impasibilidad que lo parecía todo menos indiferencia, el
gran afecto que les unía, y que de ser necesario hubiera llevado a
cualquiera de los dos a hacer cualquier sacrificio por el otro.
La velada era apacible e invitaba a la conversación, y el señor Woodhouse
renunció totalmente a los naipes con objeto de poder charlar a sus anchas
con su querida Isabella, y en la pequeña reunión no tardaron en formarse
dos grupos: de una parte él y su hija; de otra los dos señores Knightley; en
ambos grupos se hablaba de cosas totalmente distintas, y muy raras veces
se mezclaban las conversaciones… y Emma tan pronto se unía a unos como a otros.
Los dos hermanos hablaban de sus asuntos y ocupaciones, pero sobre
todo de los del mayor, quien era con mucho el más comunicativo de
ambos y que siempre había sido el más hablador. Como magistrado solía
tener alguna cuestión de leyes que consultar a John, o por lo menos
alguna anécdota curiosa que referir; y como hacendado y administrador de
la heredad familiar de Donwell, le gustaba hablar de lo que se sembraría al
año siguiente en cada campo y dar una serie de noticias locales que no
podían dejar de interesar a un hombre que como su hermano había vivido
allí la mayor parte de su vida y que sentía un gran apego por aquellos
lugares. El proyecto de construcción de una acequia, el cambio de una
cerca, la tala de un árbol y el destino que iba a darse a cada acre de tierra
—trigo, nabos o grano de primavera— era discutido por John con tanto
apasionamiento como lo permitía la frialdad de su carácter; y si la previsión
de su hermano dejaba alguna cuestión por la que preguntar, sus preguntas
llegaban incluso a tomar un aire de cierto interés.
Mientras ellos se hallaban así gratamente ocupados, el señor Woodhouse
se complacía abandonándose con su hija a felices añoranzas y aprensivas
muestras de afecto.
—Mi pobre Isabella —dijo cogiéndole cariñosamente la mano e
interrumpiendo por breves momentos la labor que hacía para alguno de
sus cinco hijos—; ¡cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que
estuviste aquí! ¡Y qué largo se me ha hecho! ¡Y qué cansada debes de
estar después de este viaje! Tienes que acostarte pronto, querida… pero
antes de irte a la cama te recomiendo que tomes un poco de avenate. Los
dos tomaremos un buen bol de avenate, ¿eh? Querida Emma, supongo
que todos tomaremos un poco de avenate.
Emma no podía suponer tal cosa porque sabía que los hermanos
Knightley eran tan reacios a aquella bebida como ella misma… y sólo se
pidieron dos boles. Después de pronunciar unas frases más en elogio del
avenate, extrañándose de que no todo el mundo lo tomara cada noche,
dijo en un tono gravemente reflexivo:
—Querida, no creo que hicierais bien en ir a pasar el otoño a South End en
vez de venir aquí. Nunca he tenido mucha confianza en el aire de mar.
—Pues el señor Wingfield nos lo recomendó con mucha insistencia,
papá… de lo contrario no hubiéramos ido. Nos lo recomendó para todos
los niños, pero sobre todo para Bella, que siempre tiene la garganta tan
delicada… aire de mar y baños.
—No sé, querida, pero Perry tiene muchas dudas de que el mar pueda
hacerle algún bien; y en cuanto a mí, hace tiempo que estoy totalmente
convencido, aunque tal vez nunca te lo había dicho antes de ahora, de que
el mar casi nunca beneficia a nadie. Estoy seguro de que en una ocasión a
mí casi me mató.
—Vamos, vamos —exclamó Emma, dándose cuenta de que aquél era un
tema peligroso—. Por favor, no hables del mar. Siento tanta envidia que
me pongo de mal humor; ¡yo que nunca lo he visto! De modo que queda
prohibido hablar de South End, ¿de acuerdo, papá? Querida Isabella, veo
que aún no has preguntado por el señor Perry; y él nunca se olvida de ti.
—¡Oh, sí! ¡El bueno del señor Perry! ¿Cómo está, papá?
—Pues bastante bien; pero no bien del todo. El pobre Perry sufre de la
bilis y no tiene tiempo para cuidarse… me dice que no tiene tiempo para
cuidarse… lo cual es muy triste… pero siempre le están llamando de toda
la comarca. Supongo que no hay nadie más de su profesión por estos
alrededores. Pero además es que no hay nadie tan inteligente como él.
