Mujercitas – Louisa May Alcott
PRADOS HERMOSOS
Las serenas semanas siguientes fueron como el sol después de la
tormenta. Los enfermos mejoraron rápidamente y el señor March comenzó a
hablar de volver a comienzos del Año Nuevo. Pronto pudo Beth pasar todo el
día reclinada en el sofá, entreteniéndole al principio con sus queridos gatos, y
después con la costura de las muñecas, que estaba muy atrasada. Sus
miembros, tan activos en otro tiempo, se habían quedado tan tiesos y débiles
que Jo la paseaba, en sus brazos fuertes, por la casa. Meg se tiznaba y
quemaba las manos, guisando delicadezas para “la querida”, mientras Amy
celebraba su vuelta a casa dando cuantos tesoros suyos lograba que aceptaran sus hermanas.
A medida que se acercaba Navidad, los acostumbrados misterios
comenzaron a dejarse sentir en la casa, y la familia se desternilló de risa más
de una vez con las imposibles y absurdas ceremonias propuestas por Jo para
celebrar tan extraordinaria Navidad. Lo que Laurie proponía era no menos
disparatado; por su gusto se hubieran hecho hogueras, fuegos artificiales y
arcos de triunfo. Tras muchas discusiones y escaramuzas, la ambiciosa pareja
pareció quedar bastante apaciguada y ambos aparentaban una indiferencia
desmentida por explosiones de risa cada vez que se reunían.
Varios días inesperadamente templados precedieron a un hermoso día de
Navidad. Hanna estaba segura de que iba a ser un día “estupendo”, y resultó
buena profetisa, porque todo y todos parecieron conspirar para lograr un éxito
completo. Para empezar: se recibió carta del señor March, en que decía que
pronto estaría con ellas. Luego Beth se sintió muy bien aquella mañana, y
vestida con el regalo de su madre (una bata suave y roja, de paño merino), fue
llevada triunfalmente a la ventana para ver la ofrenda de Jo y Laurie. Los
indomables habían hecho cuanto podían para merecer su nombre, porque,
como duendes, habían trabajado de noche y habían preparado una graciosa
sorpresa. En medio del jardín se alzaba una doncella majestuosa hecha de
nieve, coronada con una corona de acebo, con un cestillo de frutas y flores en
una mano, un rollo grande de música nueva en la otra, una manta de vivos
colores sobre sus hombros desnudos y una canción de Navidad, escrita en
papel color de rosa, que le salía de los labios y decía así:
LA VIRGEN DE NIEVE A BETH
A nuestra querida Beth bendiga Dios estas Pascuas, dándole felicidad, paz,
salud en abundancia.
Para la abeja industriosa dulce fruta y flores traigo, mantita para sus pies,
música para su piano.
Traigo un retrato de Juana por Rafael el Segundo, que lo pintó con esmero
para hacerlo fiel y pulcro.
Acepta una cinta roja para la cola del gato,
y helados de Margarita, que imitan al Monte Blanco.
Los que me hicieron han puesto su amor en mi níveo seno; acéptalo, con mi
estatua,
de Jo y de Laurie.
¡Cuánto se rio Beth al verla, cómo fue y vino Laurie para traer los regalos
y qué preciosos discursos hizo Jo al entregarlos!
—Tan rebosante de felicidad estoy, que si estuviese aquí papá no podría
contener una gota más — dijo Beth suspirando con satisfacción, mientras Jo
la trasladaba al estudio para descansar después de la emoción y para
refrescarse con algunas uvas regaladas por la Junfrau.
—Lo mismo estoy yo —añadió Jo, tocando el bolsillo donde estaba su
deseado libro Undine y Sintran.
—Y yo también —replicó Amy, con los ojos clavados en un grabado de
la Virgen y el Niño, en precioso marco, regalo de su madre.
—Pues yo, no se diga —exclamó Meg, alisando los pliegues de su primer
vestido de seda que el señor Laurence había insistido en regalarle.
—¿Cómo podría no estar contenta? —dijo la señora March agradecida,
mientras sus ojos iban de la carta de su esposo a la cara sonriente de Beth, y
acariciaba el broche, hecho de cabellos grises, rubios y castaños, que las
chicas acababan de ponerle en el pecho.
¡De vez en cuando en este mundo difícil suceden cosas que parecen
cuento, y qué consuelo tan grande es! Media hora después de haber dicho
todas que eran tan felices que apenas podrían contener una gota más de
felicidad, la gota apareció. Laurie abrió la puerta de la sala, asomó la cabeza
con mucha calma y con voz rarísima, que no lograba ocultar la alegría y la emoción, dijo:
—¡Otro regalo de Navidad para la familia March! No había acabado de
pronunciar estas palabras cuando fue hecho a un lado, apareciendo en su
lugar un hombre alto, embozado hasta los ojos, que se apoyaba en el brazo de
otro hombre alto, que trató de decir algo sin lograrlo. Hubo una exclamación
general, y el señor March se vio abrazado por cuatro pares de brazos
cariñosos; Jo cayó en la vergüenza de casi desmayarse, teniendo Laurie que
asistirla; el señor Brooke besó a Meg por pura equivocación, como explicó
algo incoherentemente; y Amy, la majestuosa, tropezó con un taburete, y sin
esperar a levantarse, abrazó las botas de su padre, llorando de la manera más
conmovedora. La señora March fue la primera en reponerse y levantó la mano para decir:
—¡Chist! ¡Recuerden a Beth!
