Frankenstein – Mary Shelley
Cuando me recuperé, uno de mis primeros cometidos fue presentar a
Clerval a los distintos profesores de la universidad. Y al hacerlo, tuve que
someterme a una suerte de tormentosos encuentros que reabrían las heridas
que mi mente había sufrido. Desde aquella noche fatal —el final de mis trabajos
y el principio de mis desgracias—, había anidado en mí una violenta
antipatía por todo lo relacionado con la filosofía natural. Además, estando
prácticamente recuperado, la simple visión del instrumental químico reavivaba
toda la agonía de mis ataques nerviosos. Henry lo notó y apartó todos
aquellos aparatos de mi vista; también cambió bastante mis aposentos, porque
percibió que yo sentía aversión a la sala que antiguamente había sido
mi taller. Pero aquellas precauciones de Clerval no sirvieron de mucho
cuando visité a los profesores. Incluso el bueno del señor Waldman me torturó
cuando elogió, con amabilidad y afecto, mis asombrosos avances científicos.
Inmediatamente se dio cuenta de que me disgustaba la conversación;
pero, ignorando cuál era la verdadera razón, atribuyó mis sentimientos a la
modestia y me pareció evidente que cambiaba de asunto —de mis habilidades
a la ciencia en general— con el deseo de captar mi interés. ¿Qué podía
hacer yo? Él simplemente quería halagarme, pero solo conseguía atormentarme.
Me sentí como si fuera colocando, uno a uno, ante mis ojos, todos
aquellos instrumentos que iban a utilizarse posteriormente para darme una
muerte lenta y cruel. Yo me retorcía con cada palabra suya, aunque no me
atrevía a mostrar el dolor que sentía. Clerval, cuyas miradas y sentimientos
siempre estaban prestos a descubrir de inmediato las emociones de los demás,
no quiso hablar del tema, argumentando que no sabía nada de ello; y la
conversación giró hacia otros asuntos de carácter general. Yo se lo agradecí
en el alma, pero no dije nada. Vi claramente que estaba sorprendido, pero
no intentó sonsacarme el secreto; y aunque yo lo quería con una mezcla de
afecto y respeto sin límites, nunca me atreví a confesarle aquello que siempre
estaba presente en mis pensamientos, porque temía que al explicárselo a
otra persona solo consiguiera que dejara en mí una huella aún más profunda.
El señor Krempe no fue tan amable; y dada la condición de extrema sensibilidad,
casi insoportable, en la que me encontraba entonces, sus encomios
rudos y directos me causaron más dolor que la benevolente aprobación del señor Waldman.
—¡Maldito muchacho! —exclamó—. Señor Clerval: le digo a usted que
nos ha sobrepasado a todos… Sí, sí: piense lo que quiera, pero de todos modos
es la pura verdad. Un mozalbete que apenas hace tres años creía en Cornelio
Agrippa tan firmemente como en el Evangelio, ahora se ha colocado a
la cabeza de la universidad; y si no lo expulsamos pronto, nuestros puestos
no estarán seguros… Sí, sí… —continuó, observando mi gesto de contrariedad—:
el señor Frankenstein es muy modesto, una excelente cualidad en un
hombre joven. Los jóvenes deberían ser más humildes, ya sabe a qué me
refiero, señor Clerval; yo no lo era cuando era joven, pero eso se pasa cuando uno se hace mayor.
Entonces el señor Krempe comenzó un elogio de sí mismo y felizmente
desvió la conversación de un asunto que verdaderamente me estaba matando.
Clerval no era un científico. Su imaginación era demasiado viva para implicarse
en la minuciosidad de las ciencias. Los idiomas eran su principal
interés, así que deseaba aprender lo necesario para continuar los estudios
por su cuenta cuando regresara a casa. El persa, el árabe y el hebreo atrajeron
su atención tan pronto como consiguió adquirir un perfecto dominio del
griego y el latín. Por mi parte, la inactividad siempre me había disgustado, y
ahora que deseaba huir de toda reflexión y me repugnaban mis antiguos estudios,
encontré un gran alivio al convertirme en compañero de clase de mi
amigo, y no hallé solo instrucción sino también consuelo en las obras de los
autores orientales. Su melancolía es tranquilizadora y su alegría anima el
alma hasta un grado que yo jamás había experimentado al estudiar a los escritores
de otros países. Cuando uno lee sus textos, parece que la vida consiste
en un cálido sol y jardines de rosas… en las sonrisas y los pucheros de
una encantadora enemiga, y en la ardiente pasión que consume tu corazón.