—Y la señora Perry y sus niños, ¿cómo están? Los niños deben de estar
ya muy crecidos… Siento un gran afecto por el señor Perry. Espero que
pronto venga a visitarnos. Le gustará ver a mis pequeños.
—Creo que vendrá mañana porque tengo que hacerle dos o tres consultas
de cierta importancia. Y cuando venga, querida, sería mejor que diera un
vistazo a la garganta de Bella.
—¡Oh, papá! Está tan mejorada de la garganta que ya casi no me
preocupa. No sé si han sido los baños o si la mejoría tiene que atribuirse a
una excelente cataplasma que nos recomendó el señor Wingfield y que
hemos estado poniéndole una serie de veces desde el mes de agosto.
—Querida, no es muy probable que hayan sido los baños los que le hayan
sentado bien… y si yo hubiese sabido que lo que necesitabais era una
cataplasma hubiera hablado con…
—Me parece que os habéis olvidado de la señora y la señorita Bates —dijo
Emma—; no os he oído preguntar por ellas ni una sola vez.
—¡Oh, sí, las Bates, pobres! Estoy totalmente avergonzada de mí misma…
pero las mencionabas en la mayoría de tus cartas. Supongo que están
bien, ¿no? ¡Pobre señora Bates, con lo buena que es! Mañana iré a
visitarla y me llevaré a los niños… ¡Están siempre tan contentas de ver a
mis niños! ¡Y la señorita Bates también es tan buena persona! Lo que se
dice gente buena de veras… ¿Cómo están, papá?
—Pues en conjunto bastante bien, querida. Pero la pobre señora Bates
hace poco más o menos un mes tuvo un resfriado muy maligno.
—¡Cuánto lo siento! Yo nunca había visto tantos resfriados como en este
otoño. El señor Wingfield me decía que él nunca había visto tantos ni tan
fuertes… excepto cuando hay una epidemia de gripe.
—Sí, querida, desde luego ha habido muchos; pero no tantos como
piensas. Perry dice que este año ha habido muchos resfriados, pero no tan
fuertes como él los ha visto muchas veces en el mes de noviembre. Perry
no considera que en conjunto ésta haya sido una temporada de las peores.
—No, no creo que el señor Wingfield considere esta temporada de las peores, pero…
—¡Ay, pobre hija mía! La verdad es que en Londres todas las temporadas
son malas. Nadie está sano en Londres ni nadie puede estarlo. ¡Es
horrible que te veas obligada a vivir allí! ¡Tan lejos! ¡Y en una atmósfera tan malsana!
—No, la verdad es que donde vivimos no hay una atmósfera malsana en
absoluto. Nuestro barrio queda mucho más alto que la mayoría de los
demás. Papá, no puedes decir que es igual vivir donde vivimos nosotros
que en cualquier otra parte de Londres. La parte de Brunswick Square es
muy distinta de casi todo el resto. Allí el aire es mucho más puro.
Reconozco que me costaría acostumbrarme a vivir en cualquier otro barrio
de la ciudad; no me gustaría que mis hijos vivieran en ningún otro… ¡pero
aquí es un lugar tan oreado! El señor Wingfield opina que para aire puro
no hay nada mejor que los alrededores de Brunswick Square.
—¡Ay, sí, querida, pero no es como Hartfield! Tú dirás lo que quieras, pero
cuando hace una semana que estáis en Hartfield todos parecéis otros; tú
no pareces la misma. Ahora, por ejemplo, yo no diría que ninguno de
vosotros tenéis muy buen aspecto.
—Cómo siento oírte decir eso, papá; pero te aseguro que, exceptuando
aquellas jaquecas nerviosas y las palpitaciones que tengo en todas partes,
me encuentro perfectamente bien; y si los niños estaban un poco pálidos
antes de acostarse era sólo porque estaban más cansados que de
costumbre, debido al viaje y a las emociones de llegar a Hartfield. Confío
en que mañana les verás con mejor aspecto; porque te aseguro que el
señor Wingfield me ha dicho que nunca nos había mandado al campo con
mejor salud. Por lo menos espero que no tengas la impresión de que mi
marido parece enfermo —dijo volviendo la mirada con afectuosa ansiedad
hacia el señor Knightley.