Pero era demasiado tarde; la puerta del estudio se abrió de golpe, la batita
roja apareció en el quicio, y con la fuerza que la alegría infundió en sus
débiles miembros, Beth corrió derecha a los brazos de su padre. Dejemos
aparte lo que sucedió después; los corazones se desbordaron, olvidando toda
la amargura pasada y gozando sólo la dulzura del presente.
No todo fue romántico; una risa cordial los llamó a la realidad, porque
Hanna apareció detrás de la puerta derramando lágrimas por el pavo
engordado que había olvidado atar al subir precipitadamente de la cocina.
Cuando las risas se calmaron, la señora March comenzó a dar las gracias al
señor Brooke por el cuidado fiel que dispensara a su esposo, con lo que
recordó de repente que el señor March necesitaba descansar, y, apoderándose
de Laurie, se retiró precipitadamente. Entonces se ordenó a los dos enfermos
que descansaran, lo cual hicieron, sentándose juntos en una butaca y hablando mucho.
El señor March dijo cuánto había deseado sorprenderlas, y al hacer buen
tiempo el médico le había permitido aprovecharse de ello; cuán fiel había
sido Brooke, y qué joven tan estimable y honrado era.
Por qué el señor March se detuvo un minuto al llegar aquí y después de
echar un vistazo a Meg, que atizaba vigorosamente el fuego, miró a su
esposa, arqueando las cejas inquisidoramente, dejo a mis lectores que lo
imaginen, como también por qué la señora March hizo señas mudas con la
cabeza y preguntó, abruptamente, si no deseaba tomar algo. Jo vio y
comprendió la mirada, y se marchó con aire grave a buscar una taza de caldo
y un poco de vino, murmurando para sí, al par que cerraba de golpe la puerta:
¡Detesto a los jóvenes estimables, con ojos castaños!
Jamás hubo una comida de Navidad como la que tuvieron aquel día. El
pavo engordado era una maravilla cuando Hanna lo trajo relleno, dorado y
guarnecido. Y lo mismo el budín inglés, que se deshacía en la boca; y las
jaleas, con las cuales Amy gozaba como una mosca en un tarro de miel.
Todo salió bien, lo cual era providencial, como dijo Hanna, porque “tan
perturbada estaba, señora, que es un verdadero milagro si no asé el budín y
rellené el pavo con las pasas, o lo envolví en el lienzo del budín”.
El señor Laurence y su nieto comieron con ellos; también el señor
Brooke, al que Jo arrojaba miradas furibundas con infinita diversión de Laurie.
Dos butacas estaban juntas a la cabecera de la mesa; en ellas se sentaron
Beth y su padre, regalándose modestamente con pollo y algo de fruta.
Brindaron, contaron cuentos, cantaron canciones, recordaron cosas antiguas,
como suelen decir los viejos, y pasaron unas horas gratísimas. Habían
propuesto un paseo en trineo, pero las chicas no quisieron dejar a su padre;
así que los invitados se despidieron temprano, y al caer el crepúsculo la
familia feliz, estaba reunida alrededor del hogar.
—Hace un año exactamente que nos quejábamos de la triste Navidad que
esperábamos pasar. ¿Se acuerdan? —preguntó Jo, interrumpiendo la breve
pausa que había seguido a una larga conversación sobre varias cosas.
—Todo considerado, ha sido un año bastante agradable —dijo Meg
sonriendo y felicitándose interiormente por haber tratado al señor Brooke con dignidad.
—Creo que ha sido un año duro —observó Amy, mirando la luz brillar sobre su anillo con ojos pensativos.
—Me alegro que haya pasado, porque tú estás de vuelta —susurró Beth, sentada en las rodillas de su padre.
—Han andado por un camino algo duro, pequeñas peregrinas mías. Sobre
todo estos últimos días. Pero se han portado valientemente, y pienso que
están en buen camino de verse pronto libres de sus cargas —dijo el señor
March con satisfacción paternal, contemplando las cuatro caras jóvenes que lo rodeaban.
—¿Cómo lo sabes? ¿Te lo dijo mamá? —preguntó Jo.
—No me contó mucho; una paja indica la dirección del viento, y hoy he descubierto muchas cosas.
—¡Dinos cuáles son! —dijo Meg, que estaba a su lado.
