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Capítulo 22

Persuasión – Jane Austen

Ana se dirigió a casa para reflexionar sobre lo que había oído. De alguna
manera se sentía más tranquila al conocer el carácter de Mr. Elliot. Ya no le
sugería ninguna ternura. Aparecía él, frente al capitán Wentwork, con toda su
malintencionada intromisión. Y el mal causado por sus atenciones de la noche
anterior, el irreparable daño, la dejaba perpleja y llena de sensaciones
incalificables. Ya no sentía ninguna piedad por él. Pero solamente en esto se
sentía aliviada. En otros aspectos, cuanto más buscaba alrededor y más
profundizaba, más motivos encontraba para temer y desconfiar. Se sentía
responsable por la desilusión y el dolor que tendría Lady Russell, por las
mortificaciones que sufrirían su padre y su hermana, y por todas las cosas
imprevistas que llegarían y que no podría evitar. A Dios gracias conocía a Mr.
Elliot. Nunca había considerado que tuviera derecho a aspirar a ninguna
recompensa por su trato hacia una antigua amiga como mistress Smith, y pese a
esto había sido recompensada. Mrs. Smith había podido decirle lo que nadie
más. ¿Debía comunicar todo a su familia? Pero ésta era una idea tonta. Debía
hablar con Lady Russell, decirle todo, consultarla, y después, esperar con tanta
tranquilidad como fuese posible; al fin y al cabo, donde necesitaba más sosiego
era en aquella parte de su alma que no podía abrir a Lady Russell, en aquel fluir
de ansiedades y temores que era para ella sola.
Al llegar a casa comprobó que había podido evitar a Mr. Elliot. El había estado
allí y les había hecho una larga visita. Pero apenas se comenzaba a felicitar de
estar a salvo hasta el día siguiente, cuando se enteró de que mister Elliot regresaría por la tarde.
-No tenía la menor intención de invitarlo -dijo Isabel con afectado descuido-,
pero él lanzó muchas indirectas; al menos eso dice Mrs. Clay.
-Lo digo en serio. Jamás he visto a nadie esperar con tanto interés una
invitación. ¡Pobre hombre! Realmente me ha entristecido. Porque la dureza del
corazón de Ana ya está pareciendo crueldad.
-Oh -dijo Isabel-, estoy demasiado acostumbrada a esta clase de juego para
que me sorprendieran sus indirectas. Sin embargo, cuando me enteré cuánto
lamentaba no haber encontrado a mi padre esta mañana, me vi en cierto modo
interesada, porque jamás evitaré una oportunidad de que él y Sir Walter se
reúnan. ¡Parecen beneficiarse tanto de su mutua compañía! ¡Se conducen tan
amablemente! ¡Mr. Elliot lo mira con tanto respeto!…
-¡Es realmente delicioso! -exclamó Mrs. Clay, sin atreverse a mirar a Ana-.
Parecen padre e hijo. Mi querida miss Elliot, ¿no puedo acaso llamarlos padre e hijo?
-No me preocupan las palabras… ¡Si usted piensa así…! Pero palabra de honor
que apenas he notado si sus atenciones son más que las de cualquier otro.
-¡Mi querida miss Elliot! -exclamó Mrs. Clay levantando las manos y alzando
los ojos al cielo y guardando de inmediato un conveniente silencio para
manifestar su extremo azoramiento.
-Mi querida Penélope -prosiguió diciendo Isabel-, no debe alarmarse tanto. Yo
lo invité a venir, ¿sabe usted? Lo eché con sonrisas, pero cuando supe que todo
el día de mañana lo pasaría con unos amigos en Thomberry Park, me compadecí de él.
Ana no pudo menos que admirar los talentos de comedianta de Mrs. Clay,
quien era capaz de mostrar tanto placer y expectación por la llegada de la
persona que estorbaba su principal objetivo. Era imposible que los sentimientos
de Mrs. Clay hacia Mr. Elliot fueran otros que los del más enconado odio, y sin
embargo podía adoptar una expresión plácida y cariñosa, y parecer muy satisfecha
de dedicar a Sir Walter la mitad de las atenciones que le hubiera prodigado en otras circunstancias.
