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Capítulo 30

Mujercitas – Louisa May Alcott
CONSECUENCIAS

La feria de la señora Chester era tan elegante y selecta que las jóvenes de
la vecindad consideraban un gran honor que las invitaran a atender uno de los
puestos y todas estaban muy interesadas en participar. Por fortuna para todos,
la señora Chester solicitó la colaboración de Amy, pero no así la de Jo, que
atravesaba una época gobernada por el orgullo y que habría de experimentar
varios duros reveses aún para aprender a suavizar sus modos. La «altiva y
sosa hija de los March» quedó relegada, mientras que el talento y buen gusto
de Amy se vieron recompensados cuando le ofrecieron que dirigiera el puesto
de arte. La joven se alegró mucho y se puso a trabajar para conseguir obras
de valor, apropiadas para la exposición.
Todo iba de maravilla hasta el día de la inauguración, cuando surgieron
algunas de esas pequeñas rencillas que es prácticamente imposible evitar
cuando veinticinco mujeres, jóvenes y mayores, tratan de trabajar juntas a
pesar de sus resentimientos y prejuicios.
May Chester estaba bastante celosa de Amy porque sentía que esta la
superaba en popularidad, y en aquel momento se dieron varios hechos que
aumentaron aún más ese sentimiento. Los dibujos a plumilla de Amy
eclipsaron totalmente los jarrones pintados de May. Aquélla fue la primera
espina en clavarse pero, por si no fuese bastante, el todopoderoso Tudor bailó
en cuatro ocasiones con Amy en la fiesta que ofrecieron al final del día y solo
una vez con May. Aquello supuso una segunda espina. Pero la peor afrenta,
la que le sirvió de excusa para mostrar una actitud hostil, nació de un rumor
que llegó a sus oídos, según el cual las hermanas March habían hecho mofa
de ella en casa de los Lamb. La culpa de todo la tenía Jo, claro está, porque
su socarrona imitación había sido demasiado evidente y los traviesos Lamb
no habían podido guardar el secreto. Sin embargo, las acusadas no supieron
nada de ello, de ahí que sea fácil imaginar el disgusto de Amy cuando, la
tarde antes de la inauguración, mientras daba los últimos toques a su hermoso
puesto, la señora Ches-ter, muy dolida por la supuesta mofa de su hija, se
acercó y dijo, con tono inexpresivo y mirada fría:
—Querida, a algunas jóvenes no les parece bien que mis hijas no estén a
cargo de este puesto. Sin duda es uno de los más prominentes, algunas
personas muy influyentes consideran que es el más importante de la feria, por
lo que es el más adecuado para mis hijas. Lo lamento pero, como sé que estás
muy comprometida con la causa, estoy segura de que no dejarás que te afecte
una pequeña decepción de índole personal. Si lo deseas, puedes hacerte cargo de otro puesto.
Al pensar en lo que le iba a decir a la joven, la señora Chester había
supuesto que le resultaría más sencillo soltar aquel pequeño discurso, pero,
llegado el momento, le costó muchísimo actuar con naturalidad, porque Amy
la miraba a los ojos con expresión candorosa, llena de auténtica sorpresa y preocupación.
Amy, que sospechaba que había una razón oculta tras aquella decisión
pero no lograba imaginar de qué se trataba, dijo con un hilo de voz,
mostrando que había herido sus sentimientos:
—Tal vez prefiera que no me haga cargo de ningún puesto.
—¡Oh, no, querida! No me guardes rencor, te lo ruego. Mira, es una
cuestión meramente práctica. Mis hijas pronto tomarán el relevo de la
organización y creo que este puesto es el lugar más adecuado para ellas.
Considero que lo has hecho muy bien y agradezco mucho tus esfuerzos por
dejarlo tan bonito, pero hemos de aprender a superar nuestros deseos
egoístas. Me ocuparé de que te den otro. ¿No te gustaría hacerte cargo del
puesto de flores? Lo han organizado las niñas y están algo desmotivadas. Tú
podrías hacer algo estupendo, y el puesto de flores siempre llama la atención.