—Pues así así, querida; contigo no voy a hacer cumplidos. En mi opinión,
el señor John Knightley está lejos de tener un aspecto saludable.
—¿Qué ocurre? ¿Hablabais de mí? —preguntó el señor John Knightley al
oír pronunciar su nombre.
—Querido, siento decirte que mi padre no te encuentra un aspecto
saludable… pero espero que sólo sea porque estás un poco cansado. A
pesar de todo ya sabes que te dije que me hubiera gustado que el señor
Wingfield te visitara antes de salir de Londres.
—Querida Isabella —exclamó él con impaciencia—, te ruego que no te
preocupes por mi aspecto. Confórmate con mimar y medicinar a los niños
y a ti misma y déjame tener el aspecto que quiera.
—No he entendido bien lo que estabas contando a tu hermano —exclamó
Emma —sobre tu amigo el señor Graham, que quería tomar un
mayordomo escocés para que cuidara de sus nuevas propiedades. ¿Crees
que dará resultado? ¿No son demasiado fuertes los viejos prejuicios?
Y así siguió hablando durante tanto rato y con tan buena fortuna que
cuando volvió a verse obligada a prestar atención de nuevo a su padre y a
su hermana, lo más grave que oyó fue que Isabella se interesaba
amablemente por Jane Fairfax… y aunque Jane Fairfax no era
precisamente una de sus favoritas, en aquellos momentos sintió un gran
alivio al escuchar elogios suyos.
—¡Oh, Jane Fairfax! ¡Es tan cariñosa y tan amable! —dijo la señora John
Knightley—. ¡Hace tanto tiempo que no la he visto…! Excepto unas
cuantas veces que nos hemos encontrado por casualidad en Londres y
hemos hablado sólo unos momentos… ¡Qué contentas deben de estar su
anciana abuela y su tía, que son tan buenas personas, cuando viene a
visitarlas! Siempre que pienso en ella, lo siento tanto por Emma, que no
pueda pasar más tiempo en Highbury… Pero ahora que su hija se ha
casado, supongo que el coronel y la señora Campbell no consentirán en
separarse de ella. ¡Hubiera sido una compañera tan agradable para
Emma… ! El señor Woodhouse estuvo de acuerdo con todo esto, pero añadió:
—Sin embargo, nuestra joven amiga, Harriet Smith, también es otra
muchacha excelente. Te gustará, Harriet. Emma no podía tener mejor
compañera que Harriet.
—No sabes lo que me alegra oír esto… sólo que Jane Fairfax es tan fina,
tan distinguida… Y además tiene exactamente la misma edad que Emma.
La cuestión fue discutida con toda cordialidad, y al cabo de un rato se pasó
a otro de similar importancia que también se debatió en medio de la mayor
armonía; pero la velada no concluyó sin que un nuevo incidente volviera a
turbar un poco aquella calma. Llegó el avenate proporcionando nueva
materia de conversación… grandes elogios y muchos comentarios… la
irrefutable afirmación de que era saludable para toda clase de personas, y
lo que se dice severas filípicas contra las numerosas casas en las que no
se podía tomar un avenate medianamente tolerable… pero, por desgracia,
entre los lamentables casos que su hija citó como ejemplos para
corroborar lo que decía el señor Woodhouse, el más reciente y por lo tanto
el más importante había ocurrido en su propio hogar, en South End, en
donde una muchacha que habían contratado para la temporada nunca
había sido capaz de comprender lo que ella quería decir cuando hablaba
de un bol de buen avenate que no fuera espeso, sino más bien claro,
aunque tampoco demasiado claro. Ni una sola vez de las que había
querido tomar avenate y se lo había pedido había sido capaz de hacerle
algo que pudiera beberse. Éste era un principio peligroso.
—¡Ay! —dijo el señor Woodhouse meneando la cabeza y contemplando a
su hija con una mirada de afectuosa preocupación.
La exclamación para Emma quería decir: «¡Ay! No tienen fin las tristes
consecuencias de vuestra estancia en South End; pero de eso no se
puede hablar». Y durante unos minutos Emma confió en que no iba a
hablar de ello y que sus silenciosas cavilaciones bastarían para devolverle
al placer de saborear su avenate claro, como debía ser. Pero al cabo de
unos minutos añadió:
—Siempre lamentaré que este otoño hayáis ido al mar en vez de venir aquí.