Para Ana era inquietante ver entrar a Mr. Elliot en el salón; doloroso verlo
acercarse y hablarle; se había acostumbrado a juzgar sus actos como no
siempre sinceros, pero a la sazón descubría la falsedad en cada gesto. La
deferencia que mostraba hacia su padre, en contraste con su lenguaje anterior,
resultaba odiosa; cuando pensaba en lo cruel de su conducta hacia Mrs. Smith,
apenas podía soportar la vista de sus sonrisas y su dulzura o el sonido de sus
falsos buenos sentimientos. Deseaba ella evitar que cualquier cambio de maneras
provocase una explicación de parte de él. Deseaba evitar toda pregunta,
pero tenía la intención de ser con él tan fría como lo permitiera la cortesía y
echarse atrás tan rápidamente como pudiera de los pocos grados de intimidad
que le había concedido. En consecuencia, estuvo más retraída y en guardia que la noche anterior.
El deseó despertar nuevamente su curiosidad acerca de cuándo y por quién
había sido ella elogiada. Deseaba ardientemente que le preguntara. Pero el
encanto estaba roto: comprendió que el calor y la animación del salón de
conciertos eran necesarios para despertar la vanidad de su modesta prima;
comprendió que nada podía hacerse en esos momentos por ninguno de los medios
usuales para atraer la atención de las personas. No llegó a imaginar que
había entonces algo en contra de él que cerraba el pensamiento de Ana a todo
aquello que no fueran sus actos más sucios.
Ella tuvo la satisfacción de saber que en verdad se iba de Bath al día siguiente
temprano y que sólo volvería dentro de dos días. Fue invitado nuevamente a
Camden Place en la misma tarde de su regreso; pero de jueves a sábado su
ausencia era segura. Bastante incómodo era ya que Mrs. Clay estuviera siempre
delante de ella, pero que un hipócrita mayor formara parte de su grupo bastaba
para destruir todo sosiego y bienestar. Era humillante pensar en el constante
engaño en que vivían su padre e Isabel y considerar las mortificaciones que se
les preparaban. El egoísmo de Mrs. Clay no era ni tan complicado ni tan
disgustante como el de Mr. Elliot, y Ana de buena gana hubiera accedido al
matrimonio de ésta con su padre de inmediato, pese a todos sus inconvenientes,
con tal de verse libre de todas las sutilezas de Mr. Elliot para evitar la mentada boda.
En la mañana del viernes se decidió a ver bien temprano a Lady Russell y a
comunicarle lo que creía necesario; hubiera ido inmediatamente después del
desayuno, pero Mrs. Clay salía también en una diligencia que tenía por objeto
evitar alguna molestia a su hermana, y debido a esto decidió aguardar hasta
verse libre de tal compañía. Mistress Clay partió antes de que ella hablase de
pasar la mañana en la calle River.
-Muy bien -dijo Isabel-, no puedo mandar más que mi cariño. Oh, puedes
además llevar contigo el aburrido libro que me ha prestado y decirle que lo he
leído. Realmente no puedo preocuparme de todos los nuevos poemas y
artículos que se publican en el país. Lady Russell me aburre bastante con sus
publicaciones. No se lo digas, pero su vestido me pareció detestable la otra noche.
Pensaba que ella tenía cierto gusto para vestirse, pero sentí vergüenza por
ella en el concierto. Es a veces tan formal y compuesta en sus ropas. ¡Y se
sienta tan derecha! Dale cariños, naturalmente.
-Y también los míos -dijo Sir Walter-. Mis mejores saludos. Puedes decirle
también que iré a visitarla pronto. Dale un mensaje cortés. Pero solamente
dejaré mi tarjeta. Las visitas matutinas no son nunca agradables para mujeres
de su edad, que se arreglan tan poco como ella. Si solamente usara colorete no
debería temer ser vista; pero la última vez que fui observé que las celosías
fueron cerradas inmediatamente.
Mientras su padre hablaba, golpearon a la puerta. ¿Quién podía ser? Ana,
recordando las inesperadas visitas de mister Elliot a todas horas, hubiera
supuesto que era él, de no saber que se hallaba a siete millas de distancia.
Después de los usuales minutos de espera se oyeron ruidos de aproximación
y… Mr. y Mrs. Musgrove entraron en el salón.