—Sobre todo a los caballeros —añadió May con una mirada tan elocuente
que Amy comprendió de inmediato que ella era la causa de su repentina caída
en desgracia. Se puso roja de rabia, pero prefirió hacer oídos sordos al
sarcasmo de la joven y repuso con sorprendente afabilidad:
—Haré lo que usted quiera, señora Chester. Dejaré este puesto ahora
mismo e iré a ocuparme de las flores si así lo desea.
—Puedes colocar tus cosas en tu mesa, si lo prefieres —indicó May, que
sintió cierto arrepentimiento al contemplar las hermosas hileras de conchas
pintadas y los magníficos manuscritos iluminados por Amy con que había
decorado el puesto. No lo dijo con segunda intención, pero Amy no Jo tomó bien y replicó, sin pensarlo:
—Por supuesto, si te molestan, me las llevaré. —Dicho esto, puso
atropelladamente los adornos en su delantal y se marchó sintiendo que tanto
ella como sus obras habían sufrido una afrenta imperdonable.
—Ahora está enfadada. ¡Oh, mamá, ojalá no te hubiese pedido que
hablases con ella! —exclamó May mientras miraba desconsolada los espacios
vacíos que habían quedado en la mesa.
—Las riñas de niñas no duran demasiado —apuntó su madre, que se
sentía algo avergonzada por haber intervenido en aquella rencilla.
Las niñas recibieron a Amy y sus tesoros con entusiasmo, y la cálida
acogida aplacó en parte su inquietud. Puesto que ya no le era posible triunfar
con el arte, se puso a trabajar decidida a hacerlo con las flores. Sin embargo,
todo parecía estar en contra de ella. Era tarde, estaba cansada, todo el mundo
estaba demasiado ocupado como para echarle una mano y las niñas eran más
bien un estorbo, ya que armaban mucho alboroto, hablaban como urracas y lo
embarullaban todo en lugar de ayudar a poner orden. El arco de plantas de
hojas perennes se bamboleaba y, cuando llenaron los cestos de flores, parecía
a punto de desmoronarse sobre sus cabezas. Alguien salpicó al Cupido
decorativo y se le formó una especie de lágrima sepia en la mejilla que no se
iba con nada. Se machacó los dedos con el martillo y cogió frío mientras
trabajaba, lo que le hizo temer por su salud al día siguiente. Estoy segura de
que cualquier lectora que haya pasado por algo parecido entenderá cómo se
sentía la pobre Amy y deseará que salga airosa de este trance.
Cuando aquella tarde contó en casa lo que le había ocurrido, todas se
indignaron mucho. Su madre comentó que era una vergüenza y le aseguró
que había actuado bien. Beth declaró que no pensaba pisar la feria y Jo le
preguntó por qué no se llevaba todas sus bonitas creaciones y dejaba que
aquellas personas tan mezquinas se apañasen sin ella.
—El hecho de que ellas sean mezquinas no justifica que yo lo sea.
Detesto esta clase de cosas y, aunque entiendo que tengo derecho a sentirme
ofendida, no quiero que se note. Creo que actuando así les doy mejor una
lección que si soltara un discurso airado o reaccionara con despecho. ¿No te parece, mamá?
—Esa es la mejor actitud, querida. Siempre es preferible responder con un
beso a una bofetada, aunque en ocasiones nos cueste darlo —apuntó la
madre, como quien conoce bien la diferencia que media entre hablar y actuar.
A pesar de lo fuerte que era la tentación de sentirse airada y vengativa,
Amy se mantuvo firme en su decisión de conquistar al enemigo con su
amabilidad. Empezó bien, gracias a un silente recordatorio que le llegó de
forma inesperada pero muy oportuna. Aquella mañana, cuando las niñas
fueron a llenar los cestos de flores y ella se hallaba decorando la mesa, echó
mano de su creación más querida, un libro, cuyas tapas antiguas su padre
había encontrado entre sus tesoros, en el que, en papel vitela, había iluminado
con exquisito gusto diversos textos. Mientras hojeaba con comprensible
satisfacción el ejemplar ricamente adornado, su mirada se detuvo en un verso
que la dejó meditabunda. Enmarcado en una brillante guirnalda de color
escarlata, azul y dorado, con duendecillos que se ayudaban los unos a los
otros a trepar entre las espinas y las flores, se leía lo siguiente: «Ama al prójimo como a ti mismo».