—¡Aquí hay una! —y tomando la mano apoyada en el brazo de la butaca,
señaló el índice endurecido, una quemadura en el dorso y uno o dos puntos
duros en la palma—. Recuerdo un tiempo en que esta mano era blanca y lisa,
en que ponías el mayor cuidado en conservarla así. Era entonces muy
preciosa, pero ahora me parece mucho más, porque en estas señales aparentes
leo una pequeña historia. Se ha sacrificado la vanidad; esta palma endurecida
ha merecido algo mejor que ampollas; y estoy seguro de que la costura hecha
por estos dedos picados durará mucho tiempo, por la buena voluntad que se
puso en los puntos. Meg, querida mía, aprecio la habilidad femenina que
mantiene feliz el hogar más que las manos blancas o los talentos mundanos.
Estoy orgulloso de estrechar esta manecita buena y laboriosa y espero que no me la pidan demasiado pronto.
Si Meg había deseado una recompensa por sus horas de paciente labor la
recibió en la presión sincera de la mano paternal y en la sonrisa aprobadora que le otorgó su padre.
—¿Y qué de Jo? Haz el favor de decirle algo bonito, porque se ha
esforzado mucho y ha sido tan buena conmigo —dijo Beth al oído de su padre.
Él se rio, y echó una mirada a la muchacha alta, sentada al lado opuesto,
cuyo rostro moreno ofrecía una expresión más dulce que de costumbre.
—A pesar de la melena cortada, no veo al “hijo John”, que dejé hace un
año —dijo el señor March—. Veo una señorita, que se ajusta bien los cuellos,
ata con cuidado los cordones de las botas, y ni silba, ni habla en jerga, ni se
echa sobre la alfombra, como solía hacerlo. Su cara está ahora algo delgada
por las ansiedades y vigilias; pero me gusta mirarla, porque se ha hecho más
dulce y su voz es más tranquila; no salta, pero se mueve sin hacer ruido y
cuida de cierta pequeña persona de una manera maternal, que me encanta.
Casi extraño a mi chica salvaje, pero si tengo una mujer fuerte, provechosa,
útil y tierna en su lugar, me sentiré completamente satisfecho. No sé si la
esquila domesticó a nuestra oveja negra, pero sé que en toda la ciudad de
Washington no hubo cosa alguna que mereciera ser comprada con los
veinticinco pesos que mi buena hija me envió.
Los ojos luminosos y alertas de Jo se empañaron algo y su cara delgada se
ruborizó a la luz del fuego mientras recibía las alabanzas paternales, con la
sensación de que no eran del todo inmerecidas.
—Ahora a Beth —dijo Amy, muy deseosa de que le llegase el turno a ella, pero dispuesta a esperar.
—Se ha quedado en tan poca cosa, que temo que se me escape del todo si
hablo mucho de ella, aunque no es tan tímida como solía —comenzó a decir
su padre alegremente; pero, recordando cuán cerca había estado de perderla,
la abrazó, agregando tiernamente, con la mejilla contra la suya—: Te tengo
segura, Beth mía, y si Dios lo permite, te guardaré así.
Después de un minuto de silencio miró a Amy, sentada en el taburete a
sus pies y dijo acariciando su cabello reluciente:
—Noté que en la comida Amy tomaba los pedazos menos apetitosos,
corría a hacer recados para su madre toda la tarde, cedió su lugar a Meg esta
noche y ha atendido a todos con paciencia y buen humor. También noto que
no se queja tanto ni se da importancia; ni ha hecho alusión a un anillo muy
hermoso que tiene puesto, de lo cual deduzco que ha aprendido a pensar más
en los demás, no tanto en sí misma, y ha decidido tratar de modelar su
carácter con tanto cuidado como a sus figuras de arcilla. Me alegro de ello;
porque aunque me enorgullecería una bella estatua hecha por ella, estaré más
orgulloso de una hija amable, que tiene la facultad de embellecer su propia vida y la vida de los demás.
—¿En qué piensas, Beth? —preguntó Jo, cuando Amy dio las gracias a su padre y relató la historia del anillo.
—Hoy leía en El Peregrino cómo, después de muchas penas, Cristiano y
Esperanza llegaron a un prado hermoso y verde, donde florecían lirios
durante todo el año y donde descansaron alegremente como nosotros lo
hacemos en este momento, antes de que llegaran al fin de su viaje —
respondió Beth, añadiendo, al dejar los brazos de su padre y encaminarse lentamente al piano:
—Es la hora del canto, y quiero estar en mi lugar acostumbrado. Trataré
de cantar la canción del pastor, que oyeron los peregrinos. He compuesto la
música para papá, porque sé que le gustan los versos.
Sentada al pianito querido, Beth presionó suavemente las teclas, y, con
aquella voz dulce que habían pensado no oír más, cantó con su propio
acompañamiento el curioso himno que tan bien coincidía:
Caer no teme quien en tierra yace; el que no tiene orgullo no se eleva;
Jesús en el humilde se complace y, como guía, a su mansión le lleva.
Con lo que Dios me da vivo contento, en estrechez lo mismo que en
holgura; por seguirte, Señor, feliz me siento bajo tu santa protección segura.
Es peso la abundancia al peregrino, que le impide marchar con ligereza;
será mejor con poco en el camino; luego tendrá la celestial riqueza.