La sorpresa fue el principal sentimiento que provocó su llegada; pero Ana se
alegró sinceramente de verlos y los demás no lamentaron tanto la visita que no
pudieran poner un agradable aire de bienvenida, y tan pronto como quedó claro
que no llegaban con ninguna idea de alojarse en la casa, Sir Walter e Isabel se
sintieron más cordiales e hicieron muy bien los honores de rigor. Habían ido a
Bath por unos pocos días, con la señora Musgrove, y se alojaban en White Hart.
Esto se entendió prontamente; pero hasta que Sir Walter e Isabel no se
encaminaron con Maria al otro salón y se deleitaron con la admiración de ésta,
Ana no pudo obtener de Carlos una historia completa de los pormenores de su
viaje, o alguna sonriente explicación de los negocios que allí les llevaban y que
María había insinuado, con algunos datos confusos acerca de la gente que formaba su grupo.
Se enteró entonces de que estaban allí, además del matrimonio, la señora
Musgrove, Enriqueta y el capitán Harville. Carlos le hizo un somero relato, una
narración de acontecimientos sumamente natural. Al principio había sido el
capitán Harville quien necesitaba viajar a Bath por algunos negocios. Había
comenzado a hablar de ello hacía una semana, y por hacer algo, porque la
temporada de caza había terminado, Carlos propuso acompañarlo, y a Mrs.
Harville parecía haberle agradado la idea, que consideraba ventajosa para su
esposo; Maria no pudo soportar quedarse, y pareció tan desdichada por un día o
dos, que todo quedó en suspenso o en apariencia abandonado. Pero luego el
padre y la madre volvieron a insistir en la idea. La madre tenía algunos antiguos
amigos en Bath, a los que deseaba ver; era pues, una buena oportunidad para
que fuese también Enriqueta a comprar ajuares de boda para ella y para su
hermana; al final su madre organizó el grupo y todo resultó fácil y simple para el
capitán Harville; y él y María fueron también incluidos para conveniencia general.
Habían llegado la noche anterior, bastante tarde. Mrs. Harville, sus niños y el
capitán Benwick quedaron con su madre y Luisa en Uppercross.
La sola sorpresa de Ana fue que las cosas hubiesen ido tan rápido como para
que ya pudiera hablarse del ajuar de Enriqueta; había imaginado que las
dificultades económicas retrasarían la boda; pero se enteró por Carlos que hacía
muy poco (después de la carta que recibiera de María) Carlos Hayter había sido
requerido por un amigo para ocupar el lugar de un joven que no podría tomar
posesión de su cargo hasta que transcurrieran algunos años, y esto, unido a su
renta actual y con la certidumbre de obtener algún puesto permanente antes del
término de éste, las dos familias habían accedido a los deseos de los jóvenes
que se casarían en pocos meses, casi al mismo tiempo que Luisa. Y era un
hermoso lugar -añadía Carlos-, a sólo veinticinco millas de Uppercross y en una
bella campiña, cerca de Dorsetshire, en el centro de uno de los mejores rincones
del reino, rodeados de tres grandes propietarios, cada cual más cuidadoso. Y
con dos de éstos Carlos Hayter podría obtener una recomendación especial. “No
estima esto en lo que vale -observó-; Carlos es muy poco amante de la vida al
aire libre. Este es su mayor defecto.”
-Me alegro de verdad -exclamó Ana-, y de que las dos hermanas,
mereciéndola ambas por igual, y habiendo sido siempre tan buenas amigas,
tengan su felicidad al mismo tiempo; que las alegrías de una no opaquen las de
la otra y que juntas compartan la prosperidad y el bienestar. Espero que el padre
y la madre sean igualmente felices con estas bodas.
-¡Oh, sí! Mi padre estaría más contento si los dos jóvenes fueran más ricos,
pero ésta es la única falta que les encuentra. El casar dos hijas a un mismo
tiempo es un problema importante que preocupa por muchos conceptos a mi
padre. Sin embargo no quiero decir que no tengan derecho a esto. Es lógico que
los padres doten a las hijas; siempre ha sido un padre generoso conmigo. María
está descontenta con el matrimonio de Enriqueta. Ya sabes que nunca lo
aprobó. Pero no le hace justicia a Hayter ni considera el valor de Wenthrop. No
ha podido hacerle entender cuán costosa es la propiedad. En los tiempos que
corren es un buen matrimonio. A mí siempre me ha gustado Carlos Hayter y no cambiaré mi opinión.