Debería, pero no lo hago, pensó Amy mientras miraba la cara de
descontento de May, que asomaba entre unos jarrones que, no por grandes,
conseguían llenar los huecos que sus pequeñas creaciones habían dejado.
Amy siguió pasando hojas del libro que tenía entre las manos, y en cada
página encontraba algo que le recordaba que había endurecido su corazón y
que su actitud no era caritativa. Todos los días recibimos, sin darnos cuenta,
muchos sermones sabios y verdaderos, en la calle, en la escuela, en el trabajo
y en casa. Hasta un puesto en una feria puede convertirse en un púlpito
cuando sirve para hacernos llegar palabras buenas que nos consuelan y nunca
pierden validez. La conciencia de Amy le dio un pequeño sermón usando ese
texto como excusa, y ella hizo lo que los demás no siempre hacemos: se lo
tomó muy a pecho y puso en práctica el mensaje recibido.
Un grupo de muchachas se había detenido en el puesto de May para
admirar las hermosas creaciones que lo adornaban y comentar el cambio de
encargada. Hablaban en voz baja, lo que le bastó a Amy para comprender que
se estaban refiriendo a ella y que la juzgaban de acuerdo con la única versión
de la historia que conocían. No le resultaba grato, pero se sentía llena de
buena voluntad y, al oír que May se quejaba amargamente, tuvo ocasión de demostrarlo.
—¡Qué mal! Ya no tengo tiempo de preparar nada más y no quiero llenar
estos huecos con cualquier cosa. El puesto estaba la mar de bien… y ahora es un desastre.
—Creo que lo volvería a poner todo si se lo pidieses —apuntó una de las jóvenes.
—¿Cómo voy a pedírselo después del lío que hemos armado? —empezó
May, pero no pudo seguir porque Amy la interrumpió diciendo en tono muy amable:
—Puedes usar mis cosas cuando quieras, sin necesidad de pedírmelas.
Estaba pensando en ofrecértelas porque las hice para tu mesa, no para la mía,
y es allí donde quedan bien. Aquí las tienes; por favor, acéptalas y perdóname
por habérmelas llevado de malas maneras ayer por la noche.
Mientras hablaba, Amy colocó las piezas en su lugar, entre gestos de
asentimiento y sonrisas, tras lo cual se alejó a toda prisa, porque le resultaba
más fácil hacer una buena obra que esperar a que le diesen las gracias.
—Qué detalle más amable, ¿no os parece? —exclamó una de las jóvenes.
Amy no pudo oír la respuesta de May, pero otra jovencita, a la que sin
duda el tener que preparar tanta limonada le había agriado un poco el
carácter, añadió tras soltar una risita muy desagradable:
—¡Menudo detalle! Seguro que se ha dado cuenta de que no vendería nada de esto en su puesto.
Amy acusó el golpe. Cuando hacemos un sacrificio esperamos que,
cuando menos, los demás lo valoren. Por unos segundos, Amy se arrepintió
de haber hecho nada y concluyó que las buenas obras no siempre reciben su
recompensa. Pero no es así, como no tardó en comprobar. Su ánimo
enseguida mejoró y su puesto, embellecido por sus talentosas manos,
floreció. Las niñas se mostraron más amables, como si su gesto de entrega
hubiese limpiado el ambiente de forma sorprendente.
Fue un día muy largo y, para Amy, especialmente duro, porque pasó
mucho rato sentada tras su puesto, a menudo sola, dado que las niñas
desertaron pronto y pocas personas estaban interesadas en comprar flores en
verano. Los bonitos ramilletes que había preparado empezaron a languidecer
mucho antes de que cayera la tarde.
El puesto de arte era el más llamativo de toda la sala, había gente apiñada
alrededor de la mesa en todo momento y las vendedoras iban y venían con
cara de importancia y cajas con dinero en las manos. Amy miraba de reojo,
suspirando por estar allí, donde se había sentido tan cómoda y feliz, en lugar
de estar de brazos cruzados en un rincón. Es posible que a muchos de
nosotros la situación nos parezca dura, pero para una joven herniosa y alegre
la experiencia, además de tediosa, era un mal trago. La idea de que su familia
y Laurie la vieran si visitaban la feria por la tarde le resultaba un auténtico martirio.