¡Qué diferente de la viril y heroica poesía de Grecia y Roma!
El verano transcurrió en medio de aquellas ocupaciones, y mi regreso a
Ginebra se fijó para finales de otoño; pero se retrasó por varios incidentes y
llegó el invierno y la nieve, los caminos se pusieron intransitables y mi viaje
hubo de aplazarse hasta la primavera siguiente. Lamenté muchísimo ese
retraso, porque deseaba de todo corazón volver a ver mi ciudad natal y a
mis seres queridos. Mi regreso solo se había retrasado tanto porque no
deseaba dejar a Clerval solo en una ciudad extraña antes de que hubiera conocido
a algunas personas. El invierno, de todos modos, transcurrió muy
agradablemente; y aunque la primavera vino bastante tarde, su belleza compensó
su tardanza. Ya se había cumplido el mes de mayo, y yo esperaba diariamente
la carta que fijara la fecha de mi partida, cuando Henry me propuso
una excursión a pie por los alrededores de Ingolstadt para que pudiera
despedirme del país en el que había vivido durante tanto tiempo. Accedí
con placer a su proposición: estaba deseoso de hacer un poco de ejercicio, y
Clerval siempre había sido mi compañero favorito en las caminatas de este
tipo que yo solía emprender por los paisajes de mi país natal. Aquella excursión
duró quince días. Mi salud y mi ánimo se habían restablecido hacía
tiempo y habían adquirido renovado vigor con el aire saludable, los pequeños
incidentes habituales del camino y la conversación de mi amigo. El estudio
me había hecho antisocial: había evitado cualquier relación con mis
compañeros. Pero Clerval inspiraba los mejores sentimientos de mi corazón;
de nuevo me enseñó a amar las formas de la Naturaleza y las encantadoras
caritas de los niños. ¡Qué buen amigo! ¡Cuán sinceramente me quisiste
e intentaste animar mi espíritu hasta que estuvo al nivel del tuyo! Un objetivo
egoísta me había mutilado y aniquilado, hasta que tu amabilidad y tu
afecto animaron y despertaron mis sentidos. Conseguí volver a ser la persona
alegre que había sido solo unos años antes, amando a todos y siendo
amado por todos, sin penas ni preocupaciones: cuando me sentía feliz, la
Naturaleza inanimada tenía el poder de proporcionarme las sensaciones más
deliciosas. Un cielo claro y los campos verdes me extasiaban. Aquella estación
fue verdaderamente maravillosa: las flores de la primavera estallaban
en los parterres mientras las del verano estaban ya a punto de brotar. No me
inquietaron los malos pensamientos que durante el año anterior, aunque intenté
apartarlos por todos los medios, me habían agobiado como una carga
insoportable. Henry disfrutaba con mi alegría y comprendía sinceramente
mis sentimientos: se esforzaba en distraerme, y al tiempo me contaba qué
sentimientos ocupaban su alma. Los recursos de su ingenio, en esta ocasión,
fueron ciertamente asombrosos. Su conversación era muy imaginativa; y
muy a menudo, imitando a los escritores persas y árabes, inventaba cuentos
maravillosamente fantasiosos e interesantes. En otras ocasiones recitaba mis
poemas favoritos o me enredaba en conversaciones que sostenía con notable ingenio.
Regresamos a la universidad un domingo: los campesinos disfrutaban en
los bailes y todas las personas que nos encontramos parecían dichosas y felices.
Yo mismo estaba muy animado, y caminaba embargado por sentimientos de alegría y júbilo.