-Tan excelentes padres como los señores Musgrove -exclamó Ana- deben ser
felices con las bodas de sus dos hijas. Hacen todo por hacerlas dichosas, estoy
segura. ¡Qué bendición para las jóvenes estar en tales manos! Su padre y su
madre parecen estar libres del todo de esos ambiciosos sentimientos que han
acarreado tantos malos procederes y desdichas tanto entre los jóvenes como
entre los viejos. Espero que Luisa esté ahora completamente repuesta.
El respondió, con alguna vacilación:
-Sí, creo que lo está. Pero ha cambiado: ya no corre ni salta, baila o ríe; está
muy distinta. Si una puerta se cierra de golpe, se estremece como el agua ante
el picotazo débil de un pájaro. Benwick se sienta a su lado leyendo versos todo el día o murmurando en voz baja.
Ana no pudo evitar reírse.
-Esto no es muy de su gusto, bien lo comprendo -exclamó-, pero creo que Benwick es un excelente joven.
-Ciertamente, nadie lo pone en duda. Y supongo que no creerá usted que
todos los hombres encuentren gusto y placer en las mismas cosas que yo.
Aprecio mucho a Benwick y cuando se pone a hablar tiene muchas cosas que
decir. Sus lecturas no lo han dañado porque ha luchado también. Es un hombre
valiente. He llegado a conocerlo más de cerca el lunes último que en cualquier
otra ocasión anterior. Tuvimos una cacería de ratas esa mañana en la granja
grande de mi padre, y se desempeñó tan bien que desde entonces me agrada aún más.
Fueron aquí interrumpidos para que Carlos acompañara a los otros a admirar
los espejos y los objetos chinos; pero Ana había oído bastante para comprender
la situación de Uppercross y alegrarse de la dicha que allí reinaba. Y aunque
también se entristecía por algunas cosas, en su tristeza no había la menor
envidia. Ciertamente, uniría sus bendiciones a las de los otros.
La visita transcurrió en medio del general buen humor. María estaba de
excelente ánimo, disfrutando de la alegría y del cambio, y tan satisfecha con el
viaje en el carruaje de cuatro caballos de su suegra y con su completa
independencia de Camden Place, que se sentía con ánimo para admirar cada
cosa como debía, y al momento comprendió todas las ventajas de la casa en
cuanto se las detallaron. No tenía nada que pedir a su padre y a su hermana y
toda su buena voluntad aumentó al ver el hermoso salón.
Isabel sufrió bastante durante un corto tiempo. Sentía que Mrs. Musgrove y
todo su grupo debían ser invitados a comer con ellos, pero no podía soportar
que la diferencia de estilo, la reducción del servicio que se revelaría en una
comida, fueran presenciados por aquéllos que eran inferiores a los Elliot de
Kellynch. Fue una lucha entre la educación y la vanidad; pero la vanidad se llevó
la mejor parte, e Isabel fue nuevamente feliz. Para sus adentros se dijo: “Viejas
costumbres… hospitalidad campesina… no damos comidas… poca gente en
Bath lo hace… Lady Alicia jamás lo ha hecho, no invita ni a la familia de su
hermana, aunque han estado aquí un mes; y creo que será un inconveniente
para Mrs. Musgrove… echará por tierra sus planes. Estoy segura de que prefiere
no venir… no se sentiría cómoda entre nosotros. Les pediré que vengan para la
velada; esto será mucho mejor; será novedoso y cortés. No han visto dos
salones como éstos antes. Estarán encantados de venir mañana por la noche.
Será una reunión bastante regular… pequeña pero elegante.” Y esto satisfizo a
Isabel, y cuando la invitación fue cursada a los dos que estaban presentes y se
prometió la presencia de los ausentes, María pareció muy satisfecha. Deseaba
particularmente conocer a mister Elliot y ser presentada a Lady Dalrymple y a
miss Carteret, que habían prometido asistencia formal para esa velada; y para
María ésta era la más grande satisfacción: Miss Elliot tendría el honor de visitar
a Mrs. Musgrove por la mañana y Ana se encaminó con Carlos y María para ver
a Enriqueta y a Mrs. Musgrove inmediatamente.