No volvió a casa hasta la noche y, cuando lo hizo, estaba tan pálida y
callada que todos entendieron que había tenido un día muy difícil, por mucho
que ella no se quejase ni explicase cómo le había ido. A la mañana siguiente,
su madre le ofreció una taza de té para darle ánimos, Beth la ayudó a vestirse
y le recogió el cabello en una bonita trenza y Jo dejó a todos boquiabiertos
cuando se levantó con inusitada preocupación y anunció que las tornas pronto
cambiarían, sin que nadie supiese bien a qué se refería.
—Jo, te ruego que no hagas ninguna tontería. Prefiero no darle más
importancia, de modo que trata de olvidar el asunto y cálmate —imploró
Amy cuando salió de casa, temprano, con la esperanza de encontrar flores
frescas para renovar su puesto.
—Solo pretendo resultar de lo más agradable a todos y hacer que se
queden en tu puesto el máximo tiempo posible. Teddy y los chicos me
ayudarán, y lo pasaremos bien —explicó Jo, que se asomó por encima de la verja para ver si llegaba Laurie.
Al poco rato, oyó los pasos de su amigo y corrió a su encuentro.
—¿Es este mi chico?
—¡Tan seguro como que esta es mi chica! —Y Laurie se colocó la mano
de Jo bajo el brazo con el aspecto de un hombre que ha visto satisfechos todos sus deseos.
—¡Oh, Teddy, están pasando unas cosas! —Jo le contó, con celo fraterno,
las dificultades a las que tenía que enfrentarse Amy.
—Van a venir unos amigos a pasar un rato conmigo y ¡que me cuelguen
si no consigo que le compren todas las flores del puesto y se queden
acampados frente a la mesa el resto de la tarde! —exclamó Laurie,
sumándose vehementemente a la causa.
—Amy dice que no todas las flores están en buen estado y puede que las
frescas no lleguen a tiempo. No quiero pecar de malpensada, pero no me
extrañaría que ni siquiera llegasen. Cuando una persona hace una maldad, lo
más probable es que no sea la última —comentó Jo, disgustada.
—¿Acaso Hayes no os ha dado las mejores flores de nuestro jardín? Le pedí que lo hiciera.
—No lo sabía. Supongo que se le olvidó. Como tu abuelo no se encuentra
bien, no he querido molestarle pidiéndole permiso, aunque nos vendrían bien las flores.
—Venga, Jo, ¿de verdad crees que necesitas pedir permiso? Las flores
son tan tuyas como mías. ¿Acaso no vamos a medías en todo? —apuntó
Laurie con ese tono que siempre hacía que Jo enseñara las uñas.
—¡Santo Dios! ¡Espero que no! ¡Algunas de tus cosas no me servirían
para nada partidas por la mitad! Pero no perdamos más el tiempo, tenemos
que ayudar a Amy. Ve a arreglarte, quiero que estés espectacular. Y si me
haces el favor de pedirle a Hayes unas cuantas flores bonitas para la feria, te
estaré eternamente agradecida.
—¿No podrías agradecérmelo ahora mismo? —preguntó Laurie con voz
sugerente, a lo quejo respondió cerrándole la puerta en las narices de forma
poco hospitalaria y bastante brusca mientras gritaba entre los barrotes de la verja:
—¡Vete de aquí, Teddy, estoy muy ocupada!
Gracias a los conspiradores, aquella tarde, en efecto, cambiaron las tornas.
Hayes cortó unas flores impresionantes y las dispuso en un cesto formando
un llamativo centro. La familia March acudió en masa a la feria y Jo cumplió
con creces su objetivo, porque la gente no solo acudía al puesto, sino que
permanecía frente a él, reía sus bromas, admiraba el buen gusto de Amy y
parecía pasar un rato estupendo. Laurie y sus amigos se sumaron
galantemente a la lucha, compraron los ramilletes, se quedaron junto al
puesto y convirtieron aquel rincón en el más animado de la feria. Amy se
sentía a sus anchas y, movida por la gratitud, se mostraba más activa y
elegante que nunca. Y así la joven comprendió que hacer una buena obra es en sí una recompensa.