—Pero ¿por qué tienes que lamentarlo, papá? Te aseguro que a los niños
les fue muy beneficioso.
—Además, si teníais que ir al mar hubiera sido mejor no ir a South End.
South End es un lugar poco saludable. Perry quedó muy sorprendido al
saber que habíais elegido South End.
—Ya sé que hay mucha gente que opina así, pero la verdad, papá, es que
se equivocan del todo… Allí nos hemos encontrado perfectamente bien de
salud, y el limo no nos molestó lo más mínimo; y el señor Wingfield dice
que es un gran error suponer que es un lugar malsano; y estoy segura de
que puede confiarse en su criterio, porque él sabe perfectamente de qué
se compone el aire, y su propio hermano ha estado allí con su familia varias veces.
—Sí, querida, pero si queríais tomar baños podíais haber ido a Cromer;
Perry hace tiempo que pasó una semana en Cromer y considera el lugar
como el mejor de todos para los baños de mar. Tiene una playa grande y
hermosa, y dice que allí el aire es muy puro. Y por lo que he oído decir, allí
podríais alojaros bastante lejos del mar, a un cuarto de milla de distancia…
y con todas las comodidades. Deberíais consultarlo con Perry.
—Pero, papá querido, piensa que eso está mucho más lejos; tendríamos
que hacer un viaje larguísimo… Cien millas por lo menos, en vez de cuarenta.
—¡Ay, querida! Como dice Perry, cuando se trata de la salud, no debe
tenerse en cuenta nada más; y si hay que viajar, tanto da recorrer cuarenta
millas como cien… Es mejor no moverse de casa, es mejor quedarse en
Londres que recorrer cuarenta millas para ir a buscar un aire que es peor
que el de la ciudad. Eso fue exactamente lo que dijo Perry. A su entender
vuestra decisión no podía ser más equivocada.
Los esfuerzos de Emma por hacer callar a su padre fueron en vano; y
cuando las cosas llegaban a este punto a Emma ya no le extrañaba que su
cuñado interviniera.
—El señor Perry dijo en un tono de voz que revelaba una profunda
contrariedad— haría mejor en guardarse sus opiniones para quien se las
pidiera. ¿Él qué tiene que ver con eso y por qué se mete en lo que hago?
¿Por qué tiene que opinar sobre si llevo mi familia a un pueblo de la costa
o a otro? Espero que se me permitirá dar mi opinión igual que al señor
Perry… No necesito ni sus consejos ni sus medicinas. —Hizo una pausa,
Y calmándose rápidamente agregó con sarcástica sequedad—: Si el señor
Perry puede decirme cómo trasladar a la esposa y a cinco hijos a una
distancia de ciento treinta millas sin más gastos ni molestias que a una
distancia de cuarenta, estaré de acuerdo con él en que es preferible ir a
Cromer en vez de a South End.
—Sí, sí, eso es verdad —exclamó su hermano, interviniendo
apresuradamente en la conversación—, es la pura verdad. Eso es algo
muy importante. Pero, John, sobre lo que te decía acerca de mi proyecto
de desviar el camino de Langham, de hacerlo pasar un poco más hacia la
derecha para que no atraviese los prados de la finca, yo no veo que haya
ninguna dificultad. Si tuviera que representar molestias para los habitantes
de Highbury no seguiría adelante, pero si te acuerdas bien del trazado que
tiene el camino… Pero el único modo de demostrártelo es consultar
nuestros planos. Supongo que te veré mañana por la mañana en la
Abadía, ¿no?, y entonces podremos volverlos a estudiar y me darás tu opinión.
El señor Woodhouse se sentía un poco turbado por los duros comentarios
que se habían hecho sobre su amigo Perry, a quien en realidad, aunque
inconscientemente, había atribuido muchas de sus propias ideas y de sus
propias expresiones; pero los apaciguadores cuidados de sus hijas
consiguieron que poco a poco se fuera desvaneciendo su inquietud, y la
inmediata intervención de uno de los dos hermanos y las mejores
disposiciones del otro evitaron que se renovase la violencia de aquella situación.