Su idea de visitar a Lady Russell debería postergarse por el momento. Los tres
entraron en la casa de la calle River por un par de minutos, pero Ana se
convenció a sí misma de que la demora de un día en la comunicación que debía
hacer a Lady Russell no haría gran diferencia, y tenía prisa por llegar a White
Hart para ver a los amigos y compañeros del otoño, con una vehemencia que provenía de muchos recuerdos.
Encontraron solas a Mrs. Musgrove y a su hija, y ambas hicieron el más
amable recibimiento a Ana. Enriqueta estaba en ese estado en el que todos
nuestros puntos de vista han mejorado, en el que se forma una nueva felicidad
que le hacía interesarse por gentes de las que apenas había gustado antes. Y el
cariño verdadero de Mrs. Musgrove lo había obtenido Ana por su utilidad cuando
la familia se encontró en desgracia. Había allí una liberalidad, un calor y una
sinceridad que Ana apreciaba mucho más por la triste falta de tal bendición en
su hogar. Se la comprometió a que pasaría con ellos cuantos momentos libres
tuviera, invitándola para todos los días; en una palabra, se le pedía que fuese
como de la familia. Y, naturalmente, ella sintió que debía prestar toda su atención
y buenos oficios, y así, cuando Carlos las dejó solas, escuchó a Mrs.
Musgrove contar la historia de Luisa, y a Enriqueta contar la suya propia; le dio
su opinión sobre varios asuntos y recomendó algunas tiendas. Hubo intervalos
en los que debía prestar ayuda a María, quien pedía consejo sobre la clase de
cinta que debería llevar hasta en cuanto al arreglo de sus cuentas; desde
encontrar sus llaves y ordenar sus chucherías hasta tratar de convencerla de
que no era antipática para nadie; cosas que María, entretenida como estaba
siempre que se sentaba en una ventana a vigilar la entrada de la habitación, no imaginaba siquiera.
Era de esperarse una mañana de mucha confusión. Un gran grupo en un hotel
presenta una escena de alboroto y desorden. En un momento llega una nota, en
el siguiente un paquete, y no hacía ni media hora que Ana estaba allí cuando el
comedor, pese a ser espacioso, estaba casi lleno. Un grupo de viejas amigas se
hallaba sentado alrededor de la señora Musgrove, y Carlos volvió con los
capitanes Harville y Wentworth. La aparición del segundo fue la sorpresa del
momento. Era imposible para Ana no sentir que la presencia de sus antiguos
amigos los aproximaría de nuevo. El último encuentro había dejado a la vista los
sentimientos de él; ella tenía esa deliciosa convicción; pero temió, al ver su
expresión, que la misma desdichada persuasión que le había alejado del salón
de conciertos aún lo dominara. Parecía no desear acercarse y conversar con ella.
Ana quiso calmarse y dejar que las cosas siguieran su curso. Trató de darse
tranquilidad con este argumento poco razonable: “Seguramente si nuestro afecto
es recíproco, nuestros corazones se entenderán. No somos un par de chiquillos
para guardar una irritada reserva, ser mal dirigidos por la inadvertencia de algún
momento o jugar como con un fantasma con nuestra propia felicidad”. Y, sin
embargo, un momento después sintió que su mutua compañía en esas
circunstancias sólo los exponía a inadvertencias y malas interpretaciones de la peor especie.
-Ana -exclamó María desde su ventana-, allí está Mrs. Clay parada debajo de
la rotonda y la acompaña un caballero. Los veo dar la vuelta a la calle Bath en
este mismo momento. Parecen muy entretenidos en su charla. ¿Quién es él?
Ven y dímelo. ¡Dios mío! ¡Lo reconozco! ¡Es Mr. Elliot!
-No -se apresuró a decir Ana-, no puede ser mister Elliot, te lo aseguro. Debía
dejar Bath esta mañana y no volver hasta dentro de dos días.