Jo se comportó con ejemplar propiedad y, cuando Amy estaba felizmente
rodeada por su guardia de honor, fue a dar una vuelta por la sala y oyó
algunos cotillees que la ayudaron a comprender el porqué del cambio de
actitud de las Chester. Arrepentida por su culpa en el asunto, decidió aclarar
la situación lo antes posible y dejar a Amy libre de toda sospecha. También
descubrió lo que su hermana había hecho el día anterior y la consideró un
ejemplo de magnanimidad. Cuando pasó frente al puesto de arte, echó un
vistazo buscando las creaciones de su hermana, pero no vio ni una y supuso
que May las había ocultado. Jo perdonaba con facilidad los agravios
cometidos contra su persona, pero le costaba mucho olvidar cualquier afrenta o insulto dirigido a su familia.
—Buenos días, señorita Jo, ¿qué tal le va a Amy? —preguntó May en
tono conciliador, pues deseaba mostrar que ella también podía ser generosa.
—Ha vendido todo lo que estaba en condiciones y ahora está pasando un
buen rato. Ya sabe que un puesto de flores siempre llama la atención, «sobre todo a los hombres».
Jo no pudo evitar esa pequeña maldad, pero May la encajó tan
mansamente que se arrepintió al instante y pasó a alabar los magníficos
jarrones, que no había conseguido vender.
—¿Dónde están las obras de Amy? Me gustaría comprar una para papá —
comentó Jo, que se moría por conocer el destino que May había dado al trabajo de su hermana.
—Todas las cosas de Amy se vendieron hace rato. Me ocupé
personalmente de que las viesen las personas adecuadas y conseguimos una
buena suma gracias a ellas —explicó May, que, al igual que Amy, había
aprendido a reprimir algunas tentaciones.
Muy satisfecha, |o corrió a compartir las buenas noticias. Amy se mostró
emocionada y sorprendida al conocer la actuación y las palabras de May.
—Ahora, caballeros, les ruego que vayan a cumplir con su deber en otros
puestos y sean tan generosos como lo han sido conmigo, sobre todo en el de
arte —ordenó a la «pandilla de Teddy», que era como las chicas llamaban a
los amigos universitarios de Laurie.
—¡Cargad, muchachos, cargad! Id a cumplir con vuestro deber como
caballeros y convertid vuestro dinero en arte —exclamó Jo, incapaz de
contenerse, mientras el grupo se preparaba para asaltar el campo enemigo.
—Vuestros deseos son órdenes, pero la señorita March vale mucho más
que May —apuntó el pequeño Parker tratando de mostrarse amable e
ingenioso. Laurie le interrumpió con un: «¡No está nada mal para un
muchacho!», y le dio una palmadita paternal en la cabeza.
—Compra los jarrones… —susurró Amy a Laurie para darle una última
lección de modos a su enemigo.
Para deleite de May, el señor Laurence no solo adquirió los jarrones, sino
que recorrió toda la estancia con ellos en brazos. Los otros caballeros
compraron con idéntico afán toda clase de objetos y, después, se pasearon por
la feria cargados de flores de cera, abanicos pintados a mano, carpetas de
filigrana y otras útiles a la par que apropiadas compras.
La tía Carrol, que estaba allí, al saber lo ocurrido se mostró muy
complacida y susurró algo a la señora March, que sonrió con satisfacción y
miró con una mezcla de orgullo e inquietud a Amy, aunque no desveló el
motivo de su dicha hasta días después.
Todo el mundo estuvo de acuerdo en que la feria había sido un éxito, y
cuando May deseó las buenas noches a Amy, no lo hizo con el tono afectado
de costumbre y le dio un beso cariñoso con el que parecía querer decir:
«Discúlpame y olvida lo ocurrido». Amy dio por zanjado el asunto y, cuando
llegó a casa, encontró una hilera de jarrones sobre la chimenea, con un ramo de flores en cada uno.