Mientras hablaba sintió que el capitán Wentworth la estaba mirando y eso la
turbó, haciéndola sentir que había dicho mucho pese a sus pocas palabras.
María, lamentando que se pudiera sospechar que no conocía a su propio
primo, comenzó a hablar acaloradamente acerca del aire de familia, y a afirmar,
rotunda, que se trataba de Mr. Elliot, y llamó una vez más a Ana para que se
acercase a comprobarlo por sí misma. Pero Ana no tenía intención de moverse,
y fingió frialdad e indiferencia. Pero su incomodidad volvió al percibir miradas
significativas y sonrisas entre las damas visitantes, como si estuvieran enteradas
del secreto. Era evidente que ya todos hablaban del asunto; siguió una corta
pausa por la que podía esperarse que aquello no se prolongaría.
-Ven, Ana -exclamó María-, ven y mira. Llegarás tarde si no te apresuras. Se
están despidiendo, dándose la mano. El se aleja. ¡Si no conoceré a Mr. Elliot!
Para tranquilizar a María y quizá también para cubrir su propia turbación, Ana
se acercó de prisa a la ventana. Llegó a tiempo para convencerse de que, en
efecto, se trataba de Mr. Elliot (lo que ni por un instante había imaginado) antes
de que éste desapareciera por un extremo y Mrs. Clay por el opuesto. Y
reprimiendo la sorpresa que le producía ver conversar a dos personas de
intereses tan dispares, dijo sosegadamente:
-Sí, en verdad, se trata de Mr. Elliot. Habrá cambiado la hora de su partida.
Esto debe ser todo. Tal vez me equivoque. No debo aguardar más -y volvió a su
silla tranquilizada y con la esperanza de haberse justificado bien.
Los visitantes comenzaron a retirarse, y Carlos, habiéndolos acompañado
cortésmente hasta la puerta y luego de haber hecho un gesto significando que no volviesen, dijo:
-Mamá, he hecho por ti algo que sin duda aprobarás. He ido al teatro y he
conseguido un palco para mañana por la noche. ¡Qué buen chico! ¿verdad? Sé
que te divierten las comedias. Y hay lugar para todos. Estoy seguro de que Ana
no se arrepentirá de acompañamos. Podemos ir nueve. He comprometido
también al capitán Wentworth. A todos nos agrada la comedia. ¿No he hecho bien, mamá?
Mrs. Musgrove comenzaba de buen ánimo a expresar su agrado de concurrir,
si a Enriqueta y a los demás les venía bien, cuando María interrumpió:
-¡Dios mío, Carlos!, ¿cómo puedes pensarlo siquiera? ¡Tomar un palco para
mañana por la noche! ¿Ya olvidaste que tenemos un compromiso en Camden
Place para mañana? ¿Y que nos han invitado especialmente para conocer a
Lady Dalrymple y a su hija y a Mr. Elliot -los principales vínculos de familia-, a
quienes seremos presentados mañana? ¿Cómo has podido olvidarlo?
-¡Bah! -replicó Carlos-, ¿qué importa una reunión? Nunca valen nada. Tu padre
podría habernos invitado a comer si es que deseaba vernos. Puedes hacer lo
que quieras, pero yo iré a la comedia.
-Pero, Carlos, eso sería imperdonable. ¡Has prometido asistir!…
-No; no he prometido nada. Sonreí y asentí y dije algo como “encantado”, pero eso no es prometer.
-Debes venir, Carlos. Sería una grosería faltar. Se nos ha pedido
expresamente que vayamos para ser presentados. Siempre hubo una gran
vinculación entre los Dalrymple y nosotros. Nada sucedió en las familias que no
fuera al momento comunicado. Somos parientes muy cercanos, ya sabes. Y
también Mr. Elliot, a quien debes particularmente conocer. Debemos atenciones
a Mr. Elliot. ¿Olvidas acaso que es el heredero de nuestro padre, el representante de la familia?
-No me hables de representantes y herederos -exclamó Carlos-. No soy de los
que abandonan el poderío actual para saludar al sol naciente. Si no voy por el
placer de ver a tu padre me parecería estúpido ir por su heredero. ¿Qué me importa a mí el tal Mr. Elliot?
Estas expresiones descuidadas fueron vivificantes para Ana, que estaba
observando que el capitán Wentworth escuchaba con atención, poniendo toda
su alma en cada palabra que se decía. Y las últimas palabras desviaron su
mirada interrogante de Carlos a ella.
Carlos y María conversaban aún de la misma manera; él mitad en broma mitad
en serio, y sosteniendo que debían ver la comedia, y ella, oponiéndose
tenazmente y procurando hacerle sentir que si bien ella estaba decidida a
cualquier costa a ir a Camden Place, consideraría bastante feo hacia ella que los
demás se marchasen a la comedia. Mistress Musgrove intervino.
-Es mejor que lo posterguemos. Puedes volver, Carlos, y cambiar el palco para
el martes. Sería una lástima separarnos y además perderíamos la compañía de
miss Ana, puesto que se trata de una reunión de su padre; y estoy cierta de que
ni Enriqueta ni yo disfrutaremos de la comedia si miss Ana no nos acompaña.
Ana sintió agradecimiento por tal bondad y, aprovechando la oportunidad que
se le presentaba, dijo decididamente:
-Si depende de mi gusto, señora, la reunión de casa (con excepción de lo que
atañe a María) no será ningún inconveniente. No disfruto para nada esta clase
de reuniones y gustosa la cambiaré por la comedia y por estar en su compañía.
Pero quizá sea mejor no intentarlo.
Lo dijo temblando mientras hablaba, consciente de que sus palabras eran
escuchadas y no atreviéndose a observar su efecto.
Finalmente optaron por el martes. Y solamente Carlos continuó bromeando
con su esposa, insistiendo en que iría a la comedia solo si nadie quena acompañarlo.
El capitán Wentworth dejó su asiento y se encaminó a la chimenea;
posiblemente con la idea de encaminarse después a un lugar más próximo al ocupado por Ana.
-Sin duda no ha estado usted suficiente tiempo en Bath -dijo- para disfrutar de las reuniones de aquí.
-¡Oh, no! El carácter de estas reuniones no me atrae. No soy buena jugadora de cartas.
-Ya sé que usted no lo era antes… No le agradaban a usted las cartas, pero el
tiempo nos cambia, ¿no es así?
-¡Yo no he cambiado tanto! -exclamó Ana. Y se detuvo de inmediato, temiendo
algún malentendido. Después de esperar unos momentos, él dijo, como
respondiendo a sentimientos inmediatos:
-¡Un largo tiempo, en verdad! ¡Ocho años son un largo tiempo!
Si pensaba proseguir, era cosa que Ana debió reflexionar en horas de más
tranquilidad; porque mientras ella escuchaba aún sus palabras, su atención fue
atraída por Enriqueta, que deseaba aprovechar el momento para salir, y pedía a
sus amigos que no perdieran tiempo antes de que llegasen nuevos visitantes.
Se vieron obligados a retirarse. Ana dijo estar lista y procuró parecerlo; pero
sentía que de haber conocido Enriqueta el pesar de su corazón al dejar la silla,
al dejar la habitación, hubiera sentido verdadera piedad por su prima.
Pero los preparativos se vieron de súbito interrumpidos. Ruidos alarmantes se
dejaron oír: se aproximaban otras visitas y la puerta se abrió para dejar paso a
Sir Walter y a miss Elliot, cuya entrada pareció helar a todos. Ana sintió una
instantánea opresión y dondequiera miró encontró síntomas parecidos. El
bienestar, la alegría, la libertad del salón, se habían esfumado, alejados por una
fría compostura, estudiado silencio, conversación insípida, para estar a la altura
de la helada elegancia del padre y de la hermana. ¡Qué torturante era sentir así!