—En premio a su magnanimidad, señorita March —anunció Laurie rimbombante.
—Tus principios, generosidad y nobleza de espíritu son muy superiores a
los que yo te suponía, Amy. Has actuado de la mejor forma posible y mereces
todo mi respeto —dijo Jo, con el corazón en la mano, mientras cepillaba el
cabello de su hermana, por la noche.
—Sí, estamos todas muy orgullosas y apreciamos mucho tu capacidad de
perdón. Debió de ser muy duro, después de haberte esforzado tanto y poner
todo tu empeño, no poder vender tus obras. No creo que yo hubiese podido
reaccionar tan bien como tú —añadió Beth, que estaba recostada sobre la almohada.
—Chicas, no merezco tantos halagos, He actuado como espero que los
demás actúen conmigo. Os reís de mí cuando os digo que quiero ser una
dama, pero en verdad pretendo ser una dama tanto en mis pensamientos como
en mis actos. Me esfuerzo al máximo cada día por lograrlo. No sé cómo
explicarlo, pero quiero estar por encima de las mezquindades, manías y
defectos que suponen la perdición de tantas mujeres. Estoy lejos de lograrlo,
pero espero que, con el tiempo, consiga ser una mujer excepcional como mamá.
Las palabras de Amy eran sinceras, y Jo la abrazó con cariño mientras decía:
—Ahora que entiendo a qué te refieres, no volveré a burlarme de ti. Estás
alcanzando tus objetivos más rápido de lo que imaginas, y yo te tomaré como
modelo de buena educación, porque creo eres una verdadera experta. Sigue
esforzándote, querida, y algún día obtendrás la recompensa que anhelas.
Cuando eso ocurra, yo seré quien más se alegre.
Amy recibió su recompensa una semana después, y a la pobre Jo le costó
un mundo alegrarse. La tía Carrol envió una carta y a la señora March se le
iluminó hasta tal punto la cara al leerla quejo y Beth, que se encontraban
junto a ella, le preguntaron cuál era la buena nueva.
—La tía Carrol va a ir a Europa el mes que viene y quiere…
—¡Que la acompañe! —interrumpió Jo levantándose de un salto de la
silla con emoción desbordada.
—No, querida, no se trata de ti, sino de Amy.
—¡Mamá! Amy es demasiado joven, Me toca a mí ir antes. Hace mucho
tiempo que sueño con ese viaje. ¡Me sentaría muy bien! Sería estupendo.
¡Debo ser yo quien vaya!
—Me temo que no es posible, Jo. La tía ha elegido a Amy, no deja
ninguna otra opción, y no podemos contradecirla cuando está haciéndonos un favor así.
—Siempre pasa lo mismo. ¡Amy se divierte y yo tengo que trabajar! ¡No
es justo! ¡No lo es! —exclamó Jo con vehemencia.
—Me temo que en gran medida es culpa tuya, querida. Cuando la tía me
comentó el asunto el otro día, me explicó que le desagradaron tus malos
modos y tu afán de independencia. Y parece citar una expresión tuya cuando
dice: «Al principio, pensé en Jo, pero, puesto que “detesta que le hagan
favores” y el francés le parece una “lengua ridícula”, creo que no es buena
idea invitarla. Amy es mucho más dócil, será una excelente acompañante
para Flo y agradecerá las oportunidades que este viaje le brindará».
—¡Oh, no, mi abominable manía de hablar sin medir las palabras!
¿Cuándo aprenderé a refrenar la lengua? —se lamentó Jo al recordar las
palabras que habían provocado su mal. Después de escuchar la explicación de
su hija acerca de la cita de la tía, la señora March dijo con tristeza:
—Me hubiese encantado que fueses, pero en esta ocasión no hay nada que
hacer. Intenta tomártelo con buen ánimo y no enturbies la alegría de Amy con tus reproches y lamentos.
—Lo intentaré —concedió Jo, pestañeando con fuerza para contener el
llanto mientras recogía el cesto de las labores que tan precipitadamente había
lanzado por los aires—. Mejor aún, seguiré su ejemplo y, en lugar de
contentarme con fingir alegría, trataré de sentirla y no robarle ni un segundo
de dicha, aunque no me resultará fácil, porque mi disgusto es enorme. —La
pobre Jo dejó caer sobre su acerico unas cuantas lágrimas de amargura.