Su avisado ojo tuvo una satisfacción. Sir Walter e Isabel reconocieron
nuevamente al capitán Wentworth, e Isabel fue aún más amable que la vez
anterior. Se dirigió a él y lo miró a los ojos. Isabel estaba haciendo un gran
juego, y lo que vino en seguida explicó su actitud. Después de perder unos
pocos minutos diciendo formalidades, formuló la invitación que debía cancelar
todo otro compromiso de los Musgrove: “Mañana por la noche nos reunimos
unos pocos amigos; nada serio”. Esto lo dijo con mucha gracia. Sobre una mesa
dejó, con una cortés y comprensiva sonrisa para todos, las tarjetas con las que
se había provisto: “En casa de miss Elliot”. Una sonrisa y una tarjeta especiales
entregó al capitán Wentworth. La verdad era que Isabel había vivido en Bath lo
suficiente como para comprender la importancia de un hombre con su apariencia
y su físico. El pasado no importaba. Lo importante en ese momento era que el
capitán Wentworth adornaría su salón. Entregadas las tarjetas, Sir Walter e
Isabel se levantaron para retirarse.
La interrupción había sido breve pero severa, y la alegría volvió a casi todos
los presentes cuando quedaron de nuevo solos, con excepción de Ana. Sólo
podía pensar en la invitación de la que había sido testigo; y de la forma en que
tal invitación había sido recibida, con sorpresa más que con gratitud, con
cortesía mas que con franca aceptación. Ella lo conocía y había visto el desdén
en su mirada, y no se atrevía a suponer que él aceptaría concurrir, alejado aún
por toda la insolencia del pasado. Ella se sentía desfallecer. El aún conservaba
la tarjeta en la mano, como considerándola atentamente.
-¡Pensar que Isabel invita a todo el mundo! -murmuró María de manera que
todos pudieron oírla-. No me sorprende que el capitán Wentworth esté
encantado. No puede dejar de mirar la tarjeta.
Ana vio su expresión, lo vio ruborizarse y sus labios, tomar una momentánea
expresión de desprecio, y se retiró ella entonces, para no ver ni oír más cosas desagradables.
La reunión se deshizo. Los caballeros tenían sus intereses, las señoras debían
proseguir con sus afanes, y pidieron encarecidamente a Ana que fuese luego a
cenar o pasara con ellos el resto del día, pero el espíritu de ella había estado
tanto tiempo en tensión, que entonces sólo deseaba estar en casa, donde al
menos podría pensar y guardar silencio si así lo deseaba.
Prometiendo estar con ellas toda la mañana siguiente, terminó las fatigas de
esta mañana en una larga caminata hasta Camden Place, donde debió oír los
preparativos de Isabel y Mrs. Clay para el día siguiente, la enumeración de las
personas invitadas y los detalles embellecedores que harían de dicha reunión
una de las más elegantes de Bath, mientras se atormentaba ella preguntándose
si el capitán Wentworth asistiría o no. Ellas daban por segura su asistencia, pero
a Ana esta certidumbre no le duraba dos minutos seguidos. A veces pensaba
que iría, por creer que tenía el deber de hacerlo. Pero no podía asegurarse que
esto fuera un deber para él, lo que le hubiera permitido estar a cubierto de
sentimientos más desagradables.
Solamente salió de esta agitación para hacer saber a mistress Clay que había
sido vista en compañía de mister Elliot tres horas después de que se suponía
que él había dejado Bath. Porque, habiendo esperado en vano que la señora
hiciera alguna indicación con respecto al encuentro, decidió mencionarlo ella
misma; y le pareció que una sombra de culpa cubría la cara de mistress Clay al
escucharlo. Todo fue muy rápido, desapareció en seguida, pero Ana imaginó
que por alguna intriga compartida o por la autoridad que él ejercía sobre ella,
ésta se había visto obligada a escuchar (quizá, durante media hora) discursos y
reprensiones acerca de sus designios con Sir Walter. Pero Mrs. Clay exclamó con afectada naturalidad:
-Así es, querida. ¡Imagine usted mi sorpresa al encontrarme con Mr. Elliot en la
calle Bath! Nunca me he sorprendido tanto. El me acompañó hasta Pumpyard.
No ha podido partir para Thornberry, no recuerdo por qué razón, porque llevaba
prisa no llegué a prestar mucha atención, y sólo pude comprender que se
proponía regresar mañana lo antes posible. No hacía más que hablar de “mañana”;
y fue evidente que yo ya estaba bien enterada de esto mucho antes de
entrar en casa, y cuando escuché los planes de ustedes y todo lo que había
ocurrido, mi encuentro con Mr. Elliot se me borró de la cabeza.

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