—Jo, querida, sé que sonará egoísta, pero yo no podría vivir sin ti y me
alegro de que no te vayas aún —murmuró Beth, y la abrazó con cesto de
labores incluido, con tal dulzura y tanto amor que Jo se sintió reconfortada a
pesar de que estaba muy arrepentida y deseaba rogarle a la tía Carrol que la
«molestase con favores» y comprobase lo muy agradecida que podía llegar a ser.
Cuando por fin Amy llegó, Jo ya estaba en condiciones de participar del
júbilo familiar, quizá no tan sinceramente como de costumbre, pero sí sin
afligirse por la suerte de su hermana. La joven recibió la noticia con enorme
alegría y, en un rapto de formalidad, comenzó a guardar en la maleta sus
pinturas y lápices, dejando las cuestiones sin importancia como la ropa, el
dinero y el pasaporte a quienes estaban menos absortos pensando en el arte que ella.
—Chicas, este no es un mero viaje de placer para mí —dijo con gravedad
mientras limpiaba su mejor paleta—. En él se decidirá mi futuro profesional.
Si tengo talento, lo encontraré en Roma y haré algo que lo pondrá de manifiesto.
—¿Y si no lo tienes? —preguntó Jo, que, con los ojos aún enrojecidos,
cosía unos cuellos nuevos para Amy.
—Entonces, volveré a casa y daré clases de dibujo para ganarme la vida
—contestó la aspirante a la fama con gran serenidad. Sin embargo, al pensar
en esa posibilidad, hizo una mueca y rascó con más vigor la paleta, como si
estuviese dispuesta a tomar medidas drásticas para no renunciar a su sueño.
—No; no harás tal cosa. Tú detestas trabajar. Te casarás con un rico y
pasarás el resto de tus días rodeada de lujos —comentó Jo.
—A veces aciertas en tus predicciones, pero no creo que este sea el caso.
Por supuesto, me encantaría, porque si no puedo ser artista me gustaría
ayudar a quienes sí pueden —afirmó Amy con una sonrisa como si el papel
de lady Generosidad le fuese mejor que el de profesora de dibujo pobre.
—¡Vaya! —dijo Jo con un suspiro—. Si eso es lo que deseas, eso es lo
que obtendrás. Tus deseos siempre se cumplen; los míos, nunca.
—¿Te gustaría ir? —preguntó Amy pensativa, aplastándose la nariz con el cuchillo.
—¡Mucho!
—Bien, dentro de un par de años te mandaré un pasaje; entonces
excavaremos en el Foro en busca de restos arqueológicos y llevaremos a cabo
los planes que tantas veces hemos comentado.
—Gracias; si ese bendito día llega, te recordaré tu promesa —repuso Jo,
aceptando la imprecisa pero magnífica oferta con la mayor de las gratitudes.
No disponían de mucho tiempo para preparar el viaje y todo el mundo
trabajó sin parar hasta el día de la partida. Jo aguantó bien la presión hasta
que el último resto de lazo azul hubo desaparecido de la vista; entonces fue a
refugiarse al desván y lloró hasta que no pudo más. Amy, por su parte,
aguantó bien hasta que el barco estuvo a punto de zarpar. En ese momento, al
comprender que pronto un enorme océano la separaría de sus seres más
queridos, abrazó a Laurie con fuerza y le pidió entre sollozos:
—¡Por favor, cuida de todos por mí! Y si algo pasase…
—Lo haré, querida, lo haré. Y si algo pasase, iría junto a ti para darte mi
apoyo —susurró Laurie, sin imaginar lo pronto que tendría que cumplir su promesa.
Así pues, Amy zarpó hacia el Viejo Mundo, que siempre resulta nuevo y
atractivo para los ojos jóvenes, mientras su padre y amigo quedaban en el
muelle, esperando que el destino deparase solo hermosas experiencias a
aquella joven de buen corazón, que no dejó de agitar la mano hasta que en el
horizonte solo quedó el reflejo del sol estival en las aguas del mar.

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